⋅•⋅⊰∙∘☽༓☾∘∙⊱⋅•⋅
Con el pasar de los días las clases se iban poniendo más intensas. Los pocos minutos de paz se daban en el comedor, donde todos podían comer y hablar tranquilamente de cualquier cosa que no fueran los deberes.
Alicia, poco a poco, se iba acercando más a Hannah. A pesar de no hablar mucho, parecía cada vez más ansiosa. Los mellizos seguían comiendo platos llenos de carne, pero en cantidad, nadie podía ganarle a Toby. Alexandra, la sirena de Nocturne de tercer año, solía acompañarlos siempre que podía liberarse de sus amigas. Erik y Erika siempre le guardaban un espacio entre ellos.
Con excepción de las clases para vampiros, Vivienne no se sentaba al lado de Noah. De hecho, casi no cruzaban palabras, aunque la chica solía observarlo desde la distancia en las clases interespecie. En las horas libres donde podrían compartir un poco de tiempo, ella siempre se iba sola a la casa Nocturne al terminar el almuerzo.
Noah iba a la playa los fines de semana, pero regresaba con los zapatos llenos de arena y solo, sin encontrarse con ella. Hannah siempre lo regañaba por saltarse la cena todos los sábados. Él siempre se escudaba en su poco apetito o en su nula necesidad de comer.
Y cuando, por fin, estaba en su habitación, elevaba la vista hasta la torre Nocturne y se quedaba viendo la única ventana iluminada. Algo en esa ventana le parecía curioso y, al mismo tiempo, relajante.
Los deberes se habían multiplicado a tal punto que Noah, Toby y Hannah pasaban la mayor parte de la tarde en la biblioteca. Y con dificultades. Alexandra acostumbraba visitar a Noah en medio de sus sesiones de estudio con los demás. Él, como si no tuviera poder sobre su propio cuerpo, terminaba saliendo de la biblioteca y caminaba con ella por el castillo.
Esa tarde del primer lunes de octubre, Alexandra estaba más cerca de él que de costumbre.
Los dos bajaron hasta el rellano de la escalera principal. Se apoyaron de frente al barandal y, mientras observaban hacia el piso inferior, ella se pegó a su lado juntando su hombro con el de él.
—He estado pensando —dijo ella, enrollando un mechón de pelo entre sus dedos— que muy pronto seremos rivales.
—¿Hablas de La Vigilia? Sí, Toby me ha estado explicando las reglas.
—¿Aún no han conseguido el último jugador?
—No, aún no.
—Qué pena. Si yo estuviera en Hollow, jugaría con ustedes.
—Entonces serías la única de tercer año en el equipo.
—¿De verdad?
—Sí —respondió él, girándose y apoyando su espalda en el barandal—. Erik me contó que los antiguos miembros de tercer año prefieren enfocarse en las clases finales antes que en el juego.
—¡No te creo! Jugar te da mucho prestigio.
—¿Ah, sí?
—Totalmente. —Alexandra se paró frente a él y acercó su rostro al de Noah—. ¿No te atrae el prestigio? —le susurró al oído y Noah sintió una corriente eléctrica en todo su cuerpo. La chica se lamió los labios y se le agitó la respiración—. Yo creo que tú podrías ser toda una estrella.
Noah, por reflejo y sorprendido, quiso levantar las manos y separar a Alexandra empujando sus hombros, pero ella ya le sujetaba las muñecas.
—Oye, Alexa... —dijo Noah.
—¿Sí?
Noah no dijo nada más. Sus ojos bajaron hacia los labios de Alexandra. Parpadeó dos veces. Ella acortó distancias y posó los labios en los suyos. Primero suave. Luego un poco más profundo. La mente de Noah se puso en blanco y no supo en qué momento comenzó a corresponderle con la misma intensidad. La respiración se volvió un jadeo y el aliento refrescante de la chica se mezclaba con el suyo hasta que ella se separó.
—Nos vemos, Noah —le dijo antes de acariciarle la mejilla y marcharse escaleras arriba.
Algunos alumnos que también pasaban por ahí desviaron la mirada cuando él los notó.
—Vaya. Vaya. Vaya —se escuchó una voz desde el piso inferior. Noah, sin girarse, pudo sentir un aura conocida—. Pero si no es otro que mi pupilo el calenturiento dejando sus babas en bocas ajenas.
Noah echó la cabeza atrás cerrando los ojos, sin girarse aún.
—Noah Baker —dijo la voz.
Él se giró y cruzó miradas con una chica de vestido negro, mallas en las piernas y botas pesadas. El cabello negro, corto y despuntado. Mora, su tutora, estaba de pie, con los brazos cruzados y, a su lado, madame Rose, que la miraba enojada y con los labios fruncidos.
—Qué molesto —dijo él.
Mora, irritada, subió las escaleras hasta donde él estaba y le pellizcó el brazo.
—Pensé que yo iba a ser tu primer beso francés —dijo Mora con sus ojos brillando.
Noah entornó los ojos y miró los labios de Mora pintados de negro. Hizo una expresión de desagrado total.
Rose carraspeó al llegar al rellano.
—Sugiero que hablemos en mi despacho —agregó ella, viendo que más alumnos comenzaban a acercarse al oír a Mora.
La oficina de madame Rose era un cuarto pequeño con un escritorio y un par de sillas enfrente. Detrás del escritorio había una silla más ejecutiva, muchos archiveros y libreros muy bien organizados.
—Y bien —Mora ya se había sentado en una de las sillas—. ¿El señorito nos puede explicar qué hacía metiéndole la lengua hasta la garganta a una sirena dos años mayor que él? —preguntó ella, alzando la voz.
—¿Podrías dejar de gritar? —dijo Rose, que tenía el rostro cubierto con las manos.
—Ella es así —intervino Noah—. Vieja y pervertida.
—¿A quién le dices pervertida, mocoso?
—A ti. Me reclamas porque ella es dos años mayor. ¿Tú cuántos años tienes y por qué querías ser mi primer beso francés? ¿Y por qué asumes que es el primero?
—¡Cállense los dos! —exclamó Rose poniéndose de pie—. Parecen unos niños.
—Tú no tienes derecho a callarme considerando que usaste tus poderes en mi pupilo para que viera tus voluptuosas y obscenas caderas.
Los ojos de Rose se abrieron como platos. Noah, incrédulo, pasó su vista de Mora a Rose y su mente recordó de pronto el vaivén rítmico y el ceñido vestido esmeralda.