Sobre sus huesos

3.

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La película solo fue ruido de fondo. Había explosiones espectaculares, actores que trataban de hacer uso de todos sus recursos actorales, lágrimas, pero nada le transmitía el más mínimo interés. Se esforzó por apartar la imagen tallada a fuego en su corteza visual, sin conseguirlo. Las cuencas vacías en cráneo semi enterrado la observaban, con ira. ¿O eran una profunda tristeza arrastrada por las décadas lo que querían decir? La mente ya le estaba jugando malas pasadas. Se mordía el labio frustrada y hacía crujir sus nudillos, ese fue el ritual hasta que la película por fin terminó.

Al salir de la habitación oscura las luces se le antojaron acusadoras, como si estuviera bajo el escrutinio de un policía de una película en blanco y negro. Caminó junto a Ness, sumida en un vacío desasosiego, asintió un par de veces ante los comentarios de la chica, sin llegar a registrar nada. Tardó en darse cuenta de que Abi, la prima de su mejor amiga se había unido a caminata entre los escaparates de las tiendas impulsada por la inercia.

Tarde se dio cuenta de que había perdido la oportunidad de compartir sus tormentos con Vanesa. Al principio solo quiso hacer como si nada pasaba, y achacó su aparente desconexión al cansancio por la mudanza. Había decidido mantener esa experiencia para si misma, aunque era del todo contraproducente. Tarde o temprano sus padres se iban a enterar, y no la perdonarían si llegaban a ponerse al corriente por otras personas, o por las noticias. Quería aplazar lo más posible la confrontación, y por el mismo motivo, no le había dicho nada a su acompañante. Sin embargo, luego de pasar las últimas dos horas intentando en vano apartar las imágenes y pensamientos de su mente, quería tener el punto de vista particular y crítico de Ness. Y ahora, con la presencia de Abi, era imposible.

― Solo digo, que, así como las ruidosas se organizan, los demás podríamos hacer una especie de protesta pacífica en respuesta. ― exclamó Abi subiendo el volumen y haciendo imposible no prestar atención.

― No me interesan las protestas… ni las anti-protestas, solo quiero estar tranquila― Ness buscó el apoyo de Steffi con la mirada.

― ¿De qué me perdí? Perdón…

― ¿Podrías estar en este plano, por favor? Dije que este año ustedes son nuevas en la U, y tendrán que enfrentarse a la cancelación de las clases el 8 M. Llevo los últimos dos años intentando que la universidad les quite el apoyo a las autodenominadas feministas para que los demás podamos estudiar en paz y…

― ¿Qué el ocho de marzo no es el segundo día de clases? ¿Qué tanto se puede estudiar el segundo día de clases? ― Ness sorbió el refresco a propósito.

― No se trata de eso ― su tono era tan condescendiente que Steffi tuvo el impulso sobreprotector sobre su amiga, pero se contuvo, contradecir a Abi era palabras desperdiciadas. ―Se trata, de que nosotras somos mujeres al igual que esas, que ellas tienen todo el derecho de causar disturbios con las tetas al aire ¿Y los demás qué? ¿No tenemos derecho a oponernos?

No pudo reprimirla, su resoplido ante la palabra ‘derecho’ no pasó desapercibido. ¿Qué sabía de derechos una estudiante de leyes tan orgullosa de su falta de cultura que no se daba cuenta de que el simple hecho de que pudiera estudiar y ser dueña de su dinero era por la lucha de anteriores ‘ruidosas’?

― ¿Disculpa? ¿Tienes algo que agregar, querida?

― Nada… solo ― miró su teléfono con impaciencia ― Olvidé que quedé con mi hermano para… celebrar.

― ¡Por la mudanza! ¿verdad? ― agregó Ness de inmediato. ¿Era intuitiva o podía leerle la mente? De todas formas, no importaba, aprovechó el escape.

― Sí, y… se me hace tarde.

Estaba muy dispuesta a dejar la escena de inmediato, quería volver al condominio y abrazar el misterio siniestro que había encontrado en el patio por unos momentos más, antes de que se le escapara de las manos. Se despidió de Abi manteniendo las formalidades de las ‘conocidas’ aunque con el contacto físico al mínimo, en cambio a su querida amiga, la abrazó pretendiendo transmitirle todo el aprecio y agradecimiento que pudo con un gesto. Hubiera querido que realmente le leyera la mente, pero en vez de eso, fue capaz de traducir lo que veía en sus ojos ― Steffi, me dirás si necesitas ayuda ¿de acuerdo? No importa lo que sea.

― Por supuesto.

Ya en el auto se quedó observando la guantera impaciente. ¿Por qué había hecho eso? ¿En qué momento se le había ocurrido que robar el objeto de un muerto iba a traerle más que la culpa que la acechaba en forma de picazón mental? «Puedo devolverlo… sabrán de quién se trata, le darán la paz que le robaron y lo devolveré» se prometió. Necesitaba confiar en que podía hacer lo correcto. Escribió en el buscador de su teléfono ‘Condominio Nuevo Amanecer’, los resultados llenaron la pantalla de enlaces a las inmobiliarias, la constructora y publicidad. No había noticias, todavía. El motor del vehículo cobró vida, movió la palanca de cambio y aceleró. El corazón le latía de prisa, expectante, como si estuviera a punto de adentrarse en una mansión embrujada.

En el trayecto imaginó que la situación podía escalar, con personal de seguridad e inquilinos nerviosos. Sin embargo, no dimensionó el alcance del hallazgo, hasta que un carabinero la detuvo quinientos metros antes de la entrada, para decirle que solo podían acceder residentes y personal cualificado. Frunció el ceño, y mostró sus identificaciones. Ingresó en la calle que llevaba a la residencia y se sorprendió al ver a la cantidad de gente y caos que reinaba a las afueras de la cerca metálica de dos metros y medio. Más de una decena de vehículos aparcados reducían el espacio a un estrecho corredor por el que podía circular un auto de tamaño medio. Su marcha era lenta, debido a las personas que corrían de un lado a otro y su propia curiosidad. Carabineros, PDI, camiones blancos con el aspecto de laboratorios, camionetas más pequeñas que exhibían el logotipo de algún noticiero. «¿Todo esto por un cuerpo?» su pensamiento le repugnó enseguida. Ninguna vida debía ser insignificante, cualquier persona fallecida en circunstancias extrañas merecía la atención del mundo. Llegó hasta el portón de la entrada, ya había preparado mentalmente una conversación inocente con el portero de la mañana, para tener más información. Se quedó sin habla, al notar que en remplazo del amigable caballero cuyo nombre no sabía, había dos hombres altos y ataviados de negro, con cascos y rifles. La puerta nunca le había parecido tan amenazadora.




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