Rehenes Con Previa Cita El ultimo paciente del dia

APARENTE CALMA

Ya en casa de Gina, Jordi apareció con dos cervezas en las manos. Le entregó una a Gina y levantó
la suya.
—¡Salud! ¡Porque seguimos vivos!
—¡Salud!
Las botellas chocaron.
—¡Hasta el fondo!
Ambos bebieron casi al mismo tiempo.

Jordi dejó escapar un largo suspiro y se dejó caer sobre el sofá.
—Qué tensión tan extrema... Por un momento me sentí todo un detective. Un verdadero Sherlock
Holmes.
Gina soltó una carcajada.
—¿Sherlock Holmes? ¡Por favor! Yo me sentí como la mismísima Nikita.

Levantó una mano imitando una pistola y agregó:
—¡Pistola en mano, disparando como si hubiera nacido para eso!
Jordi la miró con los ojos muy abiertos.
—Te volviste loca. Niña con juguete nuevo... ¡Te pasas! —comenzó a reír—. La Nikita doctora.
Gina también comenzó a reír.
—Bueno, pero sirvió de mucho. Gracias a esos tiros al aire se dieron cuenta del asalto. Y tú, mi
querido Sherlock Holmes, llamaste a la policía.
—¡Claro que llamé! ¡Varias veces! —Jordi levantó la botella—. No podía dejar a mis amigas solas.
Eso habría sido un sacrilegio.
—Jordi, eres lo máximo.
—Lo sé, mi vida...

Jordi levantó la cabeza con una expresión de orgullo exagerado.
—Nací para estas situaciones.

Gina lo miró unos segundos.
—¿Para qué? ¿Para llamar a la policía?
—Exactamente.
Los dos estallaron nuevamente en carcajadas.

Durante unos minutos, el ambiente se volvió ligero. Necesitaban reírse. Después de todo lo que
habían vivido, cualquier cosa parecía mejor que quedarse pensando en el peligro que habían
corrido.
Pero Jordi dejó la botella sobre la mesa.
Su expresión cambió.
—Ahora, Gina... vamos a ponernos serios.
Jordi arqueó una ceja.
—Eso sonó peligroso. Acuso Gina
—¿Qué vas a hacer con la foto donde aparecen Elías y Yudamis?

La sonrisa de Gina desapareció poco a poco.
—Ah...
Gina tomó aire.
—Por ahora, nada. Primero tengo que hablar con ellos. Quiero saber qué información me pueden
dar.
—Pero no les vas a decir que aparecen en la foto de los asaltantes. Pregunta Jordi
—Por supuesto que no. Gina negó con la cabeza.
—Si realmente tienen algo que ver, no pienso alertarlos antes de saber la verdad.
—Obvio. Me parece bien. Respondió Jordi

Jordi la miró fijamente.
—¿Y le vas a decir a Malena? —¿Sobre la foto?

—Sí.

Gina hizo una pausa.

—Pero después de hablar con ellos. Te pido que no le digas nada todavía. Sé que Malena, es tu
amiga y que la quieres mucho, pero prefiero ir con cautela.

Jordi suspiró.
—Bueno... vamos a esperar.
Levantó nuevamente su cerveza.
—Pero si terminamos descubriendo que somos detectives profesionales, quiero dejar claro que yo
fui el primero en sospechar.
Gina sonrió.
—Claro, Sherlock.
—Exactamente.
Continuaron bebiendo y conversando durante largo rato.
Hablaron de lo ocurrido, hicieron conjeturas y se burlaron de sí mismos para intentar quitarle peso
a la tensión.

El móvil de Jordi sonó.

—¿Aló? ¿Aló? ¿Quién habla?

Del otro lado se escuchó la voz de Malena.

—Jordi, soy Malena. Ya terminé de declarar en el comando policial.
—¡Mamer!

Jordi se incorporó en el sofá.

—¿Estás bien?

—Estoy agotada y me duele todo el cuerpo. Me voy a casa a descansar.
Jordi miró a Gina.
—Estoy aquí, en la casa de Gina. Estamos tomando unas cervezas para relajarnos después de este
día tan intenso. Deberías venir.
—Mañana paso por allá y conversamos tranquilamente. De verdad, me empezó a doler todo el
cuerpo. Me voy a dormir. Ya fue suficiente por hoy.
—Mamer, querida, te entiendo. Descansa.

Jordi hizo una pausa.
—Pero... ¿cómo te ubico si no tienes móvil?
—Guarda este número. Me lo prestó un oficial. Solo sirve para llamadas y mensajes. El lunes tengo
que devolverlo.
—Perfecto. Lo guardo.

Gina se acercó al teléfono.
—Malena, cuídate. Mañana vienes. Tengo varias cosas que contarte.
—Seguro. Kisses a los dos.
—Descansa —respondió Gina.

La llamada terminó.

Jordi dejó el teléfono sobre la mesa.

—Bueno... Sherlock Holmes informa que necesita dormir.
Gina levantó su botella.
—Y la doctora Nikita también.
Ambos volvieron a reír.

La noche continuó entre cervezas, conversaciones y teorías absurdas sobre el asalto.

Hasta que, sin darse cuenta, el cansancio terminó venciéndolos.

A la mañana siguiente, el timbre de la casa de Gina sonó insistentemente.

Jordi abrió los ojos. Miró a su alrededor. Se encontraba medio acostado en el sofá.
Gina estaba dormida a su lado.
Había botellas vacías sobre la mesa, cojines en el suelo y una manta que ninguno recordaba haber
sacado.
Jordi se quedó mirando la escena.
—Vaya...
Se tocó la cabeza.
—Definitivamente no nací para ser detective.

El timbre volvió a sonar.
—¡Ya voy!
Se levantó tambaleándose y caminó hasta la puerta.

Cuando la abrió, sonrió.

—¡Mamer! ¡Qué gusto verte!

La abrazó.

Malena entró y se quedó mirando la sala.
Botellas por todas partes.
Gina dormida en el sofá. Una manta tirada en el suelo.

Malena arqueó una ceja.
—Jordi...

—¿Sí?
—La pasaron bien anoche.
Jordi miró alrededor.
—Bueno... estábamos relajándonos.
—Ya veo.

Malena señaló las botellas.
—¿Relajándose o intentando olvidar que casi nos convierten en rehenes?
Jordi sonrió.
—Un poco de ambas.
Malena negó con la cabeza.
—¿Y qué? ¿Ahora son detectives?
—Pues algo así —respondió Jordi, riendo—. Y somos de los buenos.

Malena soltó una pequeña carcajada.
—Me alegra. Así no contrato a nadie.
Jordi señaló hacia Gina.
—Ella es Nikita. Yo soy Sherlock Holmes.
Malena miró a Gina dormida.
—Sherlock, despierta a Nikita.




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