Los lunes no deberían existir antes de las ocho de la mañana. Mucho menos si incluían un examen de Historia.
Emma llevaba exactamente siete minutos despierta y ya estaba convencida de que Napoleón tenía parte de culpa en la existencia de los lunes. No encontraba otra explicación lógica para que un solo hombre hubiera conseguido complicarle la vida doscientos años después de morirse.
Su madre dejó una taza de café con leche sobre la mesa mientras abría las persianas del salón.
—Buenos días.
Emma respondió levantando una mano sin apartar la vista de los apuntes.
—No lo tengo tan claro.
—¿Has dormido?
—Antes de que digas nada, Napoleón también perdió batallas.
Su madre negó despacio con la cabeza.
—Esa excusa ya la usaste.
Emma levantó apenas la cara del libro.
—Y sigue siendo históricamente correcta.
—Sigue sin tranquilizarme.
—A mí tampoco.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de las cucharillas golpeando suavemente las tazas y el murmullo de la radio de la cocina, donde alguien hablaba del tráfico como si aquello pudiera interesarle a una persona un lunes por la mañana.
Emma repasó por quinta vez la Restauración borbónica. O la sexta. Llegado cierto punto, todas las restauraciones empezaban a parecerse.
El móvil vibró.
Sofi:
¿Viva?
Emma sonrió.
Emma:
Físicamente.
¿Mentalmente?
Pendiente de confirmación.
La respuesta llegó antes incluso de que pudiera dejar el móvil sobre la mesa.
Sofi:
Nos vemos en la puerta. Lleva el tema siete.
Emma:
¿Por?
Sofi:
Porque yo llevo el ocho y entre las dos fingiremos que sabemos Historia.
Emma dejó escapar una risa.
Su madre levantó una ceja.
—¿Sofi?
—¿Quién si no?
—Dile que apruebe también.
—No prometemos milagros.
A las ocho menos cuarto, el centro parecía una estación de tren. Había mochilas abiertas, alumnos repasando apuntes a última hora y profesores caminando por los pasillos con una tranquilidad que rozaba la falta de empatía.
Emma encontró a Sofi sentada en el suelo, junto a la puerta del aula.
—Tienes cara de haber estudiado demasiado.
—Y tú de no haber estudiado lo suficiente.
—Eso también es estudiar.
Sofi le tendió un folio lleno de fechas.
—Venga. Pregúntame.
Emma hojeó el tema durante unos segundos.
—Me sé Waterloo... pero no sé cuándo fue.
Sofi soltó una risa.
—Eso es bastante preocupante.
—Lo sé.
Volvió a alargarle el libro.
—Pregúntame la Restauración borbónica.
Emma cerró los apuntes con cuidado y se los devolvió.
—No quiero perder una amiga.
Sofi arqueó una ceja.
—Emma...
—¿Qué?
—Ábrelo.
Emma obedeció con resignación, leyó la primera pregunta durante apenas dos segundos y volvió a cerrarlo.
—Ahora ya hemos agotado todo lo que sabemos entre las dos.
Sofi le dio un golpecito con los apuntes en el brazo.
—Vamos a suspender.
Emma empezó a caminar hacia el aula.
—No.
—¿No?
—Mi estrategia consiste en escribir con tanta seguridad que dude él.
La puerta del aula se abrió.
El profesor apareció con un montón de exámenes bajo el brazo y esa expresión serena de quien sabía perfectamente que estaba a punto de arruinar la mañana a treinta adolescentes.
—Buenos días.
Nadie respondió con demasiado entusiasmo.
—Veo que compartimos opinión sobre los lunes.
Emma y Sofi cruzaron una mirada antes de entrar.
Cinco minutos después, la palabra EXAMEN ocupaba medio folio y Napoleón volvía a demostrar que tenía una habilidad extraordinaria para aparecer cuando menos apetecía.
El profesor dejó el examen boca abajo sobre cada mesa.
—Hasta que no os lo indique, nadie le da la vuelta.
Treinta folios descansaban sobre treinta pupitres, mientras treinta adolescentes fingían una tranquilidad que no existía.
Emma dejó el bolígrafo sobre la mesa, inspiró despacio y miró a Sofi dos filas más allá.
Sofi había dejado el estuche perfectamente paralelo al borde de la mesa y se anudó dos veces seguidas el cabello rubio. Sin embargo, un mechón ya había conseguido escaparse de la coleta.
Emma empezaba a sospechar que aquel mechón tenía más voluntad propia que algunos clientes. Nunca había entendido cómo alguien podía conseguir que todo pareciera ordenado incluso estando nerviosa por un examen.
Sofi levantó ligeramente los hombros, deseándole suerte.
Emma respondió exactamente igual.
La iban a necesitar.
—Podéis empezar.
El sonido de treinta hojas dándose la vuelta al mismo tiempo llenó el aula.
Emma leyó la primera pregunta, después la segunda y luego volvió a la primera.
No estaba tan mal.
La tercera sí.
Mucho.
«Explique las causas políticas de la Restauración borbónica.»
Emma cerró los ojos un segundo.
No por desesperación.
Por educación.
Volvió a mirar el examen, cogió el bolígrafo y empezó a escribir con esa seguridad que solo tienen las personas que dudan de absolutamente todo lo que están poniendo.
El examen ya era historia.
Para bien o para mal.
***
Emma salió al pasillo guardando el bolígrafo en el estuche mientras, a su alrededor, el centro recuperaba poco a poco el ruido.
Dos alumnos se chocaron la mano al salir de clase. Marcos discutía con otro porque, según él, un examen de Historia «atentaba contra los derechos humanos». Gesticulaba tanto que parecía estar presentando el caso ante un tribunal.
Emma negó con la cabeza.
Siempre había alguno haciendo teatro.
Dani cruzó el patio con dos cafés de la máquina. Saludó con la mano a un par de compañeros mientras seguía caminando y desapareció hacia el edificio de Bachillerato junto a Marcos, que continuaba protestando por el examen.
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Editado: 04.11.2026