CAPÍTULO 5 : Amigos indomables-2
Ya habían pasado unos minutos desde que nos encerramos. El silencio en la cabaña era pesado, roto solo por el eco lejano de los ramas que crujían y el jadeo contenido de nuestros tres pares de pulmones. Me moví hacia la única ventana, una pequeña abertura cuadrada sin cristal, y miré a la oscuridad. No había nada que ver, solo un negro impenetrable. Pero podía sentirlo. La criatura estaba ahí fuera, acechándonos, esperando. El crujido de las ramas no era casual. Era un paseo. Un recordatorio de que no podíamos bajar la guardia.
Marius, más práctico, se movió hacia la chimenea de piedra. —Necesitamos luz —dijo, y se arrodilló junto al hogar. Revisó el interior y encontró algo de leña y yesca secos. Con un par de piedras que sacó de un pequeño bolsillo en su cinturón, las golpeó con destreza, creando una chispa que prendió el yesca. En un momento, un pequeño fuego cobró vida, crepitando y lanzando sombras danzantes en las paredes de la cabaña.
Enid, que había estado observando la puerta con la mano en el pomo de su espada, se acercó y se arrodilló a su lado, añadiendo un trozo de leña más grande al fuego. La luz de las llamas le iluminaba el rostro, revelando una tensión en su mandíbula que no había visto antes.
—Gracias —dijo Marius, sin apartar los ojos del fuego creciente. Se giró hacia ella, su curiosidad superando su cautela. —Así que, Enid, aparte de defenderse de pervertidos con troncos, ¿a qué te dedicas? Y, más importante, ¿qué haces sola en este bosque a estas horas? No es exactamente el lugar para un paseo nocturno.
Enid no le devolvió la mirada de inmediato. Se concentró en el fuego, como si contuviera todas las respuestas. —No estoy de paseo. Soy cazadora. De criaturas, para ser exacta. Y esta bestia es mi trabajo. El pueblo de al otro lado de la ciénaga me contrató. Llevo una semana siguiéndola.
—¿Una semana? —dije, sorprendido, acercándome al calor del fuego—. ¿Y no la has encontrado?
—Es inteligente —dijo Enid, finalmente mirando a Marius—. No actúa como un animal normal. No sigue patrones. Es... calculador. Hoy es la primera vez que la veo tan cerca del pueblo. Y justo cuando aparecen ustedes dos. Qué coincidencia.
Marius sonrió, pero no hubo alegría en su sonrisa. —La vida está llena de ellas. Pero una cazadora... es un trabajo peligroso para una mujer, ¿no crees? No es lo mismo que cazar conejos.
Enid se irguió, su espalda recta y orgullosa. —Mi género no tiene nada que ver con mi habilidad, fauno. He estado cazando monstruos desde que tenía quince años. He matado gárgolas, he despellejado a un basilisco y he sobrevivido a una emboscada de ogros. Puedo encargarme de un simple licántropo.
—No es un simple licántropo —dijo Marius, su voz volviéndose seria—. Es un hombre maldito. Un alma atormentada. ¿Alguna vez te has parado a pensar en eso? En que dentro de esa bestia hay un hombre que no pidió convertirse en eso?
Enid lo miró fijamente, y por un instante, vi una grieta en su armadura de bravuconería. —No es mi problema. Mi trabajo es eliminar la amenaza, no analizar sus sentimientos. Si no lo hago, serán las familias del pueblo las que padezcan. Prefiero que sufra él a que ellos.
—Una visión muy... pragmática —dijo Marius, asintiendo lentamente—. Pero la pragmatismo a veces nubla el juicio. No todo es blanco o negro, cazadora. A veces, el monstruo no es la bestia, sino el que la contrató.
Enid frunció el ceño, confundida. —¿A qué te refieres?
—Nada —dijo Marius, con una sonrisa enigmática—. Solo una reflexión. Pero si vamos a cazar a esta criatura, lo haremos juntos. Tres cabezas piensan mejor que una, ¿no creen? Aunque una de ellas sea un poco impulsiva y la otra un poco... grande.
Mientras ellos hablaban, yo me quedé en silencio, observando. La tensión entre ellos era palpable, pero también había un respeto, un reconocimiento de las habilidades del otro.
—¿Y por qué no salimos y acabamos con él? —dije, rompiendo el silencio. El fuego me estaba dando una falsa sensación de seguridad, y la espera me estaba desgastando. Me levanté y desenvainé mi espada. El peso del metal en mi mano era reconfortante, familiar. La hice girar en un arco amplio, el aire silbando al pasar el filo. Era pesada, sí, pero la manejaba con una agilidad que sorprendía a la mayoría. —Somos tres contra uno. Lo superamos en número. Lo sorprendemos mientras sigue dando vueltas ahí fuera y le cortamos la cabeza. Sería más fácil.
Enid me miró como si le acabara de proponer que bailáramos ballet con el monstruo. Su paciencia, que ya era escasa, se evaporó por completo.
—¿Eres completamente estúpido o solo lo aparentas? —soltó, con una rabia contenida—. ¿Te has fijado en el tamaño de esa cosa? ¿Oyes cómo rompe los árboles como si fueran palillos? No es un matón de taberna, Fénix. Es una bestia sobrenatural. Salir ahí fuera y "acabar con él" no es una estrategia, es un suicidio. Y yo no tengo intención de morir esta noche por la arrogancia de un mercenario con un complejo de héroe.
—Ella tiene razón, Fénix —intervino Marius, su voz tranquila pero firme, apoyando a Enid—. Tu fuerza es bruta, y tu espada es formidable, pero esta criatura no se rige por las reglas de un combate normal. Es rápida, es fuerte y no siente dolor. Salir ahora sería como intentar apagar un incendio con un vaso de agua. Solo conseguirías que te consumiera.
Me quedé callado, la espada todavía en la mano. No les gustaba mi plan, pero tenían razón. La lógica era su lado de la discusión, pero mi impaciencia era la mía. Odiaba esperar. Odiaba sentirme acorralado.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos sentamos y cantamos canciones hasta que se canse y se vaya a dormir? —dije, con un sarcasmo que no disimulaba mi frustración.
—No —dijo Enid, acercándose al fuego y calentándose las manos—. Pensamos. Usamos la cabeza que tienes, que seguro que no es solo para ponerte sombreros. Tenemos una ventaja: está afuera y nosotros adentro. Tenemos tiempo. Tenemos tres cerebros, aunque uno de ellos funcione a medio gas. Y tenemos que encontrar su debilidad. Todo monstruo tiene una. Solo hay que encontrarla.