6.
Indagar entre las pertenencias de los muertos era parecido a encontrar los vestigios de una máquina del tiempo. Cada pequeño resto y fibra susurraba fragmentos de una historia, una tragedia. Y de una forma muy poética, estaban tan desgastadas y carcomidas por el paso del tiempo que eran difíciles de reconocer como los objetos que alguna vez habían sido.
― Este botón podría ser de una camisa, o un uniforme escolar― señaló Lorayne, una joven arqueóloga que examinaba todo con unos anteojos lupa de relojero, los dejó sobre su cabeza, simulando una diadema y negó decepcionada ― Por desgracia estaba suelto, entre los sujetos 015, 016 y 017, y entre varios huesos sin clasificar.
― ¿Que tal la moneda? ― preguntó Rodríguez señalando un objeto que tenía marchas verdosas.
― Imposible, no tenían bolsillos― replicó el profesor Raymond Milton, un hombre corpulento de acento británico.
― Debe haber algún objeto que esté ligado a alguien, un anillo o algo así ¿No? ― el novato se aferraba a las esperanzas, que se iban deslizando entre sus dedos como la arena.
― Tenemos un armazón de metal, bueno las patas y el aro― apuntó Lorayne a un inusual diseño de gafas que parecían alambre torcido en una caja de acrílico ― No estaban precisamente en el cráneo 011, pero era el más cercano.
Salazar se pasó un pañuelo por la frente, a él también lo habían superado las posibilidades ― Es lo que temía muchacho. Ligar ‘testigos mudos’ a una colección de restos de personas no es tan fácil.
― No lo entiendo ― intervino el muchacho ― podemos barajar los objetos con los registros de las descripciones de los desaparecidos. Quizás la moneda o las hebillas metálicas no, hay cosas más peculiares y personales, ― buscó con la mirada― la pulsera rota, los lentes, ¿No encontraron un medallón con la imagen de la Virgen?
― Está suelto ― señaló el inglés. ― Podría apostar a que estaba atado con un cordel o fibra de cuero, y debido al tiempo, se degradaron sin dejar rastro.
― No es tan simple agentes… aunque encontremos el registro correcto, con la descripción correcta, es solo evidencia circunstancial. ― dijo Sarita.
― Esto nunca se trató de encontrar solo un objeto identificable, novato. Tenemos que relacionarlo con un cuerpo, o todo esto es fácil de desacreditar.
El teléfono de la agente Carrasco vibró en su bolsillo ― Un momento por favor… ― y salió de la tienda.
― Tiene razón. La estrategia es sumar el objeto al ADN, el objeto en cuestión por sí solo daría pistas, aunque sin la verificación, nuestro intento de crear una historia conmovedora será contraproducente ― dijo Víctor.
Siguieron examinando entre los tesoros rescatados, con los mismos resultados. El entusiasmo inicial se iba diluyendo, sin encontrar un candidato perfecto. Los científicos discutían en sus términos, sobre la datación y estratigrafía. Alberto solo podía pasear la vista sobre las mesas, con la sensación apremiante de estar contra el reloj. El sonido de la voz de Alicia interrumpió su cuenta regresiva mental.
― Señor. Entiendo ¿No podemos…? Sí. Pero encontramos… Claro, señor…
Parecía una conversación muy acalorada. Rodríguez carraspeó para distraer la atención y dar un poco de privacidad, a pesar de que hasta él estaba deseoso de saber qué estaba pasando. Se le ocurrió una breve idea que quiso compartir con los antropólogos ― ¿Si publicáramos las imágenes de los objetos, podrían tener un impacto parecido al que necesitamos? Quiero decir, no es una historia o una persona, pero alguien podría…
― Para el carro, Rodríguez. Nos retiramos. ― intervino la agente, medio oculta por la puerta plegable.
― ¿Cómo?
― Órdenes, los elementos de la PDI tienen que dejar el lugar de inmediato.
El policía soltó una risa incrédula ― Esto tiene que ser una broma, ¿Cierto? Quiero decir… No pueden…
― A ver. Recién los acepté en mi territorio y ¿Ahora se van? Necesito una excusa más precisa, agente. ― exclamó Salazar.
La policía miró a su alrededor. Los arqueólogos que parecían suricatas con el cuello estirado para enterarse de lo ocurrido no tardaron en leer el ambiente de ‘no es de nuestra incumbencia’ y se sumergieron de nuevo en su clasificación de objetos. Ali hizo un movimiento con la cabeza para señalar que la siguieran, y así ella, los antropólogos y Alberto terminaron detrás de la carpa, en una de las periferias de la zona acordonada, ocultos de la vigilancia de los focos, y lo suficiente lejos de los exhumadores y de los guardias. La mujer dio un profundo suspiro, había envejecido diez años al solo contestar la llamada. Miró al cielo con anhelo, se tomó unos segundos antes de hablar ― Es demasiado tarde, ya se enteraron los de arriba y quieren frenar la situación hasta nuevo aviso.
― ¿Frenar? ― Sarita se cubrió del frío con la bata de laboratorio ― ¿Cómo es eso?
― El alcalde llamó a un par de políticos más, y le dieron un aviso a Peñaloza, el jefe de la Brigada, se va a iniciar una comisión para ‘manejar’ el asunto. Hasta entonces, la PDI oficialmente tiene que detener sus investigaciones al respecto.
― ¿Un alcalde y un par de políticos? ¿Tienen la autoridad para hacer eso? ― el agente estaba incrédulo.