Sobre sus huesos

4.

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Era una ironía. Una de las más sórdidas, inauditas y macabras de las ironías. Como si estuviera en una película escrita por Shyamalan, el giro inesperado era espeluznante. Que una de las fosas de prisioneros, torturados y desaparecidos del régimen militar estuviera en el subsuelo de un condominio de cuicos era tan poético que haría sonrojar al mismo Edgar Alan Poe.

Se acercó al quid de la cuestión, cuando la tranquila y callada Isidora Aguirre había salido corriendo como si la persiguiera el diablo, en dirección a la brigada de Derechos Humanos. ― ¡De hace cincuenta años! ― gritó agitando un informe de laboratorio en las manos, en un dudoso intento de que alguien pudiera leer un papel en movimiento. Por supuesto hizo falta un par de minutos para que esa ala del edificio quedara apartada en un clima de secretismo opresivo. Los agentes iban y venían con expresiones sombrías en sus rostros. Vio a alguno correr al baño a vomitar. Claro que no podía entrar allí con aire despreocupado y preguntar ‘Hey ¿Qué hay de nuevo?’, así que se planteó una estrategia más astuta y sutil. Fue a la caza de los pocos trabajadores que tenían acceso y luego salían sin problema. La señora Doris era una dama encantadora y maternal, le había dado buenos consejos de cómo sacar una mancha de vino de su esmoquin luego de que su torpeza empañara una cena oficial. Y no tuvo que presionarla demasiado para que le diera un poco de información.

― Es terrible, parece que encontraron un muerto de hace cincuenta años. ― dijo entre susurros mientras fregaba las baldosas.

― Sí, eso me lo imaginé cuando Aguirre lo gritó a los cuatro vientos.

Doris miró hacia los lados y se acercó más ― Es que dicen que es de los desaparecidos… del setenta y tres.

Consideró que la señora podía estar exagerando, aunque, que la Brigada de Derechos Humanos estuviera tan tensa y hermética no era lo habitual. Sopesó sus posibilidades y ejecutó un plan de ataque que le haría gastar más de su presupuesto diario, pero valía la pena.

Ya sentado en la patrulla meditó su accionar. No debía mostrarse sentimental ni demasiado frío ante la situación, pues eso daría una mala impresión a los que quería que fueran su equipo en el futuro. La meta era pasar más o menos desapercibido en cuanto a habilidades, y destacar en disponibilidad. Junto a él había una mujer de unos treinta y algo que también parecía perdida en sus pensamientos. El conductor y copiloto perpetuaban el silencio sepulcral. No iba a apostar, no obstante, estaba seguro de que muchos de los que se adherían a la Brigada, no solo tenían la ambición de la carrera, sino que también albergaban sus motivos personales, en forma de nombres sobre algún frío memorial. Como él, pero debía alejar el fantasma de su tío de sus decisiones.

― ¿Cómo esperan que pasemos esto? ― se quejó el conductor. Era una constatación obvia, la calle estaba atestada de vehículos, incluyendo periodistas.

― Malditos zánganos amarillistas ― masculló la mujer del lado.

― Estaciona por aquí. Vamos a tener que entrar caminando ― apuntó el copiloto.

Y así se hizo. Tuvieron que caminar entre el tumulto de gente ignorando las cámaras, las invasiones al espacio personal y las preguntas fuera de lugar. Alberto puso una mano frente a su cara para bloquear los molestos flashes en la penumbra de la noche y siguió a sus superiores. El ‘condominio Nuevo Amanecer’ era un insultante derroche de terreno. A lo lejos había apreciado las grandes torres, pero en el interior, la separación entre ellas era exagerada. Ni siquiera podían dar la excusa que se debía a los estacionamientos, ya que estaban perfectamente acondicionados, y aun así sobraba espacio para poner otro edificio entre torre y torre y quizás una piscina. El muchacho sacudió la cabeza, no era el momento ni el lugar para indignarse.

― Bien. Parra, tu vienes conmigo a hablar con el jefe Forense, necesitamos las directrices para saber cuántas patrullas enviar. Vamos a ser el enlace con el exterior así que mantén tu celular encendido. Carrasco y novato, al centro y vean si los exhumadores necesitan ayuda.

― Entendido ― dijo la mujer. Le dirigió un cabeceo a Rodríguez para que la siguiera y caminaron a paso firme.

― ¿Cuánto llevas aquí, novato? Te ves verde.

― Sí. Unos seis meses de hecho.

― Ya. ¿Y te interesa la Brigada por…?

Dudó unos segundos que parecieron minutos ― Quiero ayudar a cerrar una herida muy profunda en nuestra sociedad. Dar paz a las familias.

― A mí me parece que ensayas esa respuesta frente al espejo― rio ella.

Al parecer su superior no era la mujer en extremo seria que había pensado a primera vista. Así que se arriesgó ― Esa es la respuesta que me haría pasar la prueba psicológica ¿no?

Ella soltó una carcajada. «Así que le caigo bien» pensó.

― Me parece ‘adecuada’ pero no engañarás a muchos ― le tendió la mano ― Soy Alicia Carrasco. Dime Ali.

― Yo soy Alberto novato Rodríguez. Dime como quieras.

― ¿De verdad? ¿Ninguna preferencia?

― Creo que los apodos que me da la gente hablan más de ellos mismos que de mí.

La mujer lo consideró y luego sonrió ― Que listo. Okey novato. Te mostraré mis cartas. Me asignaron para vigilarte, así que más te vale que no la cagues o se verá reflejado en mi informe final.




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