Al paso de seis meses de entrenamiento implacable, de callos reventados en las manos y de aprender a leer los susurros del viento entre las copas de los abetos, ya había afianzado firmemente el oficio. Me sentía seguro, envuelto en una confianza oscura y silenciosa sobre lo que sabía, y, lo que era aún más importante para saciar mi impaciencia juvenil, sabía que no me había equivocado al elegir este camino. Aquella autosuficiencia temprana, ese orgullo de pisar la maleza con paso firme mientras los demás se encogían de miedo tras los muros, incitó a que otro joven de la comuna, uno que recién había cumplido la edad estipulada para ejercer un trabajo, manifestara también el deseo insensato de convertirse en cazador.
Fue así como Arthur, con la paciencia taciturna que lo caracterizaba, aceptó bajo su tutela a un nuevo aprendiz. Eramos tres ahora en el pequeño gremio de la frontera. Sin embargo, en una mañana de otoño donde el cielo amaneció más gris, plomizo y lluvioso de lo acostumbrado —un aguacero denso que convertía los senderos en ríos de lodo espeso y frío—, los tres nos alistamos en el cobertizo con los abrigos impermeables y los cerrojos listos para hacer el recorrido habitual de patrullaje.
Justo antes de cruzar la pesada verja, Arthur se detuvo. Miró el cielo encapotado, el agua que resbalaba por las arrugas de su rostro curtido, y sacudió la cabeza con severidad. Dijo que prefería ir solo aquel día. Argumentó que la lluvia pesada ralentizaba la marcha y que mover a tres hombres a través de la espesura embarrada aumentaba el ruido y el riesgo de atraer miradas indeseadas desde la profundidad del bosque. Él haría un reconocimiento rápido, un recorrido exprés a lo largo de las trampas más alejadas, y regresaría antes del mediodía.
No hubo espacio para la discusión. Así fue como él solo se adentró en el bosque, tragado casi de inmediato por la cortina de agua y la niebla que se adhería a los troncos como un sudario. Yo me quedé atrás, con un amargo sabor de boca, relegado al refugio seco del taller junto al nuevo prospecto de cazador, a quien comencé a instruir con desgana, repitiendo las lecciones mecánicas sobre el cuidado de las trampas y la limpieza de los cañones.
Las horas pasaron con la lentitud desesperante de las gotas resbalando por los cristales. El mediodía llegó y pasó, devorado por una penumbra prematura que anunciaba la tarde, y Arthur aún no regresaba. Al principio intenté aplacar el nudo que se me formaba en el estómago, autoconvenciéndome de que la lluvia brutal había ralentizado su marcha, obligándolo a buscar refugio temporal bajo las salientes de piedra o a revisar con extrema cautela cada trampa obstruida por el lodo; creí que no demoraría un par de horas más en llegar empapado pero con su habitual expresión pétrea.
Pero la tarde empezó a caer con una violencia insólita, arrastrando una oscuridad plomiza, y la lluvia no paraba; al contrario, arreciaba con furia, golpeando los tejados de madera como el repique de miles de tambores fúnebres. Incapaz de seguir soportando la quietud del taller, dominado por una premonición helada que me erizaba el vello de la nuca, decidí actuar. Fui a la bodega, tomé un rifle de cerrojo y una caja de municiones que guardé en el bolsillo de mi abrigo, me coloqué el impermeable amarillo y, haciendo caso omiso a las advertencias del novato, salí a buscarlo.
Caminé durante dos horas interminables, sorteando los matorrales oscuros, rodeando la cerca de nuestro territorio y llamando su nombre con un hilo de voz que el viento huracanado despedazaba y engullía antes de que pudiera avanzar un metro. El lodo me succionaba las botas, obligándome a arrastrar los pies en medio de aquella sinfonía de ramas crujientes y truenos lejanos.
Fue entonces, al adentrarnos en un pequeño claro donde los árboles parecían retroceder respetuosamente, que lo vi de lejos. Un bulto de color amarillo intenso, tirado de manera antinatural y grotesca sobre la hojarasca empapada de sangre y fango. El corazón me dio un vuelco salvaje, golpeando dolorosamente contra mis costillas.
Corrí en seguida hacia él, tropezando con raíces ocultas, con el aliento cortado y los ojos anegados, solo para darme cuenta, al caer de rodillas en el lodo, de que se trataba de Arthur. Yacía en medio del claro con su impermeable rasgado en jirones sanguinolentos y su cuerpo completamente sin vida, destrozado por una furia ciega y brutal que había desmembrado su armadura de estoicismo. Su rifle intacto reposaba a pocos metros, sin haber sido disparado, mudo testigo de una emboscada tan veloz y feroz que no le había concedido ni un solo segundo para alzar el arma. Fue absolutamente imposible contener las lágrimas; rompí a llorar con sollozos quebrados y desesperados en medio de la tormenta, aferrándome al cuerpo frío de mi profesor, mi tutor y mi único y verdadero amigo, comprendiendo con terrorífico dolor que el bosque ya había reclamado al hombre más fuerte que conocía.