1889

Capitulo: 3

Fue bajo la tutela de Arthur donde la inocencia terminó de desgajarse de mi alma. Arthur era el nombre del hombre que, en aquel entonces, fungía como el único y absoluto cazador de la comuna; una figura solitaria que parecía esculpida en la misma roca áspera y gris del muro perimetral. Una vez que los delegados y ancianos del consejo me otorgaron el permiso oficial para abrazar aquel oficio marginado, fui asignado a trabajar codo a codo con él. La premisa era tan clara como implacable: tarde o temprano, la vejez o el bosque reclamarían su cuerpo, y yo estaba destinado a ser su sucesor.

Desde la primera vez que mis ojos se cruzaron con los del viejo Arthur, la impresión que me produjo fue de una severidad intimidante. Era una persona de una seriedad pétrea, un hombre que proyectaba esa inconfundible aura de tipo duro, casi temible, curtido por décadas de soledad y violencia silenciosa. Su piel, desgastada por la intemperie y surcada por arrugas profundas, estaba marcada por un mapa grotesco de cicatrices lívidas: surcos blancos y desgarrados en los brazos y el cuello que atestiguaban que no solo era un diestro cazador de arma larga, sino también alguien que había tenido que encarar a las bestias cuerpo a cuerpo, sintiendo el aliento fétido del peligro a escasos centímetros de su rostro.

Sin embargo, a medida que los días se convirtieron en semanas y las patrullas compartidas nos adentraron en la rutina de la espesura, el velo de su apariencia comenzó a rasgarse. Fui descubriendo al hombre tras la máscara y tejiendo con él un profundo e insustituible vínculo de amistad. Me di cuenta de que su aspereza no era más que un caparazón de supervivencia, una fachada meticulosamente construida para mantener la distancia con una comunidad que lo miraba con recelo. En realidad, Arthur era un instructor extraordinariamente paciente y lúcido. Con una dedicación serena, me transmitió los secretos del rastreo, el peso exacto del gatillo al exhalar y los códigos no escritos de la selva.

Al principio, el oficio parecía relativamente simple en su concepción. Consistía primordialmente en patrullar los límites y mantener a raya a los animales salvajes que, atramados por el aroma de los cultivos, las reservas de grano o el ganado doméstico, merodeaban con frecuencia los alrededores. Sobre todo, debíamos vigilar la presencia de grandes felinos y pumas que buscaban presas fáciles. Aunque la comuna estaba cercada por aquel colosal muro de piedra negra de más de seis metros de altura, la naturaleza siempre encontraba grietas por donde filtrarse. El lecho del río, que atravesaba el perímetro a través de una reja de hierro pesado y sumergida, se convertía en la vía principal por donde las bestias más astutas y las serpientes más monstruosas conseguían colarse durante las secas o tras las crecidas.

Los primeros fundadores, al llegar a este rincón del mapa varias décadas atrás, habían planificado el asentamiento con una precisión casi obsesiva. Su meta primordial era erigir una comuna completamente autosustentable, una fortaleza humana que dependiera lo mínimo posible —o, de ser posible, que jamás volviera a interactuar— de aquel maldito pueblo de Colinas Silenciosas. Escogieron minuciosamente una tierra fértil, flanqueada por arboladas silvestres que garantizaban frutos y madera, y asentada sobre un terreno elevado para que, cuando las tempestades azotaran el bosque, el agua corriera ladera abajo sin amenazar las viviendas. Pero lo más vital era la presencia constante de agua dulce, por lo que abrazaron el cauce de un río cristalino y caudaloso que descendía directamente desde las cumbres de la montaña cercana.

Durante los primeros años, la utopía religiosa pareció sostenerse. La comuna floreció en su aislamiento y el trabajo de la tierra daba sus frutos en paz. Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo antes de que la sombra del valle nos alcanzara de nuevo. La maldición del lugar, paciente e ineludible, encontró la forma de germinar. Primero se manifestó a través de una plaga descontrolada de alimañas: zorros escuálidos, jaurías de lobos hambrientos, víboras de veneno letal y hasta tropillas de pequeños monos silvestres que bajaban de la copa de los árboles para saquear los almacenes, destrozar las cosechas y sembrar el caos.

Con el tiempo, la agresión escaló de la molestia a la tragedia. Los osos, los grandes felinos y los lobos dejaron de conformarse con las sobras de las huertas; comenzaron a masacrar al ganado durante las noches y, en episodios que helaban la sangre de los ancianos, algunos depredadores lograron colarse en el interior de las cabañas de madera, atacando a familias enteras mientras dormían en la penumbra de sus estancias. Fue esa sangrienta escalada la que obligó al consejo a tomar la decisión de seleccionar y entrenar a jóvenes en el arte de la caza para proteger a la comunidad.

Aquella solución funcionó durante un tiempo. Durante un par de estaciones, el plomo de los rifles y la vigilancia continua parecieron devolver la ilusión de seguridad. Pero la tregua era solo un espejismo. Pronto, desde las profundidades más oscuras e inexploradas del bosque, comenzaron a llegar cosas peores; entidades y horrores que desafiaban la biología ordinaria de la fauna local, criaturas ante las cuales las armas tradicionales y la valentía de los cazadores resultaron ser trágicamente inútiles.



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En el texto hay: bosque, hombrelobo, cazador

Editado: 07.11.2026

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