El aire aquí no se respira; se traga, espeso y denso, cargado con el olor perpetuo a musgo descompuesto, a resina antigua y a una humedad que parece adherirse a la piel como una película de aceite frío. Vivo en el borde mismo de lo concebible, en el rincón más hondo y olvidado de Colinas Silenciosas, tragados por la masa interminable de un bosque que no es simplemente un conjunto de árboles, sino un organismo paciente, un titán vegetal que nos observa con miles de ojos ciegos desde la penumbra de sus copas entrelazadas. Este es mi hogar, el útero de tierra y sombra que me vio nacer, y también el sepulcro invisible donde transcurrirá, inexorablemente, cada segundo de mi existencia.
Mi nombre es Joel. Tengo diecisiete años, aunque en este lugar las estaciones no se miden por calendarios ni almanaques, sino por la frecuencia con la que la niebla desciende para ahogar los tejados de madera o por el grosor de la escarcha que se forma sobre los barriles de agua al romper el alba. Prácticamente desde que tengo uso de razón, mi mundo se ha reducido a los límites de esta comuna. He respirado este mismo aire viciado de oraciones susurradas y madera húmeda toda mi vida; un microcosmos aislado del rugir del mundo moderno, sostenido por la voluntad férrea de un puñado de ancianos cuyos rostros, surcados de arrugas profundas como zanjas, parecen tallados en la misma corteza de los robles centenarios que nos cercan.
Ellos, los fundadores —los patriarcas de barbas blancas y ojos febriles que ahora apenas pueden sostenerse en pie—, tomaron una decisión irrevocable décadas atrás. Abandonaron las comodidades y los pecados de la civilización para adentrarse en la espesura más salvaje, huyendo despavoridos de la podredumbre moral de la sociedad, pero, sobre todo, huyendo de ese pueblo. De Colinas Silenciosas. Un nombre que los mayores pronuncian siempre en un susurro áspero, con un temblor casi imperceptible en los labios, como si el simple eco de las sílabas pudiera convocar aquello que mora en sus calles. Según las sagradas escrituras que nos leen cada noche bajo la luz parpadeante de los quinqués, una maldición original, una simiente de maldad pura y primigenia, germinó en el seno de una de las primeras familias que fundó el pueblo, emponzoñando la tierra y convirtiendo a sus habitantes en criaturas de sombras y vicios inconfesables.
Aquella corrupción no era abstracta; era una presencia física, un miasma que flotaba en el ambiente del pueblo vecino, y por ello los fundadores decidieron cortar por lo sano. Nos adentramos en lo intrincado del bosque buscando la pureza del aislamiento, creyendo con una fe ciega y desesperada que el grosor de los árboles y la distancia nos absolverían. Sin embargo, con el paso de los años, el frío despertar de la realidad se abrió paso entre nuestros dogmas. Comprendimos, con una angustia lenta y silenciosa que se fue filtrando en las cenas comunitarias, que la maldad no es un concepto pasivo; es un cazador tenaz. De una u otra forma, por caminos invisibles que desafiaban la lógica de nuestros mapas y de nuestras plegarias, esa maldición siempre lograba encontrarnos, rozando los límites de nuestra paciencia y poniendo a prueba la fragilidad de nuestra fe.
Para protegernos, para erigir una barrera tangible entre la luz de nuestra comunidad y las tinieblas que devoraban el exterior, nos asentamos en un claro profundo y levantamos una defensa titánica. Durante años, con las manos ensangrentadas y los músculos desgarrados por el esfuerzo, los hombres de la comuna acarrearon rocas colosales desde el lecho de los ríos secos y las faldas de los cerros. Piedras ciclópeas, frías y grises, que fueron encajándose meticulosamente unas con otras hasta formar un gran muro perimetral de más de seis metros de altura. Una muralla maciza, impenetrable, diseñada originalmente para mantener alejados a los grandes felinos, a las manadas de lobos hambrientos y a las serpientes venenosas que pululan por el bosque, pero que en el fondo de nuestras mentes servía para un propósito mucho más oscuro: aislar el horror, contener lo incontenible y recordarnos cada mañana, al alzar la vista hacia su coronamiento de piedra gris contra el cielo encapotado, que estábamos solos en la inmensidad del mundo. Al otro lado de ese muro yace el pueblo, dominado por sombras que prefiero no nombrar y habitado por pobres almas que ya han perdido la gracia de Dios. Y, sin embargo, mientras recorro los pasillos de tablones crujientes de la comuna o miro mis manos jóvenes, una duda sorda, una picazón constante en la base de la nuca, me recuerda que ningún muro en la tierra es lo suficientemente alto para detener lo que ya ha decidido reclamarnos.