Los domingos tenían algo de despedida incluso antes de empezar. Era como si el lunes se pasara el día entero esperando detrás de una esquina.
Emma seguía sentada delante del libro de Historia cuando la puerta de su habitación se abrió apenas unos centímetros.
—¿Trabajas hoy?
Emma levantó la vista de los apuntes.
—No. Me gusta ponerme un delantal a las siete de la mañana por afición.
Su madre sonrió desde el pasillo.
—Era una pregunta.
—Y esa era una respuesta.
Entró en la habitación con una taza humeante entre las manos y la dejó sobre el escritorio, apartando con cuidado un subrayador que llevaba diez minutos haciendo exactamente eso: subrayar absolutamente nada.
—¿Cómo llevas Historia?
Emma miró el retrato de Napoleón que presidía la página.
—Napoleón también perdió batallas.
Su madre arqueó una ceja.
—No me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Durante unos segundos, las dos guardaron silencio. Emma volvió a mirar los apuntes y su madre volvió a mirar a Emma.
—¿Has estudiado algo esta mañana?
Emma cerró el libro con una dignidad admirable.
—He establecido contacto visual con el temario.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Sofi:
Mateo quiere que vayamos media hora antes. Dice que quiere contar las cucharillas antes de abrir.
Emma dejó el móvil sobre la mesa.
—Está obsesionado.
—¿Quién? —preguntó su madre desde la puerta.
—Mateo. Con las cucharillas.
Su madre la miró durante un segundo.
—No voy a preguntar.
—Haces bien.
Su madre negó con la cabeza, resignada.
—Algún día deberías preocuparte por cosas importantes.
Emma volvió a abrir el libro.
—Lo hago. Se llaman exámenes. Las cucharillas son una investigación paralela.
Su madre soltó una risa.
—Cuando encuentres al ladrón, avísame. Llevo buscando tres táperes desde 2018.
Emma levantó la vista.
—¿Y si ha sido la misma persona?
—Si también me devuelve las tapas, retiro la denuncia.
Emma cerró el libro de Historia y se puso en pie.
—Perfecto. Ya tengo plan B si suspendo Selectividad.
—¿Cuál?
—Abrir una agencia de investigación especializada en cucharillas y táperes desaparecidos.
Su madre le revolvió el pelo al pasar.
—Primero aprueba Historia, Sherlock.
Emma esperó a que desapareciera por el pasillo y volvió a mirar los apuntes.
Napoleón podía esperar cinco minutos más. Las cucharillas no.
***
—Buenos días, mundo cruel. Vamos a intentar no empeorarlo.
Emma dijo aquello mientras levantaba, medio centímetro más, la persiana de la cafetería con las dos manos, el pelo sujeto de cualquier manera y una manga del jersey metida por dentro del delantal sin que se hubiera dado cuenta.
La calle todavía estaba húmeda y los cristales tenían esa capa fina de vaho que hacía que todo pareciera un poco menos real. Dentro, el local olía a madera fría, café dormido y bollería esperando su momento de gloria.
Sofi apareció detrás de ella cinco minutos después con la mochila colgando de un hombro, el moño perfecto y cara de haber dormido ocho horas, cosa que Emma consideraba una provocación.
—Mañana tenemos examen de Historia —dijo Sofi, ansiosa, zarandeándola.
—No antes del primer café.
—El examen es a primera hora.
—Entonces tengo margen para fingir que soy otra persona.
Sofi dejó la mochila detrás de la barra y empezó a colocar las sillas sin preguntar. Eso era lo bueno de trabajar juntas: ya no necesitaban repartirse las tareas. Emma encendía la cafetera, Sofi revisaba las bandejas; Emma se peleaba con la persiana, Sofi contaba la caja; Emma perdía el rotulador y Sofi lo encontraba exactamente donde Emma juraba que no estaba.
La cafetería se llamaba La Niebla, aunque nadie la llamaba así. Para los clientes habituales era «lo de Mateo», porque Mateo había abierto aquel sitio antes de que Emma naciera y seguía apareciendo cada mañana con una camisa de cuadros, un pañuelo en el bolsillo y la expresión de alguien que llevaba veinte años diciendo que cualquier día se jubilaba.
—Llegáis tarde —dijo desde la puerta del almacén, cargando una caja de leche.
—Buenos días a ti también —contestó Emma.
—Buenos días cuando funcione la máquina.
Sofi le quitó la caja antes de que Mateo pudiera dejarla en el suelo.
—Funciona.
Mateo resopló antes de contestar.
—Eso dijo ayer antes de sonar como una lavadora poseída.
Emma acarició la cafetera con una mano.
—No le escuches. Está sensible.
Mateo la miró por encima de las gafas, frunciendo el ceño.
—La cafetera no está sensible.
—Todo el mundo está sensible un domingo.
Emma se quedó quieta un instante, como si acabara de recordar algo importante, y miró a Sofi. Sofi no dijo nada, lo cual ya era bastante malo, pero entonces sonrió.
—Vale —dijo Emma—. Eso explica muchas cosas.
La mañana empezó con el horno soltando la primera bandeja de cruasanes y la cafetera resoplando como si le debieran dinero.
A Emma le gustaba ese momento exacto, antes de que entrara nadie, cuando las tazas estaban alineadas, el bote de propinas vacío, la pizarra del menú recién escrita y la planta triste del rincón fingía que todavía tenía posibilidades. Luego llegaban los clientes y todo se convertía en migas, cucharillas desaparecidas y gente preguntando si el zumo de naranja natural era natural.
La campanilla sonó a las ocho y seis.
Antonio entró como siempre, con las llaves en una mano y el periódico doblado bajo el brazo. No había terminado de cruzar la puerta cuando Emma ya estaba poniendo una taza pequeña bajo la máquina.
—Cortado —dijo Sofi.
—Cortado —confirmó Emma.
Antonio llegó a la barra y sonrió.
—Un cortado.
Emma deslizó la taza hacia él y miró a Sofi.
—Uno.
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Editado: 04.11.2026