Hay lugares a los que uno llega por casualidad. La Niebla no fue uno de ellos.
Fui allí buscando una respuesta que llevaba veintisiete años llegando tarde. Tenía un nombre, una dirección, demasiadas preguntas y la absurda seguridad de que, si encontraba lo que estaba buscando, todo lo demás empezaría a tener sentido.
No ocurrió.
En su lugar encontré una cafetería con más ruido del necesario, un hombre que contaba cucharillas como si alguien estuviera planeando robárselas y una ventana desde la que podía observar sin tener que participar demasiado.
Y después estaba ella.
La primera vez llevaba el pelo castaño recogido con un lápiz, un delantal lleno de manchas, una libreta y una facilidad preocupante para hacer preguntas que nadie le había pedido.
No recuerdo qué me dijo exactamente. Probablemente algo impertinente.
Sí recuerdo el café.
Tenía espuma.
Después aprendería que algunas cosas importantes empiezan precisamente de la manera equivocada.
Durante mucho tiempo pensé que estaba escribiendo una historia sobre encontrar algo que había perdido antes incluso de saber que existía.
Me equivoqué.
Las historias tienen esa mala costumbre: empiezan hablando de una cosa y, cuando te das cuenta, llevan páginas hablando de otra. Supongo que las personas hacen lo mismo.
Hay algunas que aparecen cuando uno ya sabe dónde colocarlas. Y hay otras que llegan en el momento equivocado, ocupan un sitio que no estaba preparado para ellas y convierten todo lo que había antes en una versión incompleta de la historia.
Esta es una de esas historias.
O quizá todavía no sé exactamente cuál es.
J.
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Editado: 04.11.2026