Aún con las lágrimas secas congeladas sobre mis mejillas y las manos todavía impregnadas con la sangre coagulada de mi mentor, avisé enseguida a los dirigentes del pueblo. Mi voz sonaba hueca, dislocada por el shock, mientras les transmitía la noticia bajo la fría luz de los quinqués. Cargamos su cuerpo inerte a través de la llovizna persistente, transportando los restos destrozados de Arthur hasta el interior de la iglesia de madera, el sanctasanctórum de la comuna, donde se le prepararía la solemne ceremonia fúnebre correspondiente.
Pero antes de entregar el cuerpo a los rezos de los ancianos, exigí y realicé una breve e íntima inspección sobre la carne destrozada para comprender la naturaleza de aquello que había segado su vida con tanta facilidad. Arthur presentaba múltiples y profundas heridas desgarradas tanto a la altura del pecho como en la espalda; surcos cavernosos provocados sin duda por una fuerza descomunal, por un animal de proporciones ciclópeas dotado de garras enormes y afiladas como cuchillas de carnicero. Las laceraciones habían fracturado las costillas y perforado los pulmones con una precisión quirúrgica macabra, provocando una hemorragia interna masiva que, al parecer, había sido lo que finalmente lo finiquitó en medio de la agonía.
Cuando examiné el rifle que yacía intacto a su lado, la última y más heladora confirmación se clavó en mi mente: el arma estaba completamente cargada, con el seguro puesto y el cerrojo limpio. Ni un solo tiro había sido disparado. Eso significaba una verdad aterradora: aquel animal, fuera lo que fuese, lo había tomado por absoluta sorpresa, despojándolo de cualquier reflejo y aniquilándolo sin concederle ni un milisegundo para encarar la amenaza. Lo más perturbador, sin embargo, era el enigma de su traslado; el monstruo lo había arrastrado hasta aquel claro apartado, pero la razón desafiaba toda lógica depredadora, ya que el cuerpo no presentaba ningún signo de haber sido devorado. Arthur estaba intacto, salvo por las horribles heridas letales. No había jirones de carne arrancados ni marcas de mordiscos de alimentación; lo habían asesinado por puro placer, por deporte o por un perverso mensaje.
La rabia, un fuego oscuro y denso que suplantó al dolor, comenzó a devorarme por dentro. Con los puños apretados y la mirada encendida por una furia ciega, solicité formalmente ante el consejo el permiso para salir al bosque y darle caza a la bestia responsable de aquella masacre. Les argumenté con desesperada firmeza que no podíamos permitir que una abominación semejante merodeara impune en las fronteras de nuestro hogar; si aquello había logrado cazar y aniquilar con tanta facilidad a un cazador veterano y curtido como Arthur, no quería ni imaginar la masacre que desataría si decidía cruzar los muros o emboscar a otros miembros de la comunidad.
Aunque en mi discurso oficial invocaba la seguridad colectiva, en lo más hondo de mi alma atormentada la verdad era otra muy distinta: lo que me impulsaba con una urgencia febril era la venganza. La sed de sangre era mi único motor. Tras un tenso debate y la resistencia inicial de los ancianos, el permiso excepcional fue concedido, marcando un precedente sin precedentes en la historia de la comuna.
Esa misma noche, tras los ritos fúnebres, regresé a la pequeña cabaña de Arthur. Entre sus pertenencias personales y las herramientas que me correspondía heredar como su sucesor, rescaté los objetos que pude salvar, y entre ellos, envuelta en un paño de lino ajado, encontré la curiosa libreta negra que siempre llevaba pegada al pecho.
Con los dedos temblorosos por la aprensión, la abrí bajo la luz parpadeante de una vela. Comprobé de inmediato que el cuaderno estaba meticulosamente dividido en tres secciones claramente diferenciadas por el uso y el tipo de trazo. La primera sección estaba escrita con tinta azul de caligrafía firme y ordenada; contenía los fundamentos básicos de la cacería, las técnicas de rastreo, las posturas de tiro y las lecciones elementales que Arthur me había impartido durante mis primeros meses como aprendiz. La segunda sección, escrita con tinta negra y un pulso más nervioso, profundizaba en conocimientos avanzados y oscuros: cómo diferenciar el calibre y origen de una amenaza por el eco sordo del sonido de un disparo lejano, cómo preparar sedantes químicos y venenos letales para cebos complejos, y tácticas de supervivencia contra depredadores de gran envergadura.
Y, por último, al llegar a la tercera parte, el aire pareció volverse irrespirable. Aquella sección estaba escrita íntegramente con tinta roja, un rojo oscuro y denso que recordaba a la sangre seca. Contenía múltiples hojas en blanco, pero lo poco que estaba escrito en ella consistía únicamente en una serie de fechas y anotaciones crípticas. Fechas que se remontaban en el tiempo desde 1863 y avanzaban de manera salpicada a lo largo de las décadas hasta llegar a 1889, siendo la última entrada exactamente el tres de noviembre de ese mismo año.
Lo más espeluznante, aquello que heló la sangre en mis venas y aceleró mis latidos hasta golpear mis sienes, era constatar que esa misma fecha correspondía al día presente. Justo delante de cada fecha registrada a lo largo de los años, había una palabra solitaria escrita con la misma tinta escarlata: algunas entradas decían simplemente "Visto", mientras que otras, más escasas y espaciadas, rezaban "Enfrentamiento". Aquella última fecha, la de hoy, había sido escrita por la propia mano de Arthur esa misma mañana, justo antes de emprender su fatídico recorrido en solitario. De eso estaba absolutamente seguro.
Con el corazón en la garganta, pasé las páginas con dedos torpes hasta llegar al final de todo. Allí, ocupando la última hoja libre, descubrí un detallado dibujo hecho a lápiz, trazado con una maestría obsesiva y perturbadora: la silueta colosal y grotesca de una criatura antropomórfica, una masa musculosa de más de dos metros de altura con proporciones humanoides, pero dotada de un rostro deforme, fauces desmesuradas y rasgos inconfundibles de un gigantesco lobo maldito. Las líneas del dibujo parecían pulsar en la penumbra, confirmando que la bestia con la que me cruzaría en la madrugada no era una casualidad de la naturaleza, sino el capítulo más antiguo y oscuro de un legado del que ahora, irremediablemente, yo había heredado la guardia.