Cariño con efectos secundarios

36.

Camila.

No hace falta pedírmelo dos veces. Me levanto bruscamente y salgo disparada hacia adelante. Menos mal que esta vez me puse algo apropiado para la calle antes de salir de la habitación. Lo malo es que me quedé unos segundos mirando embobada a Dean dormido. ¿Qué me está pasando?

Tres segundos después empiezan a resonar pasos detrás de mí. Me deslizo por la barandilla y salto sobre la alfombra suave. Mamá me mataría. Me pongo las zapatillas a toda prisa en los pies descalzos y salgo volando a la calle. La puerta se cierra de golpe. Apenas logro detenerme para no estrellarme contra el coche de Kir, que por alguna razón está justo frente a nuestro porche.

El chico sale del vehículo y se apoya con las manos en la puerta. En su cara brilla una extraña sonrisa alegre.

—¿Discutiendo otra vez, tortolitos? —pregunta, riéndose.

Hago una mueca al instante, como si hubiera comido un limón. Tengo la impresión de que soy la única que no sabe algo en esta ciudad.

—Muy gracioso —consigo decir.

Una brisa ligera recorre mi espalda. Las pesadas manos de Dean se posan sobre mis hombros. Me sacudo hacia un lado, pero el chico aprieta los dedos, manteniéndome firmemente en mi lugar.

—¿Adónde ibas? —pregunta con voz suave—. Te di tres segundos enteros de ventaja. Y no los aprovechaste.

—Los habría aprovechado con gusto si tu amigo no hubiera puesto su coche aquí —siseo enfadada—. Confiesa que lo planeaste todo.

—Claro, como si supiera cuándo ibas a asomarte a mi habitación —resopla Dean.

—A mi habitación —lo corrijo al instante—. Esta es la casa de mis padres y mía. Y tú eres un invitado.

Kir estalla en carcajadas. Le lanzo una mirada asesina, pero probablemente no muy convincente. El chico se agarra el estómago. Un segundo más y va a estar rodando por el césped de lo divertido que está.

—Vale, Dean, suelta a la peque —dice el amigo de mi vecino—. Hoy tenemos asuntos más importantes.

¿Qué asuntos importantes tienen? Me pongo toda oídos. Aunque, ¿a mí qué me importa? Respiraré mejor sin estos dos.

—No soy una peque —decido al menos restaurar un poco la justicia—. Ya tengo diecinueve años.

—Menuda peque —sonríe Kir mostrando los dientes—. A nosotros nos interesan las chicas mayores. ¿Verdad, Dean?

Y guiña el ojo de forma conspirativa. Me empieza a temblar el párpado. Lamento estar de espaldas a Dean ahora y no ver su reacción. Aunque, ¿qué voy a ver allí? ¿Interés? ¿Por mí? Últimamente estoy soñando demasiado. Tengo que controlarme.

Por cierto, esta es ya la segunda persona que insinúa que no soy el tipo favorito de mi vecino. O tengo paranoia, o es algún tipo de conspiración amistosa. Pero ¿para qué?

Dean suelta mis hombros y se acerca en silencio al coche. Entra en el vehículo. El corazón me da un vuelco de alegría. No confirmó las palabras de Kir. ¿Por qué me alegra tanto?

Kir ocupa el asiento del conductor. En pocos minutos el coche ya está saliendo de nuestro patio. Me siento en el porche y abrazo mis rodillas.

¿Debería esconderme de Dean esta noche o no?

Dean.

—¿A qué venía esa frase? —pregunto, disimulando mal el nerviosismo.

Tengo la impresión de que mi amigo me ve a través. No quiero que descubra que algo no está bien con mi actitud hacia Camila.

—¿Cuál? —mi amigo gira la cabeza hacia mí y me mira atentamente.

—Sobre las chicas mayores —digo con la mayor naturalidad posible.

—¿Y qué, no es verdad? —se encoge de hombros Kir—. ¿O no quieres que Camila piense así?

—¿Por qué habría de querer eso? —apenas contengo la indignación. Camino al borde del abismo—. Me recordó a Patricia.

—¿Temes que la pequeña se ponga celosa? —el chico sonríe con picardía.

—¿Qué estás diciendo, amigo? —resoplo—. Mejor presta atención a la carretera.

Por un tiempo se queda en silencio. La solución más simple sería hablar con Camila y aclarar lo que está pasando entre nosotros. Pero tengo miedo. No de las burlas. Tengo miedo de que ella no sienta lo mismo que yo.

—¿Por qué te besaste con ella? —pregunta Kir de repente.

Me quedo paralizado. Casi me muerdo la lengua.

—¿Con quién? —pregunto—. ¿Con Patricia?

No puede saberlo, ¿verdad?

—Con Camila —responde mi amigo sin rodeos.

—¿De dónde sacaste eso? —mi voz suena lo más natural posible.

¿Acaso las chispas entre nosotros son tan evidentes?

—Dean, no te andes con rodeos —el chico se desvía hacia el arcén y se detiene. Se gira hacia mí—. La vi en el pasillo del segundo piso, cerca de esa habitación donde te encontré. Tenía lápiz labial rojo en la cara. Más tarde llevé a Camila a casa. Llevaba en los labios uno sospechosamente igual.

Suspiro y exhalo ruidosamente, apretando los dedos con nerviosismo.

—¿Qué quieres oír? —pregunto, mirando atentamente a mi amigo.



#466 en Novela romántica
#99 en Otros
#55 en Humor

En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 20.11.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.