Academia Vesperhall: Ash

II: Luces en lo alto

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El pequeño vestíbulo de la casa Hollow se volvió un centro de presentaciones. Todos eran muy amables y se saludaban entre sí. En un rincón, compartiendo un pequeño sofá, Noah, Hannah y Toby veían a todo el mundo platicar.

Los mellizos seguían siendo torpes, pero se veían más divertidos y seguros de sí mismos. Hacía unos minutos que se habían presentado a los chicos en el sofá. Erik y Erika. Ambos eran troles, lo que explicaba el tamaño que tenían, y cursaban su segundo año en la Academia. Ese hecho tranquilizó un poco a Hannah.

—Creo que tengo una oportunidad de graduarme de aquí —dijo ella.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Noah.

—Digo —empezó a susurrar para que nadie más que Noah y Toby pudiera escucharla—, son troles... no se supone que sean tan listos. Además, lograron pasar su primer año.

—¿Qué haces en Hollow? Tú deberías estar en Nocturne. Sonaste como ellos.

Toby se echó a reír mientras Hannah se ponía roja como un tomate y comenzaba a darle golpes en el hombro a Noah para que se callara. Todo el mundo se les quedó viendo, lo que hizo que Hannah golpeara aún más fuerte a Noah. Todos comenzaron a reírse. El ambiente ya en Hollow era menos pesado que en el comedor.

Todo el alboroto hizo que el subdirector de Hollow, el señor Adim Azmy, saliera a ver qué pasaba. El señor Azmy era un hombre bajo, de piel grisácea como Toby, con un bigote poblado y una pequeña coronilla calva.

—Eh, queridos —dijo él, sin el menor esfuerzo. Todos hicieron silencio, se volvieron hacia él y una gran mayoría le dedicó una reverencia. Noah, sin saber del todo por qué, se había puesto de pie—. He de recordarles que el toque de queda comenzará en diez minutos y no considero prudente armar este desorden.

Los ojos de Azmy pasaban de un estudiante a otro. Se detuvo un momento en el trío y luego continuó inspeccionando al resto del alumnado.

—Les recomendaría —continuó— que busquen sus habitaciones. Pueden subir por las escaleras del fondo. Los dormitorios de chicas están a la derecha y los de los chicos a la izquierda. Creo que no tengo que recordarles que las visitas a los dormitorios contrarios están prohibidas después de las diez de la noche, pero por si acaso...

Antes de que él siquiera terminara, una chica de pelo negro y lacio, con el rostro inexpresivo, se levantó y comenzó a caminar hacia las escaleras. Al escuchar los pasos de la chica, todos le dirigieron la mirada.

—Señorita Alicia —dijo Azmy, y la chica se detuvo antes de subir el primer escalón—. Que tenga un buen descanso.

La chica se volteó y, sin mostrar ninguna emoción, asintió y se fue.

—Bueno, queridos. Pueden irse a sus dormitorios.

Uno a uno, los estudiantes comenzaron a dirigirse a la escalera que el señor Azmy les había indicado. Hannah se despidió de Noah y de Toby en la primera bifurcación y se dirigió al lado derecho. Los chicos llegaron hasta una torre que sobresalía un poco más que las demás.

Se detuvieron frente a una puerta que tenía una placa de madera con sus apellidos grabados: «Turabi, Baker».

—¡Qué suerte! —dijo Toby—. Seremos compañeros de cuarto.

Toby giró el picaporte.

Al abrirse la puerta pudieron contemplar una habitación amplia, el techo alto y curvo. Las paredes tenían algunas piedras sobresalientes que daban la sensación de que en cualquier momento podrían caerse. Al fondo de la habitación se encontraba otra puerta.

Había dos camas, una frente a la otra. Cada una tenía su gavetero, una lámpara de hierro y su maleta al pie. La que tenía la maleta de Noah estaba a la par de un ventanal con un marco tallado y una cortina color negro azabache que ondeaba suavemente.

—¡Qué mala suerte! —dijo Toby, de nuevo—. Te dieron la ventana.

Noah se rio con la nariz y cruzó el umbral. Su maleta estaba intacta. Intentó no pensar mucho en el viejo conductor malhumorado y en cómo se las pudo haber ingeniado para llegar hasta esa torre.

Notó que sobre la cama había un par de uniformes completos para él, dos de cada uno: camisa, pantalón, chaleco, corbata, saco y calcetines. Salvo la camisa, todas las prendas eran completamente negras, sin ningún distintivo. Noah arqueó las cejas.

Sobre los uniformes había una nota firmada por la lavandería.

Favor dejar la cesta con los uniformes usados afuera.

Noah levantó el saco y lo inspeccionó rápidamente. Todas las prendas tenían una etiqueta con su nombre. Las apartó cuidadosamente y las puso dentro de su gavetero.

Miró hacia la ventana. La cortina estaba abierta. A través de ella pudo ver varias torres del castillo en lo alto.

—Oye, Toby... —dijo Noah girando la vista hacia el otro chico. Demasiado tarde. Toby ya se había atrincherado entre las cobijas y el suave movimiento de su respirar le dio a entender a Noah que se había quedado profundamente dormido.

Regresó la mirada a las torres. Algunas ventanas aún se veían iluminadas, que poco a poco se iban apagando hasta que solamente quedó una. Noah se quedó viendo esa ventana unos minutos más antes de levantarse y apagar la lámpara de Toby y la suya.

Sin cambiarse la ropa que traía puesta, se acostó. Sus ojos se quedaron fijos en la ventana, contemplando el cielo nocturno y nublado hasta que finalmente se quedó dormido.

Cuando sintió que estaba profundamente envuelto en un sueño magnífico, el estridente sonido de varias campanas a la vez lo hizo despertarse de golpe.

Se sentó en la cama y vio al frente. Toby, frente a él y con la corbata en la mano, ya vestía el uniforme.

—¿Qué rayos... Toby? ¿Qué hora es? —preguntó mientras se desperezaba e intentaba no cerrar los ojos.

—Las seis y media —respondió Toby entre bostezos—. Creo que las clases empiezan a las ocho.

—¿Y cómo es que tú ya...? Olvídalo.

Noah se levantó, luego miró a todos lados y se dirigió a la puerta principal.




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