4 de junio del 2026.
He estado encerrada en mi casa durante cinco días, sintiéndome completamente paranoica. Durante este tiempo, he evitado salir y me mantengo aislada en mi hogar. Solo me asomo por la ventana en dos momentos fijos: por la mañana, justo al amanecer, y por la noche, antes de irme a dormir. Parece que hoy es un día festivo en este pueblo, ya que desde anoche he observado a la gente pasar constantemente cargando estanterías, comida y otros objetos. La actividad en las calles es constante, y ver a las personas tan ocupadas y alegres resalta aún más mi sensación de encierro y desconexión con el mundo exterior.
El atardecer ha comenzado a descender suavemente, tiñendo el cielo de tonos cálidos y dorados. Me encuentro sentada en el sofá, disfrutando de una taza de chocolate caliente que me reconforta mientras me envuelvo en una suave colcha para protegerme del frío. Desde mi lugar, observo por el cristal cómo los vecinos transitan con actitud alegre, comentando entre risas y murmullos que hoy se celebra el «Festival del Retorno», un evento que llena el ambiente de una emoción y energía vibrantes.
El silencio que reina en mi hogar se ve interrumpido por el sonido de tres golpes secos en la puerta trasera. Un escalofrío me recorre el cuerpo y me paralizo por unos momentos. La incertidumbre y el temor anidan en mi interior, haciéndome desear que lo que me dijo aquel chico no sea cierto. Recuperando poco a poco la compostura, reúno todas mis fuerzas y me levanto del sofá, decidida a caminar hacia el lugar de donde proviene el sonido, con la ansiedad y la curiosidad pululando en mi pecho.
Al abrir, me encuentro otra vez la misma escena: un cuchillo clavado con firmeza en la madera sosteniendo una nota; parece ser su firma. La inquietud me invade mientras leo lo que dice:
«Reunámonos a las seis en el festival, tengo algo importante que decirte. Sabes quién soy».
Mis manos tiemblan visiblemente mientras tomo el papel, sintiendo una mezcla pesada de temor y expectación. Después de leer el mensaje, cierro con cuidado, como si el acto de volver a sellar el umbral pudiera protegerme de la advertencia que acabo de recibir. Con el corazón acelerado, regreso hacia el sofá tratando de asimilar lo que acaba de suceder y lo que podría significar la cita.
Me he colocado una chaqueta oscura, he guardado una navaja en el bolsillo interior, con el corazón martilleándome contra el pecho; finalmente, he cruzado el umbral de mi casa. La decisión ya está tomada: si me quedo encerrada, sería un blanco fácil; si voy, al menos obtendré respuestas.
Camino hacia el centro del pueblo y, a medida que avanzo, el contraste me golpea de lleno. El silencio de mi hogar es sustituido por la música del Festival del Retorno, el olor a frutos secos fritos y el murmullo de docenas de personas que ríen a mi alrededor.
Noto la decoración del lugar: cadenas de luces cálidas cuelgan entre los árboles y rodean el gazebo; las guirnaldas están hechas de páginas viejas de diarios y mapas, le dan un toque de nostalgia al pueblo. Al llegar, me recibe un arco de madera con guirnaldas idénticas a las que cuelgan a lo lejos. A un lado, hay un cartel que tiene escrito:
«Bienvenidos a Ravenswood. Aquí, todos tienen un lugar y un pasado».
A los lados hay faroles que proyectan sombras danzantes de animales: cuervos, osos, lobos y zorros. Las personas caminan emocionadas por todas partes, mientras que el gazebo exhibe postes decorados con carteles que dicen:
«El que nombra al cuervo, lo llama» y «La sangre llama a la sangre».
Suenan más a advertencia que a frases motivadoras. Para colmo, la música que retumba al fondo no es festiva: es un coro de voces infantiles cantando acompasadamente, una melodía que me hiela la sangre al escuchar la letra:
«Duérmete, presa, no mires atrás,
Que el lobo en el bosque hambriento ya está.
Silencio en la sombra, no intentes correr,
El oso en la puerta te viene a comer….»
Al norte, en las proximidades del bosque, se encuentra un pintoresco pero extraño puesto de miel que lleva por nombre Mielería del Bosque. En ese sitio, la miel se presenta en elegantes frascos de vidrio, cada uno adornado con etiquetas que destacan una intrigante frase: «Hecha con flores que crecen sobre secretos». Esta miel, de un profundo tono oscuro y casi escarlata, atrae la mirada de los transeúntes.
A medida que las personas se acercan, atraídas por la dulzura de la miel, el vendedor los recibe con una amplia sonrisa y, con una cuchara de madera en mano, les señala los frascos, invitándolos a descubrir la exquisitez que cada uno de ellos encierra. El ambiente está impregnado de un aire de misterio; hacia el este, debajo de un enorme árbol que se alza majestuosamente, se encuentra un puesto donde se exhiben magníficas máscaras talladas en madera.
Las máscaras, talladas con minuciosidad, representan a los mismos animales que vi proyectados en los faroles de la entrada. Este espacio lleva por nombre el Taller de Máscaras para Niños. Justo al lado, se destaca un cartel en el que se puede leer: «Elige tu verdadero rostro, nadie te juzgará aquí».
Miro a mi alrededor con atención, tratando de localizar al chico que siempre parece estar siguiéndome entre la multitud. Sin embargo, no logro verlo por ninguna parte. Pasan los minutos mientras sigo buscando sin éxito, cuando de repente, entre la marea de personas, noto la presencia de un hombre que llama mi atención. Lleva una máscara de madera que tiene la forma de cuervo, y su cuerpo está cubierto por un atuendo completamente negro: un suéter oscuro, pantalones y botas del mismo color. A medida que se acerca a mí, siento una mezcla de curiosidad y una extraña sensación de alerta.
—Sígueme, pero hazlo de manera disimulada; estamos siendo observados —me dice en un tono grave y cauteloso.
Empiezo a seguirlo con el corazón latiendo con fuerza. Él se encuentra unos pasos delante de mí, y solo puedo distinguir su suéter negro y la máscara que lleva puesta entre la multitud. Poco a poco nos alejamos del festival hacia un laberinto de pasajes angostos y adoquines desgastados. Esta zona conserva un pintoresco encanto mediterráneo: fachadas de tonos cálidos, una imponente torre de piedra al fondo y una fuente en el centro que añade un aire bohemio al entorno.
Editado: 18.09.2026