1889

Capitulo: 2

Aquel gran muro de piedra gris, erigido con tanto esfuerzo como un monumento a nuestro miedo, no hizo más que marcar una frontera invisible en mi mente. La vida dentro de la comuna avanzaba bajo un compás invariable, dictado por el tic-tac monótono de los relojes de cuerda y el murmullo incesante de las plegarias matutinas, hasta que cumplí diecisiete años. En ese umbral cronológico, la infancia se despoja de sus privilegios y la existencia adquiere un propósito utilitario y rígido. A esa edad, según los estatutos no escritos que regían nuestra pequeña sociedad, cada joven debía comparecer ante el consejo de ancianos para elegir y asumir el oficio que determinaría su labor hasta el final de sus días.

Nuestra educación, si es que se le puede conceder un término tan digno a un proceso de domesticación mental, había sido deliberadamente parca, confinada casi en su totalidad al estudio memorístico de textos sagrados y dogmas moralistas teñidos de un apocalípticismo constante. Los patriarcas sostenían, con una convicción pétrea que no admitía réplica, que el conocimiento secular, la ciencia y la curiosidad intelectual no eran herramientas de progreso, sino los anzuelos con los que el maligno pescaba las almas desprevenidas. Cuantos más libros leyeras sobre el mundo exterior, cuantas más preguntas te hicieses acerca de las estrellas o de la mecánica de los hombres, más te alejabas de la gracia de nuestro Señor. Por ello, pensar en una carrera profesional, en lustrosos títulos universitarios o en la mera posibilidad de cruzar el umbral para estudiar el vasto mundo no formaba parte del horizonte de mis coetáneos; para ellos, el futuro era una línea recta y estéril que iba del banco de trabajo al banco de la iglesia.

Sin embargo, los engranajes de la comuna necesitaban mantenimiento. Para preservar el frágil equilibrio de nuestra supervivencia autárquica, cada miembro debía encajar en un rol específico: cultivar la tierra reseca, remendar las túnicas de lana gruesa, amasar el pan negro o mantener encendidas las fraguas. Cuando llegó mi turno de elegir, mi mente ya albergaba una inquietud febril que ninguna oración había logrado aplacar. Entre la limitada baraja de oficios disponibles, mi decisión cayó como una sentencia sobre la mesa del consejo: opté por ser cazador.

La reacción de mis padres fue inmediata y visceral. Mi madre dejó caer el cucharón de madera sobre la mesa de pino con un golpe seco, mientras mi padre me miraba con una mezcla de decepción y pánico sordo. Me suplicaron que reconsiderara, intentando empujarme hacia el calor seguro de la herrería o el olor a viruta limpia de la carpintería. Querían verme martillando herraduras o tallando vigas, oficios nobles y confinados a los límites seguros de los cobertizos comunitarios. Pero me mantuve firme, aunque con una mentira piadosa en los labios. Les dije que no sentía ninguna vocación por el metal ni por la madera, que mis manos no estaban hechas para esculpir estantes ni forjar clavos.

La verdad verdadera, la que ardía en mi pecho como una brasa viva y prohibida, era otra muy distinta. Anhelaba ser cazador porque ese oficio implicaba lo que a todos los demás aterrorizaba: cruzar al otro lado. La curiosidad por lo que yacía más allá del muro negro se había convertido en un parásito mental que me devoraba por dentro. Quería ver con mis propios ojos aquello que tanto temían los ancianos, esa fuerza oscura que, según ellos, nos separaba del pueblo corrompido pero que, de manera paradójica, parecía acecharnos con una insistencia sobrenatural, impidiendo que lográramos un verdadero aislamiento. Sentía que el bosque exterior me llamaba con una voz gutural, un susurro arrastrado por el viento nocturno que prometía respuestas a las mentiras que nos repetían cada domingo.

En nuestra comuna, la transmisión del conocimiento laboral era un asunto de estricta jerarquía y soledad. Cada oficio era instruido de manera exclusiva por el miembro más anciano y experimentado del gremio, forjando un vínculo de tutoría casi paternal que garantizaba no solo la continuidad de las habilidades, sino la pureza ideológica de la enseñanza. Con el tiempo, el discípulo se convertía en el reemplazo directo del maestro, heredando sus herramientas, sus secretos y su lugar en el mundo para luego educar a los que venían detrás.

No obstante, el oficio de cazador rompía con esa simetría previsible. Era el único de toda la comuna que no contaba con una pléyade de aprendices ni con una línea sucesoria numerosa. De hecho, era un cargo solitario, casi maldito, que apenas atraía voluntarios. Su naturaleza misma resultaba repulsiva para la mayoría: la tarea primordial del cazador consistía en adentrarse en la espesura más allá del muro de resguardo para rastrear posibles amenazas, cazar animales salvajes para abastecer la despensa comunal y patrullar los límites fronterizos. Y eso, la mera idea de poner un pie fuera del perímetro protegido, era algo que helaba la sangre de la inmensa mayoría.

Desde los primeros años de la infancia, el adoctrinamiento se encargaba de grabar a fuego en nuestras conciencias que salir de los muros sin la bendición de los ancianos constituía un acto de suprema rebeldía, un pecado de soberbia imperdonable y, sobre todo, una sentencia de muerte segura. Se nos contaban historias aleccionadoras en torno al fogón, cuentos oscuros sobre aquellos pocos imprudentes que, a lo largo de las décadas, se habían atrevido a desafiar la prohibición. Algunos de ellos se habían desvanecido en la negrura de los abetos y no habían vuelto a ser vistos jamás, devorados —según los sermones— por la fauna o por las peores depravaciones del pueblo vecino. Otros, más infelices aún, habían logrado regresar a las puertas de la comuna con la mirada perdida y las ropas hechas girones, pero no encontraron el perdón que buscaban; fueron sometidos a castigos públicos severos, flagelados en la plaza para purgar su insolencia ante los ojos de toda la comunidad. Y lo más aterrador era que, tras el ritual de purificación y castigo, algunos de esos penitentes desaparecían en silencio durante la noche, sin que nadie volviera a pronunciar sus nombres jamás.



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En el texto hay: bosque, hombrelobo, cazador

Editado: 07.11.2026

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