Sobre sus huesos

2.

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La bolsa de plástico le quemaba los dedos. Había alternado la mano una y otra vez, pero el peso encontraba siempre un nuevo punto de dolor. Con torpeza, se derrumbó de forma controlada contra la puerta de vidrio de la entrada, haciendo acopio de su sentido del equilibrio para que el café no se derramara en su camisa.

― ¡Por Dios niño! ¿Te compraste la cafetería completa? ― inquirió el hombre grueso del recibidor, sin hacer ningún esfuerzo para ayudarlo a aligerar la carga.

―No. Si tengo suerte me alcanza para un par de sándwiches, con el riesgo de quedar en banca rota el resto del mes.

Sacar un objeto puntual de la bolsa era una labor demandante, sin embargo, logró sacar un pan envuelto en papel aluza y se lo ofreció a su interlocutor, este último pareció saborearlo con la mirada ― Ah, Rodríguez, es bueno que cuides de tus superiores― susurró mientras deshacía la cobertura del tesoro con dedos ágiles.

― Para eso soy bueno ¿no?... ¿el detective Donoso sigue en…?

― ¿En la oficina como las últimas tres horas? Sí, sí…― lo despidió haciendo un gesto con la mano.

El recinto rebosaba de movimiento, muy a pesar de ser el turno de noche, y conocía la razón. Utilizó sus últimas habilidades atléticas para avanzar a grandes zancadas entre el gentío, en dirección a la oficina al final del pasillo. No perdió ninguna oportunidad de saludar a quien pasara. Oficiales, compañeros novatos, capitanes, y por supuesto el amable personal de limpieza. Las respuestas eran variadas, un calculado movimiento de cabeza, el dictamen del protocolo social de preguntar ‘¿cómo estás?’ cuando no tienes tiempo para escuchar la respuesta o no te interesa, pero la atmósfera de urgencia no disminuyó ni un poco. Para Alberto Rodríguez saludar era un ritual importante, después de todo su madre había criado a un caballero.

La puerta de madera soltó un aullido irritante a pesar de sus intentos de empujarla con delicadeza, en vano, pues no había sido engrasada en por lo menos los últimos diez años. Un resoplido cansado y reprobatorio le dio la bienvenida, se trataba de un hombre corpulento surcado por las arrugas del tiempo, unas cuantas canas en las patillas que acentuaban el aire marcial, y de mirada fatigada. El agente Donoso lo observó por sobre sus gafas de lectura, soltó los papeles que tenía en la mano.

― Espero que tengas una excelente excusa para no estar entrevistando a la víctima, Rodríguez.

― En efecto, doble con leche sin lactosa y sin azúcar― soltó al momento de poner el vaso desechable en el único escritorio presente. La respuesta ante tal cafeinado tributo fue un gruñido, de satisfacción. Parte de la comunicación de ese hombre se basaba en gestos de ese estilo: un gruñido largo podía significar ‘pensando’ o ‘aprobado’, uno corto era una negativa rotunda. De tener el tiempo y la habilidad, a Rodríguez le hubiera gustado hacer un diccionario para después heredarlo a futuros novatos. El superior inhaló el intenso olor a café y dejó escapar un suspiro, eso era una señal suficiente para saber que, a pesar del agotamiento, estaba de buen humor. Eso le dio luz verde para proseguir con el plan que llevaba fraguando con cuidado en la herrería de su mente la última media hora. Era preciso comenzar a ejecutarlo antes de que el precioso elixir de la existencia sin azúcar se agotara y su superior volviera a su forma burocrática cínica y apática.

Su voz sonó neutra y despreocupada ― Señor… escuché que encontraron un yacimiento…

―Tus habilidades para obtener información clasificada siguen impresionándome, Rodríguez.

― Claro, pero me preguntaba si…

― No ― fue una negativa carente de la usual energía.

― Quiero decir, dadas las circunstancias…

― Cinco años, detective novato Alberto Rodríguez. Necesitas cinco años en el campo, con un desempeño impecable, para poder postularte a la Brigada.

― Cuatro años y medio.

Con un chasquido de la lengua y un movimiento de la muñeca, el hombre que pasaba los cincuenta y cuya paciencia parecía menguar a la velocidad de su edad, desestimó la réplica y volvió a sus documentos.

Pero Alberto no era un hueso fácil de roer, y si de algo se enorgullecía, era de su terquedad. Lo había llevado lo suficientemente lejos― Señor, sé de buena fuente que están solicitando ayuda de otros miembros para esta investigación.

―No me digas ― revolvió el café con un lápiz y de un trago se lo terminó.

― Por lo que formalmente solicito que se me asigne como apoyo. Señor.

Donoso lo observó sobre los pequeños cristales rectangulares, dilatando la respuesta y analizando al subordinado de pies a cabeza. Todavía tenía esa apariencia de niño algo enclenque, aunque exudaba determinación. Al cabo de unos tortuosos segundos volvió a gruñir ― Si terminas con tus obligaciones, lo pensaré.

El joven no pudo reprimir la sonrisa que iluminó su rostro, por muy poco profesional que pareciera ―Por supuesto.

―La muchacha sigue en la sala del lado. Haz tu informe. Procésalo.

―Entendido― se situó la bolsa en el antebrazo con renovada energía.

El superior le dio una mirada de desaprobación a la bolsa que tenía en la mano ―Ya sabes que esto no es un comedor social.




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