CAPÍTULO 4 : Amigos indomables
Era un mediodía de verano, de esos en que el sol aplasta sin piedad y el aire es denso y pesado. Iba sentado en uno de esos carruajes de pago, una caja de madera con ruedas que se llenaba de gente y olores a medida que avanzaba. Al llegar a la entrada de un pueblo cuyo nombre ya olvidé, me bajé, con el único objetivo de estirar las piernas. Me ajusté la espada a la espalda, una hoja larga y pesada que casi rozaba el suelo con cada paso; un regalo, o una carga, dependiendo del día.
El calor era insoportable. A lo lejos, vi un pequeño lago que brillaba como un espejo bajo el sol. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia allí, sediento y con la garganta seca. Me arrodillé en la orilla y bebí agua fresca y un poco fangosa, sintiendo cómo me devolvía un poco de vida.
Fue entonces cuando lo vi. Detrás de unos arbustos, a unos cien metros, una fina columna de humo se elevaba en el aire quieto. Un campamento. Me levanté, curioso, y me acerqué con sigilo. No había nadie. Las tiendas estaban montadas, un fuego moribundo chisporroteaba en el centro, pero el lugar estaba desierto. Demasiado quieto. Instintivamente, mi mano se deslizó hacia el agarre de mi espada, los años me habían enseñado a no confiar en la calma.
Fue entonces cuando escuché un chapoteo. No venía del campamento, sino del río. Me moví entre los árboles para ver mejor, y entonces la vi.
Era una mujer joven, no tendría más de veinticuatro años. Estaba en el agua, hasta la mitad del pecho, con la cabeza echada hacia atrás, dejando que el agua corriera por su pelo rubio y corto, que apenas le llegaba a los hombros. Parecía completamente ajena al mundo, una isla de paz en medio de la nada.
La observé por un instante, quizás demasiado tiempo. Fue entonces cuando se giró y me vio. Sus ojos, de un azul intenso, se abrieron como platos en su cabeza.
—¡AAAAAAAAAAHHHHHH! —gritó, un sonido tan agudo y potente que asusto a los pájaros de los árboles—. ¡ACOSADOR! ¡PERVERTIDO!
—¡No, no, espera! —grité levantando las manos, dando un paso atrás, completamente desprevenido—. ¡No es lo que parece! Solo estaba...
—¡Cállate la boca, cerdo! —me interrumpió, su voz ahora no era de miedo, sino de pura furia. Agarró lo primero que tuvo a mano, una piedra del fondo del río, y me la lanzó con una precisión asombrosa. La piedra me rozó la mejilla, dejando un arañazo doloroso.
—¡Te dije que no te muevas! —siguió gritando, mientras buscaba más munición—. ¡Lárgate de aquí, asqueroso! ¡Mírate la cara, depravado! Tienes cara de ladrón de gallinas y de violador de cementerios. ¡Eres feo! ¡Tu madre debe de estar orgullosísima de haber criado a un monstruo tan patético!
Seguí retrocediendo, con las manos aún en alto, completamente abrumado por el torrente de insultos. No sabía si reír o correr.
—¡En serio, qué tipo se esconde en los arbustos para espiar a las mujeres que se bañan? ¿Es lo único que puedes conseguir? ¿Ninguna mujer en su sano juicio te miraría dos veces, verdad? ¡Imbécil!
Agarró un tronco medio podrido que flotaba cerca de la orilla. Con un grito de esfuerzo, me lo lanzó. El trozo de madera giró en el aire y pasó zumbando a centímetros de mi cabeza. Sentí el viento de su paso en mi oreja. Si me hubiera dado otro centímetro, me habría revolucionado el cráneo.
Eso fue suficiente. Me di la vuelta de golpe, sin decir una palabra más, y empecé a alejarme a paso rápido.
—¡Y no vuelvas, loco! —gritó ella a mis espaldas—. ¡Te vigilaré! ¡Y si te veo por aquí otra vez, te cortaré eso que usas como espada y te la meteré por el...!
No la dejé terminar. Seguí caminando, sin mirar atrás. Me masajeé la sien, donde sentía el latido de mi propio corazón. "Loca", murmuré para mí mismo, con una sonrisa tonta dibujándose en mi rostro. No tenía ni idea de que esa mujer ruda y violenta se convertiría en mi comandante, mi confidente y, más tarde, en el fantasma que me perseguiría hasta el infierno.
Después de caminar durante un par de horas, con el sol del mediodía todavía latiendo sobre mis hombros, llegué a un pueblo pequeño y humilde, un conjunto de casas de madera y techo de paja que parecía agacharse para no ser visto por el sol. La sed y el cansancio me empujaron hacia el primer establecimiento que vi: un bar de aspecto rústico, con un cartel de madera gastada que colgaba de un poste herrumbroso.
Al entrar, el olor a cerveza, a sudor y a tabaco me golpeó como una pared. El lugar estaba abarrotado. Mis ojos se fijaron de inmediato en las paredes, donde docenas de carteles de búsqueda estaban clavados, todos con la misma imagen dibujada a mano: una bestia feroz, una mezcla de lobo y demonio, con cuernos retorcidos y ojos que brillaban con malicia. "Bestia de la Ciénaga Negra", decía el encabezado. "Recompensa: 500 monedas de oro".
Me abrí paso entre la gente hasta encontrar un espacio vacío en la barra y me senté. Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y un hombre enorme, con una barba tan enmarañada que ocultaba la mitad de su cara, entró arrastrando una bolsa enorme y pesada. La dejó caer sobre una mesa con un estruendo sordo que hizo temblar las jarras. Con un gesto teatral, abrió la bolsa y de ella rodó la cabeza cercenada de la criatura de los carteles. Era un lobo enorme, con cuernos negros y retorcidos que emergían de su cráneo.
La multitud soltó un murmullo de asombro y admiración. El hombre barbudo, sonriendo con una boca sin dientes, exigió su recompensa.
—¡La he cazado! ¡He matado a la Bestia de la Ciénaga Negra! ¡Páguenme!
Pero yo no vi una proeza. Vi un engaño. A poca distancia, noté los detalles. El pelaje tenía una textura demasiado uniforme, los cuernos estaban unidos al cráneo con clavos demasiado grandes y el olor... no olía a sangre ni a bestia, a resina y a barniz. Era una maqueta. Una maqueta increíblemente bien hecha, pero una maqueta al fin y al cabo.
—Es una maqueta.