Los sábados olían a mantequilla y café.
Emma siempre había pensado que eran una mentira. La gente decía que servían para descansar, pero alguien debía de haberse olvidado de avisar a las cafeterías.
Empujó la puerta con la cadera, dejó la mochila detrás de la barra y pulsó el interruptor de la cafetera mientras Sofi colocaba los cruasanes recién hechos en la vitrina con el mismo cuidado con el que otros colocarían una joya en un escaparate. Cuando terminó, retrocedió medio paso, frunció apenas el ceño y movió uno de los cruasanes un par de centímetros. Solo entonces pareció quedarse tranquila.
El aroma a mantequilla caliente empezó a mezclarse con el del café recién molido. Para la mayoría de la gente, el fin de semana empezaba cuando apagaban el despertador; el de Emma, cuando se ponía el delantal.
—Buenos días, mundo cruel.
La máquina respondió con un bufido grave que Emma decidió interpretar como un saludo.
Cinco minutos después, la campanilla de la puerta empezó a sonar. Emma no levantó la vista de la cafetera. Había aprendido que mirar demasiado pronto a los clientes daba una falsa sensación de disponibilidad, y la disponibilidad era peligrosa: la gente empezaba pidiendo café y terminaba explicándote por qué la leche de avena no sabía como en Barcelona centro.
—Si alguien ha venido a complicarme la existencia, que coja número —dijo, sin moverse de la cafetera.
—Un café con leche templado —contestó una voz de mujer—. Pero no tibio. Caliente, pero sin quemar. Con poca leche, pero que no sea cortado.
Emma cerró los ojos un segundo, solo uno, lo justo para no cometer un delito laboral.
Ya llevaba el delantal manchado antes de las ocho, cosa que no decía nada malo de ella y mucho sobre la capacidad del café para lanzarse al vacío en los peores momentos. Tenía los auriculares colgando del cuello, uno de ellos medio perdido en el bolsillo del delantal, y el pelo recogido a medias con un lápiz que no era suyo. Varios mechones habían decidido independizarse hacía rato, y Emma no los culpaba. Empezaba a sospechar que trabajar cara al público debería incluir el derecho a dimitir de una misma cinco minutos al día.
Se giró despacio hacia la mujer.
—Vale... ya me he perdido.
La mujer abrió la boca, respiró hondo y volvió a empezar.
—Lo quiero templado, pero no tibio. Con poca leche, aunque...
Emma asintió varias veces como si aquello estuviera ayudando. No lo estaba.
Mientras la mujer intentaba rescatar un pedido que se complicaba con cada palabra, Emma dejó que la mirada se le escapara un instante por el escaparate. Un hombre cruzó la calle estornudando con un dramatismo impropio incluso para la primavera. Más allá, una pareja llevaba varios minutos debatiendo si sentarse dentro o fuera, y estaba bastante segura de que, cuando por fin tomaran una decisión, el sol cambiaría de opinión antes que ellos.
Aquella era una de las cosas que más le gustaban de trabajar allí: la gente siempre parecía tener tiempo para discutir las cosas más absurdas.
—...pero que no esté demasiado caliente.
Emma volvió a la realidad. Parpadeó, miró a la mujer y después al rotulador que llevaba en el bolsillo del delantal, con el que empezó a jugar entre los dedos.
—Le prometo que en mi cabeza sonaba mucho más fácil. ¿Quiere que le traiga una libreta?
La mujer la miró como si acabara de proponerle resolver el pedido mediante una ecuación de segundo grado.
No se rio.
Sofi, desde el almacén, sí, aunque muy poco: lo justo para no perder el empleo por complicidad.
Llevaba el delantal bastante más limpio que Emma, la coleta sujeta en su sitio y esa capacidad irritante de parecer una persona funcional incluso un sábado. No era justo. Había gente que nacía sabiendo doblar camisetas, contestar mensajes a tiempo y no pelearse mentalmente con los clientes.
Emma no era una de esas personas.
—Emma… —advirtió Sofi en voz baja—. Que luego dicen que no tenemos trato al cliente en las reseñas de Google.
Emma colocó una taza bajo la máquina.
—Las reseñas de Google son el buzón de quejas de la gente que no sabe gestionar sus emociones.
—Algún día nos van a denunciar.
—Mientras sigan dejando propina...
—No dejan tanta.
—Porque no valoran el arte.
Sofi negó con la cabeza, pero sonrió. Ese era el problema de trabajar con alguien que ya te conocía demasiado: podía juzgarte sin necesidad de mirarte.
El turno siguió entre cafés, tostadas y cruasanes señalados con la solemnidad de quien escoge heredero. Mateo —dueño de La Niebla, jefe por decisión propia y camarero por necesidad— cruzó la barra con una caja de tazas, carraspeó algo ininteligible y desapareció otra vez en la cocina antes de que Emma pudiera preguntarle qué había dicho. Probablemente ni él mismo lo sabía.
Una niña pidió chocolate con nata y luego miró el vaso como si acabara de encontrar el sentido de la vida. Eso sí tenía lógica. Eso era civilización.
Emma dejó un plato sobre la barra, se limpió una mano en el delantal y alcanzó el rotulador justo cuando la campanilla volvió a sonar.
—Buenos días. Vamos a intentar que nadie llore antes del primer café —dijo, todavía mirando el vaso.
—Un capuchino, por favor.
La voz era tranquila. Demasiado tranquila para un sábado.
Emma destapó el rotulador con los dientes y esperó, porque siempre había una segunda parte: con leche de soja, descafeinado, extra caliente, sin lactosa. Lo normal.
—Sin espuma.
La punta del rotulador se quedó suspendida sobre el cartón.
A Emma le tembló el ojo izquierdo y, después, la mano. Muy poco, lo justo para que la primera letra saliera torcida. Parpadeó una vez, luego otra, y levantó despacio la vista.
El hombre del otro lado del mostrador no tenía cara de haber hecho una broma. Llevaba un traje oscuro, una camisa clara y unos zapatos demasiado limpios para esa acera. No tenía una arruga visible, ni un pelo fuera de sitio, ni una cara de lunes, y eso ya era sospechoso.
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Editado: 04.11.2026