1.
― Sí mamá, la cerca eléctrica se abre perfecto― dijo Steffi al teléfono conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco, lo cual sería el colmo de las imprudencias, teniendo en cuenta de que conducía su baleno azul nuevo.
Le dio un asentimiento y una sonrisa tímida al guardia en la caseta. Parecía un hombre agradable, recordaría tratarlo por su nombre más adelante. Era importante que estas personas pensaran que las respetabas, después de todo de ellos dependía tu seguridad.
― Cuando entres a tu bloque, tienes que subir en el segundo ascensor porque…
― Sí papá, es para los números impares. Me lo has dicho tres veces hoy.
― No me culpes por querer que mi bebé llegue sana y a salvo a su nuevo piso― reclamó este, aunque se notaba el orgullo en su voz.
―Lo sé, lo sé. ― aunque el auto estaba en perfectas condiciones le costaba un poco acostumbrarse a girar. Quería que su primer aparcamiento en su nuevo hogar fuera perfecto.
―Steffi, cualquier cosa. Escúchame ― ¿su madre tenía ojos en el teléfono o su intuición de bruja le decía que la chica estaba más interesada en el espejo retrovisor que en la conversación? ―Cualquier cosa que no funcione bien nos avisas.
―El departamento no salió barato, así que lo que sea tienen que arreglarlo ―agregó su padre.
La muchacha se bajó del auto con la gracia de una gacela. Tenía las piernas largas y estilizadas, guardó las llaves en el nada práctico bolsillo de su pantalón corto y se dirigió a la entrada de su edificio ―Está bien, lo prometo. Oye Pa, voy a subir al ascensor pronto así que no voy a tener señal. Te llamo cuando esté arriba.
― ¡Por videollamada! ― gritó su madre. Era una adorable mujer escandalosa.
Había varios íconos de notificaciones en su iphone, pero le quitó la vista de encima solo un par de segundos para ver el elegante edificio que tenía en frente. Era de una altura considerable para limitarse solo a departamentos en un condominio. Su fachada estaba teñida de tonos grisáceos brillantes, definidos por unas líneas oscuras como obsidiana. La madre lo había juzgado de monstruoso la primera vez que vieron la fotografía, en cambio a Steffani le había encantado, no sabía por qué, solo que parecía haber sido diseñado por Tim Burton. La estancia principal que era alta y cavernosa contaba con un sistema de iluminación cálida permanente. Un despilfarro de dinero ya que eran apenas las tres de la tarde, pero nadie discute con los arquitectos, y a los otros residentes parecía no importarles. Los elevadores eran igual de estéticamente imprácticos, situados a mitad de la habitación y en lo que se asemejaba a un cilindro de algún mineral café moteado. Siguiendo las instrucciones subió al de los pisos impares y antes de que la puerta se cerrara entró una mujer tal vez unos años mayor que ella, alta y esbelta.
―Gracias, niña nueva― saludó con una sonrisa que parecía sacada de una revista.
― ¿Se nota tanto? ― solo llevaba una mochila pequeña al hombro, ninguna maleta.
―Todavía somos pocos en este edificio, entonces nos conocemos. Soy Beatriz, pero dime Bety. ¿Vas al piso trece? Entonces vamos a ser vecinas.
―Dime Steffi, un gusto.
― ¿Mechona?
―Ya ¿cómo adivinaste?
Ella se rio y le puso una mano en el brazo ―Tranquila Steffi es que te ves tan pollita. La mayoría de aquí somos universitarios.
La cabina se desplazaba de forma imperceptible ― ¿Qué estudias, perdón?
―Diseño ―dijo orgullosa ―mi papá está tratando de conseguirme una beca en Francia para la práctica, así que cruza los dedos por mí.
―Oh genial. Yo voy a empezar historia la próxima semana. ― confesó con timidez. Su decisión de carrera se alejaba mucho de las expectativas de su familia, la mayoría abogados con rimbombantes puestos burocráticos, por lo que estaba acostumbrada a ser el blanco de críticas.
― ¡Wow! ¡Debes ser como una rata de biblioteca! ― las puertas metálicas se abrieron, y Bety salió primero ―Un gusto Steffi, pásate por mi depa cuando quieras, es el 1303.
―El mío el 1307. Bye.
Había sido una interacción agradable, le alegraba tener vecinos amables, hacía que su preocupación por la inminente soledad fuera menos punzante. Abrió la puerta color crema coronada por los números en dorado y suspiró. El departamento era espacioso y elegante, cuya iluminación gracias a los ventanales estaba perfectamente cuidada. Apreció que sus padres lo hubieran amoblado, quizás no era el estilo de efectos que habría escogido, y aunque le quitaba un peso de encima, no pudo evitar sentirse algo contrariada. «Puedo cambiarlos si se me da la gana» se dijo, aunque sospechaba que no sería el caso. Caminó hacia la terraza y desplazó las puertas de vidrio, el aire era tibio y seco, pero de todas formas se dejó deslumbrar por la silueta de Santiago.
La vista era embriagadora, estaba en la cima del mundo, la vibración de su teléfono la sacó de su estado de ensoñación. Solo se trataba de los cientos de mensajes de su amiga Ness y par de reels de su hermano Lucas. No les prestó mucha atención, aunque la hicieron sonreír, tenía que llamar a sus padres o se harían los ofendidos. Se quitó las gafas de sol, arregló un poco su espesa cabellera castaño claro y marcó la video llamada.