La tranquilidad y el silencio eran parte de aquel pueblo, uno que cada habitante conocía de memoria. Desde sus desgastados caminos de tierra hasta los pequeños atajos entre el bosque que conducían a los pueblos vecinos.
Asya también conocía cada rincón con detalle. Desde que tenía memoria había recorrido aquel lugar una y otra vez, las personas eran las mismas, las casas también y, en general, todo se mantenía dentro de la normalidad.
Nada era demasiado extravagante para romper lo habitual; solo un pueblo que seguía su vida, apartado de los demás.
Pero una vez al año, esa normalidad cambiaba.
La iglesia del pueblo celebraba un día especial.
Los puestos de madera con comida, los farolillos y guirnaldas coloridas que iban de extremo a extremo, adornando los pasillos improvisados de la feria, borrando la sobriedad del lugar.
Las luces brillaban por sobre la gente, mientras Asya se abría paso junto con su compañero.
Ella arrastraba con impaciencia a Wenderley, logrando apenas que él acelerara el paso.
Él caminaba arrastrando los pies mientras se resistía, echando ligeramente el cuerpo hacia atrás, dificultándole aún más avanzar.
—Wenderley, vamos —se quejó aun tirando de su muñeca.
—Las brochetas de fruta no se van a extinguir, Asya. Hay suficientes para todos. —gruñó bajando un poco la mirada para observarla.
Asya se detuvo en seco, soltando su agarre para encararlo elevando el rostro ligeramente haciendo evidente la altura bastante distinta entre ambos.
Wenderley, con apenas diecisiete años ya rondaba el metro ochenta de estatura, destacando con facilidad entre la gente.
Asya incluso recordaba que era bastante más alta que él, cuando de niños, entraron por primera vez a la escuela. Él era bastante delgado, de apariencia frágil y bastante esquivo con todos, incluso con ella.
Fue hasta que comenzaron el segundo curso de secundaria que aquel alfeñique enano que conocía la superó por bastante en estatura. Primero fueron un par de centímetros; después la diferencia se hizo evidente.
—Además, —continuó él. —ni siquiera sé dónde están tus tías. — giró ligeramente el rostro buscando el rastro de aquellas dos mujeres que habían sido casi obligadas a acompañarlos y cuidarlos.
O al menos una de ellas, porque la más joven ni siquiera se resistió o quejó cuando el papá de Asya se los pidió.
—Mi tía Veronika, al contrario de ti y la tía Rosie, si viene a disfrutar la feria, no emanar apatía por cada poro de la piel. —refutó algo inconforme con la actitud de él.
—Ya no tenemos diez años Asya, para brincotear de aquí para allá. —dijo con un tono que parecía decirle inmadura de mil formas.
Ella lo miro nuevamente con la mirada entornada en pura acusación.
Wenderley sostuvo su mirada unos segundos antes de suspirar con rendición. La conocía lo suficiente para saber que no lo dejaría tan fácil.
La tomo esta vez él por la mano arrastrándola hasta el puesto de brochetas y ella sonrió más que complacida de lograr ganarle hasta en silencio.
Wenderley solo la miro un segundo y negó mirando la fila que apenas constaba de cinco personas.
Cuando Rosie llegó arrastrando a Veronika con gesto de reclamo en cada paso, Asya no pudo evitar sonreír al ver casi la misma escena de ella con Wenderley.
—Parece que debo cuidar a tres niños en lugar de dos, Veronika —la soltó en cuanto llegaron donde ellos estaban, soltando un suspiro exagerado.
—Tú quieres asfixiarlos en lugar de cuidarlos, Rosie —respondió la más joven con tranquilidad. —Dales un poco de espacio, los pones incómodos si estás como sanguijuela respirándoles en la nuca. —Veronika notó la mirada curiosa de Wenderley sobre ellas, lo miro apenas unos segundos, esbozando para él una sonrisa divertida que Asya no comprendió, pero que hizo a Wenderley apartar la vista y contar distraídamente las personas en la fila.
—Como sanguijuela tendremos a Gabriel encima si les pasa algo mientras tú estás como cría gastando dinero en juegos que obviamente no vas a ganar.
Veronika abrió ligeramente la boca, luciendo ofendida. Se acomodó los anteojos con algo de dramatismo y se cruzó de brazos.
—¿Por qué siempre deben discutir así? —Asya intervino cuando notó el ambiente que se formó alrededor de ellas dos. — Vinimos a disfrutar de la fiesta. Si la tía Veronika quiere jugar, está bien. Tía Rosie, no tienes que preocuparte por nosotros; no somos tan pequeños como para no saber regresar a casa o buscarlas. Relájate y disfrutemos la fiesta, ¿sí?
Asya, aminoró la tensión con su sonrisa, mientras sacudía a su tía Rosie por los hombros, en un gesto juguetón.
Rosie suspiró, se relajó y se disculpó con Veronika cortando de a poco la tensión que se colocó en medio de ambas.
Asya se quedó aun en la fila viéndolas detenerse en un puesto del tiro al blanco a unos pocos metros de distancia.
Para cuando obtuvo su brocheta de fruta recubierta con chocolate extra, su tía Veronika tenía una expresión de exasperación ante las burlas de Rosie por cada tiro que fallaba. Aun así, se empeñaba en conseguir más tiros, poniendo el dinero en las manos del hombre con molestia.
El viento hizo acto de presencia en el lugar acariciando con sutileza las copas de los árboles, balanceando las luces y guirnaldas con suavidad.
Eran pequeñas oleadas que se paseaban sin preocupación entre la gente y que alcanzaron a Wenderley provocándole un suave escalofrio que fue desde su nuca hasta su espina dorsal, estremeciéndolo ligeramente.
Asya lo notó y sonrió.
—Te dije que trajeras una chaqueta más gruesa —le recordó.
—No, solo me dieron un poco de escalofríos —respondió con cierta extrañeza por el peso que se le quedó en el pecho.
Asya lo observó unos segundos, sin parecer del todo convencida, el clima si era fresco. Y él demasiado receptivo al cambio de temperatura. Sabía que tenía frío, pero él prefería llevarle la contraria, como siempre.