Weltschmerz Dolor Del Mundo

Capítulo 2: Después de aquel instante

El silencio que inundaban los oídos de Asya resultaba demasiado agobiante. Las partículas de polvo suspendidas en el aire le nublaban el campo visual, mezclándose con la penumbra.

Asya comenzó a caminar a tientas, con pasos torpes. Se sostuvo de los troncos y tropezó con las raíces que sobresalían del suelo.

A lo lejos comenzó a distinguir unas luces que alternaban entre dos colores.

Eran las patrullas que iluminaban desde la lejanía.

Cuando logró salir, se quedó mirando las patrullas ya aparcadas de forma desordenada y los oficiales que se movían por los límites de aquel camino, mientras más personas salían, al igual que ella.

Asya sintió cómo la sujetaban por el brazo y elevó su mirada, encontrándose con un oficial buscando alguna herida.

Ni siquiera escuchó qué fue lo que el hombre le dijo y solo asintió dejándose guiar algunos metros manteniéndose cerca de los autos junto a las demás personas.

Asya entró en un estado extraño.

Se mantenía atenta a su alrededor, pero, al mismo tiempo, su atención parecía confusa entre las voces, las luces y el movimiento de las personas... Parecía llegarle con cierto retraso y desde muy lejos.

Todo estaba sumido en la penumbra de la noche, iluminada solo por el bicolor de las sirenas y la luna llena que resplandecía en tonos blancos brillantes; fue lo que notó cuando su mirada se perdió un momento en aquello sintiendo una presión extraña en el pecho que la alteraba y la hacía temblar.

Por eso mismo se sobre saltó cuando las sirenas de las ambulancias resonaron avisando su llegada, viendo a los paramédicos saltar fuera de las camionetas y correr hacia la gente.

Había personas visiblemente lastimadas, cubiertas de sangre y polvo; otras se veían mucho más afectadas con golpes bastantes severos, quizás provocados por los trozos de las estructuras.

Pero los gritos de quienes estaban en medio de un ataque de pánico le provocaron miedo. Los gritos y los llantos desgarradores entraban a sus oídos sin piedad resonando y golpeando contra su pecho, dejándole una sensación de desesperación.

Su cuerpo comenzó a temblar. Primero fueron sus manos; después, sus dientes comenzaron a castañear, como si estuviera expuesta a las temperaturas más bajas.

Se abrazó a sí misma intentando calmarse, pero su respiración parecía ser insuficiente para sus pulmones.

Su corazón se le agitó con cada grito que continuaba retumbando en sus oídos, y sin notarlo comenzó a presionar sus uñas con demasiada fuerza sobre la piel de sus brazos, pero ni sí quiera percibía el dolor.

Llevó ambas manos a sus oídos intentando amortiguar los gritos. Pero no disminuyeron. Parecían hacerse más fuertes.

Y de pronto, sus tías y Wenderley vinieron a su mente, provocándole angustia.

Una mano la sujetó con fuerza por el brazo y la giró.

Era Natalie.

Su madre inspeccionó su rostro y después su cuerpo, buscando alguna herida, respirando nuevamente al comprobar que solo tenía polvo sobre ella y ligeros rasguños en la piel, nada profundos

Asya parpadeó un par de veces antes de que aquella sensación de lejanía se cortara de golpe, los gritos dejaron de ser su centro de atención, comenzó a percibir las demás voces junto a la de su madre, cargada en preocupación.

La comprensión de su entorno volvió y un ligero alivio la tocó, se abalanzó a su madre con fuerza tratando de reconfortarse en sus brazos y quitar el peso de su pecho.

Elevó la mirada y se encontró con los ojos llenos de preocupación de su padre que al igual que Natalie la inspeccionaban de arriba abajo.

—Papá…—pronunció Asya con la voz temblorosa y cargada de miedo mientras se abalanzaba a sus brazos. —Las tías Rosie y Veronika siguen allí, Wenderley regresó por ellas. —sintió los brazos de su padre rodear su cuerpo con fuerza.

Aquel gesto le pareció una muestra de consuelo mutuo.

Pues mientras Asya estaba entre los brazos de su padre intentando calmarse, Gabriel miró a su esposa con los ojos cargados de preocupación y temor.

Natalie se acercó acariciando la espalda de su pequeña que temblaba en los brazos de Gabriel.

Ella le dio un ligero apretón en el hombro dándole un apoyo silencioso, que Gabriel agradeció con la mirada.

Después de todo sus hermanas seguían allí dentro y la incertidumbre siempre provocaba miedo y pánico.

Nada transcurrió rápido.

Las horas pasaron entre sirenas, órdenes y el ruido metálico de las estructuras que los rescatistas comenzaron a mover, una vez tuvieron el equipo.

La noche ya era demasiado profunda y los nervios de Asya se le dispararon una vez más.

Pues la madre de Wenderley también llegó al lugar hace no más de 15 minutos, llegó directamente con ella preguntándole por el paradero de él, pero Asya vio como la mujer pasaba de la preocupación a la desesperación en cuestión de minutos.

En cuanto la ausencia de él más se postergó, la mujer intentó acercarse a la zona del accidente, entre gritos y súplicas que terminaron en una crisis desesperada luchando por ingresar a la fuerza, golpeando y arañando a todo el que intentaba detenerla.

Asya intentó acercarse a ella, pero no pudo. Quería hacer exactamente lo mismo.

Correr hacia allí.

Gritar y sacarlos.

Pero no se movió.

Permaneció quieta, tiritando de un frío que no existía.

—¿Por qué tardan tanto? —Asya rompió el silencio sin mirar a su madre.

Natalie acarició uno de sus brazos con preocupación instalada en el pecho.

—No sabemos con exactitud cuántas estructuras cayeron. Los rescatistas deben moverse con cuidado o podría ocurrir otro accidente.

No fue lo que Asya había preguntado, pero ¿qué más podía decirle?

—No debí dejarlo regresar, pero jamás me hace caso... Debí ir con él.

—Lo habrías tenido preocupado y no habrían podido encontrar a tus tías fácilmente. Es un chico bastante cuidadoso y ágil, así que seguramente llegó con ellas, pero todavía no pueden salir.




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