1889

Capítulo: 7

Aquel dibujo a lápiz, trazado con tanta precisión en el reverso de la bitácora, parecía exhalar un frío sutil y mefítico que se filtraba a través de la pulpa del papel. Debo reconocer, con una honestidad que me quema la garganta, que sentí un miedo atroz, primitivo e incontrolable al contemplarlo. Si aquella representación anatómica de una pesadilla antropomórfica ocupaba un lugar tan celoso en la última sección de la libreta de Arthur, era por un motivo de inmensa gravedad; no se trataba de la fantasía ociosa de un viejo delirante, sino del retrato forense de un enemigo real, un registro de supervivencia consagrado con sangre.

A pesar del temblor en las manos, mi determinación no hizo sino endurecerse, forjada en el yunque de la rabia y el dolor. Me dispuse a preparar minuciosamente mi equipo para partir hacia el umbral de la noche, fijando la salida exactamente a las cinco de la mañana, en esa hora gris y muerta donde la madrugada se resiste a entregar su dominio al alba. En mi viejo bolso de lona introduje lo indispensable para una cacería sin retorno: un par de armas de fuego largas, una generosa reserva de munición de plomo pesado, raciones secas de comida para un par de días, una linterna de mano de haz potente y, bien asegurada al cinto, la pesada navaja de caza de Arthur.

Antes de cruzar el umbral, me despedí de mi familia en un silencio espeso, casi fantasmal, con la plena y amarga certeza de que aquel trabajo bien podía ser el primero y el último de mi corta vida. Dejé redactada una breve nota, un recargo de conciencia donde encomendaba la tarea de cazador al joven aprendiz en caso de que mi cuerpo no regresara a reclamar el taller, pidiéndole disculpas por haberle enseñado tan poco de los verdaderos horrores del bosque, pero el deber y la venganza me llamaban con una urgencia inapelable.

Salí a la intemperie envuelto en una atmósfera dantesca: el aullar lejano y melancólico de los perros de la comuna rebotaba contra las rocas, el crujido constante del bosque parecía burlarse de mis pasos y una llovizna fina y helada comenzó a empañar el aire, calándome hasta los huesos. Me adentré en la espesura en busca de aquel animal, pero, sobre todo, en busca de una venganza que justificara mi existencia.

Caminé de manera metódica a lo largo de todo el cerco perimetral que delimitaba nuestras tierras civilizadas, escrutando el lodo y la hojarasca en busca de huellas, mechones de pelo o cualquier indicio sutil que me diera una pista sobre su rumbo. Con la mano izquierda sostenía la linterna, proyectando un haz de luz blanca y cortante que atravesaba la cortina de la neblina. Y aunque a los ojos de un profano la oscuridad total de la selva parece impenetrable, para nosotros, los que nacimos y crecimos tragados por esta penumbra vegetal, el ver de noche responde a una suerte de instinto cultivado; si bien nuestra vista no es perfecta, logramos distinguir con suficiente claridad las formas del terreno por donde avanzamos, calculando mentalmente la posición de los troncos caídos, las raíces traicioneras y los desniveles del suelo.

Así anduve por horas, buscando y rastreando con la secreta convicción de que el objetivo de mi persecución, hasta donde mi limitada experiencia de cazador alcanzaba a concebir, se trataba de un enorme felino extraviado o un puma salvaje excepcionalmente grande. Me gustaría decir con orgullo que apliqué a cabalidad cada una de las lecciones magistrales de rastreo silencioso que Arthur me había inculcado durante meses. Pero la cruda realidad fue muy distinta: no fui yo quien dio con el depredador, sino que esta criatura, con una paciencia sobrenatural y una malicia deliberada, dio conmigo.

Conforme avanzaba el tiempo y me adentraba en zonas donde los árboles crecían más retorcidos y el aire olía a tierra muerta, un cambio sutil en la atmósfera me paralizó. Sentí de inmediato la presencia invisible de algo colosal que me venía siguiendo, acechándome desde la absoluta negrura del flanco derecho. Las ramas crujían con una pesadez extraña, coordinada con mis propios pasos, como si una sombra de cinco metros se deslizara en paralelo a mi marcha.

Cuidadosamente, conteniendo la respiración para no delatar el martilleo de mis latidos, saqué mi arma del hombro y la empuñé con una fuerza desesperada, sintiendo el acero frío contra mis palmas sudorosas. Mantuve la linterna firmemente sujeta, lista para girar en redondo y enfocar al instante si el momento crítico lo exigía. Quizás a Arthur, en aquella fatídica mañana de lluvia, la emboscada lo había tomado por sorpresa debido a su confianza, pero a mí no.

Por un mero instinto casi animal, una descarga de adrenalina pura que anuló cualquier pensamiento racional, sentí cómo la masa invisible se desprendía de la maleza y se echó a correr hacia mí a una velocidad aterradora. Sin darle una sola oportunidad de contemplar su rostro, sin formular una sola pregunta y sin siquiera pararme a evaluar el tamaño de la silueta que se abalanzaba, giré en redondo sobre mis talones y disparé a quemarropa contra la bestia.

El estampido del rifle rompió la noche con la violencia de un trueno cercano, haciendo que decenas de pájaros nocturnos salieran disparados de entre las copas de los árboles, enloquecidos por el estruendo. Con el pulso tembloroso, apunté el haz de luz de la linterna directamente hacia el punto de impacto. Y allí estaba. Lo que había atacado a Arthur, aquello que mi mente obstinada había catalogado como un simple felino gigante, estaba infinitamente lejos de ser una bestia natural.

Parado, estático por el impacto, con un costado de su masa humeante y una herida profunda abierta a la altura de la costilla izquierda de donde brotaba un líquido oscuro, se encontraba una clase de abominación imposible: un ser con complexión humanoide, cubierto de un pelaje denso de color café, pero con un tamaño colosal que superaba con holgura los dos metros de altura. Sus extremidades terminaban en unas garras descomunales, hojas de queratina mucho más largas y afiladas que las de cualquier puma o jaguar conocido, capaces de seccionar el acero con la misma facilidad que la carne. Y cuando alcé la luz hacia su rostro, la sangre se me congeló en las arterias: una cara grotesca, desproporcionada, con los rasgos inconfundibles de un lobo maldito pero retorcidos en una mueca de inteligencia malévola.



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En el texto hay: bosque, hombrelobo, cazador

Editado: 07.11.2026

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