30 de junio de 2026.
Intento conciliar el sueño, pero me resulta imposible; me giro una y otra vez en la cama, con los sentidos alerta y el eco de la nota retumbando en mi cabeza. El silencio de la medianoche es interrumpido por unos ladridos desesperados de varios perros; no son ladridos comunes, se escuchan asustados y territoriales; luego, a lo lejos, logro escuchar un aullido agudo que me pone los pelos de punta.
Me levanto de la cama en silencio y camino hacia el ventanal sin encender la luz; me pego a la pared para asomarme apenas por la esquina del cristal. Abajo, entre la densa niebla de la calle, hay tres figuras vestidas con ropas oscuras; se mueven con una agilidad casi mecánica. El sonido de un aerosol al agitarse resuena en la calle vacía, seguido por el siseo del spray contra la fachada de la valla de la casa de Susan.
De seguro son adolescentes haciendo algún tonto reto; una vez que terminan de hacer de seguro un grafiti, dan un paso atrás, contemplan el dibujo un par de segundos y luego se hacen unas señas con la mano y las tres sombras se dispersan hacia el callejón posterior sin hacer el menor ruido. Suelto un suspiro y decido irme a dormir nuevamente.
Sale el sol y decido salir a trotar para despejar mi mente, para no volverme loca entre las cuatro paredes de la casa, obligándome a creer que la nota del cuchillo fue un malentendido de mi pasado o una broma de mal gusto. Hoy es mi tercer día en Ravenswood, así que me enfoco en lo cotidiano; en estos pocos días he conocido a personas sacadas de uno de esos pueblos americanos: Robert y Rosa son la pareja de ancianos que vive dos casas más abajo. Pasean a su viejo labrador dorado todos los días exactamente a las ocho y cuarto de la mañana.
Robert siempre me dedica un ligero levantamiento de sombrero y Rosa una sonrisa mientras el perro olfatea los rosales de la acera. Todos los habitantes de Ravenswood parecieran que funcionaran con una precisión de un reloj suizo. Las mismas caras, los mismos saludos; es como si cada habitante tuviera un guion marcado que se repite sin falta desde que sale el sol hasta que anochece.
Salgo de mi casa y me coloco los audífonos; en ellos suena “Sesson of the Witch”, y observo la valla de madera de la casa de Susan, la cual tiene dibujado con trazos gruesos y pintura oscura un cuervo con las alas abiertas. Dirijo mi mirada hacia mi casa y noto que también tengo un dibujo, pero este es de un oso; no sé en qué momento lo hicieron, pero me hace reír la poca imaginación de los adolescentes.
Ignoro los grafitis y ajusto el volumen de los audífonos para comenzar a trotar al ritmo de la canción, la cual marca mis pasos sobre el asfalto húmedo; la brisa de la mañana está helada, pero el ejercicio me ayuda a ahuyentar los pensamientos sobre la nota de ayer. Continúo mi ruta habitual por la manzana, esperando cruzarme con las caras conocidas de siempre; observo el reloj de mi muñeca: son exactamente las ocho y diecisiete.
Reduzco la velocidad del trote hasta detenerme por completo, retirándome un audífono del oído; el silencio del vecindario se siente distinto hoy, demasiado espeso. A esta hora Robert y Rosa ya deberían estar a mitad de la acera; sin embargo, la calle frente a su casa está sola. De pronto veo un movimiento al fondo de la calle que capta mi atención.
Molly, la labrador, caminando desorientada por el medio de la calle, arrastrando la correa por el pavimento con la cabeza baja; alza la cabeza y, al verme, gimotea bajo, agita la cola apenas un segundo para luego correr hacia mí. Preocupada, me agacho frente a ella para acariciarle las orejas y tomo el extremo de la correa para ir hacia la casa de los ancianos para devolverla.
—¿Dónde están tus dueños? —murmuró mirando alrededor.
Camino a pasos lentos hacia la casa de los ancianos; a medida que me acerco a la entrada, un escalofrío me recorre la espalda: la puerta principal está entreabierta de par en par, dejando ver un pasillo completamente a oscuras. Y justo al lado del marco de madera, pintado con la misma pintura negra y trazos apresurados, la silueta de un lobo.
Un viento frío me da de lleno en el rostro, haciendo crujir las hojas de los árboles. Doy un paso atrás tirando suavemente de la correa de Molly, con el corazón martilleando contra el pecho; esto no es vandalismo adolescente, ni una travesura.
—Tengo que reportar esto a las autoridades del pueblo —admito.
Me dirijo hacia la estación de policía, ubicada a cuatro manzanas de mi casa, con Molly caminando despacio a mi lado. Al cruzar la puerta de madera y cristal, el tintineo de una campanilla anuncia mi llegada. Es una estación pequeña y antigua, con apenas un par de escritorios desordenados; por lo visto, el pueblo es tan tranquilo que no requiere de un gran contingente policial. Tras el mostrador principal me recibe un oficial bajito, de cabello gris recortado y un espeso bigote del mismo tono. El hombre me observa con calma casi perezosa mientras interrumpe su tarea.
—¿Qué la trae por aquí, jovencita? —pregunta de forma pausada, quitándose las gafas para limpiarlas lentamente con la esquina de un pañuelo.
—Buenos días, oficial —respondo, tratando de mantener la voz firme; acomodo la correa de Molly en mi mano—. Vengo a reportar algo extraño. Soy la nueva vecina de la calle Cedar y acabo de encontrar a la perra de los ancianos, de Robert y Rosa, vagando sola.
El oficial se coloca las gafas despacio, ajustándolas sobre el puente de su nariz, y echa una mirada tranquila hacia Molly, quien se echa a mi lado soltando un leve gemido.
—Disculpe, señorita, pero esas personas que usted nombra no las conozco… y eso que tengo toda mi vida viviendo aquí —comenta con absoluta tranquilidad.
Mi rostro se contrae de la furia e incomprensión.
—¡Usted me está tomando de loca! Ellos suelen sacar a pasear a su perra a la misma hora todos los días —protesto, golpeando el escritorio con la palma de mi mano.
Editado: 18.09.2026