1889

Capitulo: 8

El eco de aquellos alaridos aberrantes se fue extinguiendo muy lentamente en las profundidades de la selva, devorado por el susurro constante de la llovizna y el crujir fantasmal de las ramas azotadas por el viento. Con el corazón martillándome contra las costillas de manera dolorosa, un temblor visceral que me sacudía los músculos y las manos entumecidas que apenas lograban sostener el rifle humeante, caí bruscamente de rodillas sobre la hojarasca empapada de fango y sangre. El pánico, una marea helada y viscosa, me inundó por completo, paralizando mis pensamientos mientras mis ojos seguían fijos en el punto exacto donde la silueta colosal de la bestia se había desvanecido en la penumbra.

Fueron necesarios largos minutos de silencio tenso, de respirar con dificultad el aire cargado a ozono y descomposición, para que mi mente pudiera asimilar la magnitud de lo que acababa de ocurrir. El terror ya no era una hipótesis abstracta ni una advertencia de los ancianos; tenía forma, peso y un hedor pestilente a pelaje mojado y carne abierta. Mucho más calmado, aunque con el alma profundamente alterada y los sentidos alerta ante cualquier mínimo chasquido, me puse de pie con torpeza, guardé el arma y emprendí el largo y silencioso camino de regreso a la comuna, arrastrando mis botas pesadas a través del laberinto de árboles.

Al cruzar las puertas de la fortificación y atravesar los pasillos sombríos de tablones crujientes, busqué inmediatamente a los comisionados y dirigentes del pueblo. Reunidos en la estancia principal bajo la luz vacilante de los quinqués, les conté con pelos y señales cada detalle del turbulento encuentro: les describí la masa antropomórfica de cinco metros, las garras desmesuradas, el rostro deforme de lobo y la forma en que la criatura había rugido antes de huir herida de gravedad, asegurándoles con absoluta vehemencia que aquello era, sin lugar a dudas, lo mismo que había destrozado a Arthur en el claro.

Sin embargo, la respuesta que obtuve fue un muro de fría y sorda incredulidad. Los ancianos me miraron con desdén y sospecha, sacudiendo la cabeza con severidad y descartando mis palabras como el desvarío febril de un muchacho traumatizado por la culpa y la pérdida. Para ellos, incapaces de concebir más allá de sus rígidos dogmas y de las bestias comunes del bosque, era totalmente inimaginable que una criatura de semejantes proporciones monstruosas pudiera deambular impune por las tierras que rodeaban su refugio sagrado. Me tildaron de delirante, exigiendo que guardara silencio sobre semejante fantasía.

Después de todo ese turbulento encuentro, tras soportar el rechazo de los dirigentes y retirarme en completa soledad, el agotamiento físico y mental me derribó sobre el jergón de mi habitación. Mientras yacía recostado en la oscuridad, con la mirada perdida en las vigas del techo y el cuerpo adolorido, mi mente regresó de manera obsesiva al contenido de la libreta negra de Arthur.

Encendí una pequeña vela y pasé las páginas hasta llegar al final, deteniéndome de nuevo en el detallado dibujo a lápiz de aquella criatura antropomórfica. Al contemplarlo con nuevos ojos, comprendí con una claridad aterradora la verdad que los ancianos se negaban a ver: Arthur no solo sabía de la existencia de aquella abominación, sino que había llevado un registro metódico de sus apariciones durante décadas, y no solo eso, sino que también había llegado a enfrentarla cara a cara en repetidas ocasiones a lo largo de su vida como cazador.

Tomé aquella vetusta libreta, abrí su última sección de páginas manchadas con tinta roja y, con un pulso firme pero cargado de un profundo pavor, escribí la fecha exacta del día de hoy. Justo seguido de ella, trazé con la misma pluma escarlata la palabra “Enfrentamiento”, acompañada de manera deliberada por un inquietante signo de interrogación.

Dejé la pluma sobre la mesa de madera, contemplando la tinta fresca bajo la luz temblorosa de la vela. Lo hice porque no sé si realmente logré acabar con él aquella madrugada en medio de la selva, o si la herida en sus costillas no fue más que un rasguño pasajero para una entidad de esa naturaleza, y ahora mismo sigue por ahí deambulando, al acecho en las sombras de los bosques que rodean el pueblo, esperando el momento propicio para reclamar lo que considera suyo.



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En el texto hay: bosque, hombrelobo, cazador

Editado: 07.11.2026

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