Sobre sus huesos

5.

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Desconectada. Había una barrera o un muro mental y emocional entre lo que sus padres reclamaban por medio del auricular y su estado de vacío. Las dos últimas horas las había vivido llorando, agotada por un profundo dolor y una tristeza que no le pertenecían del todo. Ahora sus sentimientos estaban apagados. La situación le parecía como una historia que estuviera ocurriendo a miles de kilómetros de distancia. O más bien, en una pantalla, como una producción cinematográfica tan deficiente que no hay forma de conectar con lo que los actores y la puesta en escena quieren representar.

Dejó el teléfono sobre el sillón con el altavoz, y contestaba con escuetos monosílabos y sonidos de afirmación. Porque, aunque no alcanzara a procesar el contenido de lo que le estaban diciendo, podía diferenciar las voces de sus padres, algo contaminada por el sonido de fondo. Con el control del televisor en mano, cambió de canal sabiendo que, independiente de la hora, todos transmitirían la noticia. Incluso un noticiero internacional como CNN había apartado sus usuales discusiones sobre política estadounidense, para centrarse en lo que ocurría en esa pequeña localidad de Santiago.

― ¿Me oíste? ¡Tienes que salir de ahí inmediatamente! ― vociferó su padre ― Llama a Vanessa o a quien sea, te quedarás en otra parte.

― Cielo… tal vez no la dejen salir… si están investigando, tal vez sea difícil ― comentó su mamá de forma más calmada.

― ¡Y una mierda!, voy a llamar a alguien. ¡Mi hija no va a estar ni un segundo más en ese calvario! ¿Cómo se llama ese? El amigo de José Antonio, ¿El embajador de…

― No es como que los huesos puedan hacerme daño, están todos muertos ― las palabras escaparon de su boca antes de sopesarlas. La exasperaba la idea de que su padre manipulara el sistema gracias a sus contactos.

― No puedo creer que digas eso. Steffani, es peligroso, y no quiero que te veas envuelta en un circo mediático porque un montón de…

― ¿Un montón de qué, Papá? ¿De ‘comunistas’? ¿Eso es lo que vez en todos lados? ¿Te da miedo que los ‘comunistas’ vengan y mientras rebuscan en los huesos pongan en peligro a tu hija? ¿O la convenzan de algo?

― Esta falta de respeto no la voy a…― pero los movimientos bruscos se transmitieron por el altavoz del móvil y la voz femenina tomó el mando.

― ¡Basta los dos! Steffi está en shock, por Dios. Y tú… ya bebiste demasiado… ¡Deja eso! ¡No más whisky para ti! ― más sonido de movimiento al otro lado de la línea ― Steffi, querida. Trata de dormir, localiza a tu amiga o tu hermano. Si no pueden ir a verte y tú no puedes salir de ese lugar dímelo, ¿De acuerdo? Mañana pensaremos que hacer. Cierra tus puertas y…

― Mamá…

Esta vez el tono de su madre fue más apremiante, ahora ella estaba casi llorando ― ¡Cierra todo! ¿Oíste? Ahora mismo estoy lejos, pero si algo le pasa a mi bebé yo…

Compasión y culpa. Lo que menos quería era poner de los nervios a su madre ― Mamá… te prometo que voy a estar bien ¿Ok? No hay necesidad de que interrumpan el viaje.

― ¿Me dirás cómo va todo?

― Por supuesto.

― ¿Y si hay problemas?

― Claro que sí.

― Gracias a Dios― se limpió la nariz ― No te preocupes por lo que dice tú papá, sabes que… está preocupado.

― Lo sé mamá ― tuvo el presentimiento que esa misma noche su madre rompería la racha. Que abriría el antiguo joyero de plata adornado con esmeraldas que siempre llevaba consigo. La oleada de arrepentimiento ante la posibilidad de causar una recaída fue inmediata, sin embargo, tenía atrapada la pregunta en la garganta. Era ilógica bajo su contexto actual, y no por eso menos importante ― Mamá… sé que es extraño, pero…si yo desapareciera. ¿Me buscarían?

― Por cielo, mar y tierra. Yo nunca dejaría de buscarte.

― Gracias mamá. Es lo que necesitaba oír. Te amo.

Esa simple afirmación devolvió la tibieza a su corazón. No todo estaba mal, aferrarse a la esperanza resultaba doloroso, pero perderla del todo era intolerable. Con mucho cuidado se quitó el colgante y lo dejó en la mesita de centro junto a su teléfono. Si iba a cometer una locura, lo haría después de una merecida ducha.

Las manecillas en la pulsera dieron las tres y media de la mañana, no se sentía cansada. Temió que el agua tibia evidenciara el peso físico de las emociones. Que la necesidad de un buen descanso la encaminaría al terreno de la prudencia. Sin embargo, lejos de una almohada de plumas forrada en satén, deseaba una taza de café. Estaba desorientada. No era su hogar, o al menos no lo era aún. Tardó varios minutos en encontrar los utensilios necesario. El resultado era muy cargado, con demasiado endulzante y con un asfixiante aroma a tostado, y para el momento, era el mejor expreso que se había preparado nunca.

Desbloqueó el iphone para ver una gran cantidad de notificaciones y llamadas perdidas. Su hermano era el responsable de gran número de los íconos rojos sobre sus redes sociales, solo seguido de su mejor amiga. No tenía ganas de responder en ese momento, no quería que nadie intentara hacerle cambiar de parecer. Tomó lugar en una silla del balcón, el aire era más frío de esperado, haciendo que se le erizaran los bellos de los brazos. Los primeros rayos del alba tardarían horas en aparecer, el cielo dormía en los colores opacos de siempre, salpicado con escasas y tenues estrellas. En la superficie, entre los autos y los edificios, la escena estaba viva. Tenía movimiento y las luces titilaban como un árbol de navidad. Era insólito pensar en eso. Recibió con gusto el calor que se filtraba desde la taza a sus manos, y solo las vibraciones de los aparatos electrónicos acompañaba su solitud.




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