Aquellas criaturas innombrables, horrores que los primeros cazadores más ancianos apenas se atrevían a mencionar en un susurro temeroso bajo el amparo de la luz de las velas, no eran los únicos habitantes de aquella espesura infinita. En las profundidades más oscuras e inaccesibles del bosque, mucho más allá de donde nuestros patrullajes ordinarios se atrevían a aventurarse, vivían Los Maahuk: una tribu de hombres y mujeres de costumbres ancestrales y aspecto montaraz, semejantes a indígenas salvajes que habían convertido la penumbra perpetua de los árboles en su hogar milenario.
En los primeros tiempos de la fundación de la comuna, cuando los abuelos aún conservaban la arrogancia del mundo exterior, las tensiones con Los Maahuk habían desatado violentas riñas. Los nativos del bosque veían a los colonos religiosos como intrusos arrogantes que profanaban suelo sagrado. Sin embargo, con el transcurso de los años, el choque dio paso a una tregua fría y distante: poco a poco aprendieron a tolerarse mutuamente, aunque jamás llegaron a ser abiertamente amigos. Eran vecinos silenciosos y sombríos, unidos únicamente por una paz frágil sostenida por la desconfianza.
Los Maahuk siempre mantuvieron una postura de lúgubre advertencia hacia los nuestros, repitiendo como un mantra que aquellos bosques profundos no estaban hechos para forasteros, y que tarde o temprano la maldad ancestral del mundo terminaría colándose por los muros de la comuna. Irónicamente, fue la propia tribu la que, en un inescrutable gesto de compasión o de macabra previsión, les aconsejó utilizar una roca muy específica para levantar su defensa: aseguraban que aquella piedra singular había caído del cielo hacía incontables eras y poseía una dureza sobrenatural, siendo el único material capaz de resistir y repeler la fuerza del mal que acechaba en las sombras.
Y la rutina de nuestro oficio diario se alzaba como un dique endeble contra esa marea de pesadilla que ni siquiera Los Maahuk lograban detener por completo. A diario, bajo el frío rocío que impregnaba los matorrales antes de que el sol lograra abrirse paso entre el espeso dosel de las copas, teníamos que colocar trampas de hierro en los senderos ocultos, revisar meticulosamente cada palmo de las cercas y rocas que delimitaban nuestro perímetro para asegurar que no existiera ninguna brecha, y, sobre todo, velar por que todos nuestros compañeros en el interior de la comuna sintieran una falsa y frágil sensación de seguridad. Arthur no me concedía tregua alguna; su pedagogía era implacable y áspera como la lija. Con una paciencia metódica, me enseñó a sostener el rifle de cerrojo sintiendo el frío metálico contra la palma de la mano, a leer las señales más sutiles en la hojarasca para saber rastrear huellas furtivas, a colocar cebos estratégicos para atraer alimañas y, lo que era más aterrador, a pelear cuerpo a cuerpo utilizando una pesada navaja de caza por si las balas fallaban en el momento definitivo.
Todos los días, sin importar si la negrura de la madrugada se prolongaba o si una llovizna helada nos calaba hasta los huesos, salía a patrullar junto a Arthur por los vastos y sombríos campos de selva que delimitaban nuestro territorio. Y en cada una de esas incursiones, mientras caminábamos en silencio cortando la maleza, había un detalle constante que no tardó en despertar mi profunda curiosidad: Arthur siempre llevaba consigo una pequeña libreta de bolsillo de color negro, un objeto de aspecto vetusto y lúgubre, cuyas tapas de cuero estaban tan ajadas, agrietadas y desgastadas por el roce constante que parecía un fragmento de piel momificada.
En un par de ocasiones, mientras hacíamos una breve pausa para descansar bajo la sombra opresiva de un roble centenario y escuchar los chasquidos extraños del bosque, me atreví a preguntarle directamente qué función cumplía aquel cuaderno. Sentía una picazón de curiosidad que contradecía las normas de sumisión de la comuna. Sin embargo, Arthur jamás me ofreció una explicación clara ni satisfactoria. Se limitaba a desviar la mirada hacia la espesura, con los ojos estrechados en una mueca de sombría concentración, y respondía con sequedad que se trataba simplemente de una bitácora.
Y lo más extraño de todo, aquello que alimentaba mis sospechas y transformaba el librito en un objeto casi fantasmal, era que nunca, ni una sola vez en todos los meses que pasamos juntos, le llegué a ver escribir una sola palabra en sus páginas. Jamás sacó un lápiz o una pluma para registrar algo del momento. Solo lo vi hojearlo con los dedos callosos y temblorosos, absorto en una lectura silenciosa y obsesiva, como si consultara un mapa secreto o descifrara una advertencia escrita por manos muertas, antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo interior de su abrigo, pegado siempre, de manera desesperada, al latido de su corazón.