CAPÍTULO 6 : Amigos indomables-3
Vi a Marius correr hacia mí, su figura borrosa a través del velo de dolor. Se arrodilló a mi lado, su rostro serio pero sin pánico.
—No te muevas, Fénix. Te lo recomiendo —dijo, su voz calmada y analítica—. Por la forma en que aterrizaste, diría que tienes rotas tres o cuatro costillas. Quizás hasta la espalda. Cualquier movimiento y podrías perforarte un pulmón.
A través del dolor, miré hacia Enid. Estaba pálida, inmóvil, con la espada temblando en su mano. La criatura, habiendo perdido el interés en mí, se giró lentamente hacia ella. Un nuevo rugido resonó en su pecho, y empezó a avanzar, sus garras hundiéndose en el suelo con cada paso.
Fue entonces cuando Marius actuó. Sacó una pequeña bolsa de su cinturón y, con un movimiento rápido de su muñeca, lanzó una lluvia de pequeños cuchillos de throwing hacia la bestia. Se clavaron en su costado, sin hacerle un daño real, pero sí atrayendo su atención.
La criatura se giró bruscamente, sus ojos rojos ardiendo de furia al ver al fauno. Soltó un aullido de frustración y cargó hacia él. Marius, con una agilidad que parecía imposible, corrió hacia un enorme tronco caído y hueco, deslizándose dentro de él justo un segundo antes de que la bestia se estrellara contra la madera, haciéndola añicos.
Con cada respiración, sentía cómo un trozo de costilla se clavaba en mi pulmón. Pero tenía que llegar a ella. Me arrastré por el barro y las hojas, cada movimiento una agonía, hasta que mis dedos tocararon el frío del acero. Mi espada. La agarré con la mano derecha, el esfuerzo me hizo ver estrellas.
Y entonces, una voz resonó en mi cabeza, no era mía, pero la sentía como si lo fuera. Era una voz antigua, poderosa, la voz del metal mismo.
Empuña tu espada. Lucha. Esta hoja no es solo metal. Tiene el poder de acabar con los seres que no pertenecen a este plano. Es tu única esperanza.
Con un rugido de esfuerzo que mezclaba dolor y desafío, me apoyé en la espada y me levanté, temblando, de pie. La bestia estaba distraída, intentando desgarrar el tronco donde se escondía Marius. Avancé, cada paso un suplicio.
Pero fui demasiado lento. Antes de que pudiera llegar, Enid se adelantó. Con un grito de pura rabia y miedo, se lanzó hacia la criatura, saltando sobre su lomo. La bestia se giró, sorprendida, y Enid clavó su pequeña espada una y otra vez en su espalda, en un frenesí de desesperación. Sus ataques no eran mortales, pero la enfurecieron, la hicieron girar sobre sí misma, tratando de deshacerse de la plaga que tenía en la espalda.
Ese fue el momento. Con las últimas fuerzas que me quedaban, me lancé hacia adelante. Apunté al pecho de la bestia, donde el corazón debería estar, y atravesé su piel. Esta vez, la hoja se hundió. La voz en mi cabeza tenía razón. La criatura se detuvo en seco, su cuerpo se tensó, y luego se relajó, la vida abandonándola. Empezó a caer, primero de rodillas, luego hacia adelante, hasta que cayó muerta a mis pies, sin vida.
Yo caí con ella. Mis rodillas doblaron y me derrumbé en el suelo, escupiendo un charco de sangre brillante. La oscuridad me llamaba, y esta vez estaba dispuesto a responder.
Sentí unas manos pequeñas y fuertes que me sostenían, impidiéndome caer por completo. Era Enid. Me sostenía contra ella, su cuerpo temblando.
—¡Fénix! ¡Fénix, no te mueras, idiota! —gritó, su voz quebrada por la emoción—. ¡No te atrevas a morir después de todo esto! ¡Despierta! ¡Por favor... despierta, imbécil!
Sus palabras eran un insulto, pero su voz, su voz era lo más dulce que había oído nunca. Y en la oscuridad que me consumía, me aferré a ella como a mi último ancla.
Desperté. El dolor fue lo primero en registrarse, una dolorosa punzada en cada costilla, una pesadez en la cabeza que me hacía girar el mundo. Pero había algo más. Calor. Un calor suave y constante, y el peso de un cuerpo contra el mío. Abrí los ojos con esfuerzo, giré la cabeza lentamente, y mi corazón se detuvo.
Era Enid. Estaba abrazada a mí, dormida. Y no llevaba nada de ropa.
El calor que sentí en mi cuerpo no era solo el suyo, era un incendio que se extendió por mis mejillas. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, mi mente en blanco y mi cuerpo gritando de dolor a la vez que se sentía extrañamente vivo. El movimiento de mi cabeza la despertó. Abrió los ojos, se desperezó y se levantó de un salto, como si la hubieran electrocutado. Empezó a vestirse con la misma velocidad, evitando mirarme.
—¿Qué... qué hacías ahí? —logré preguntar, mi voz ronca y quebrada.
—Alguien tenía que mantenerte caliente, idiota —dijo ella, sin volver a mirarme, mientras se abrochaba la armadura de cuero—. Tenías una fiebre terrible. El doctor dijo que el calor corporal era la única forma de evitar que murieras de frío durante la noche. No te hagas ilusiones.
Seguía sonrojado, pero su tono ya no era el de antes. No había hielo en sus palabras, solo una especie de frustración cansada. Me sorprendió. No estaba enojada.
—Gracias —dije, después de un momento de silencio incómodo—. Por... por todo esto.
Se detuvo, con una correa en la mano, y finalmente me miró. Sus ojos azules ya no me lanzaban dagas. —Tú me salvaste a mí primero. Me apartaste de un zarpazo que me habría partido por la mitad. Así que estamos iguales. Gracias.
Se acercó a la mesa donde estaba mi espada y dejó una pequeña bolsa de cuero junto a ella. El tintineo de las monedas sonó claro en la habitación.
—¿Cuánto tiempo llevo así...? —pregunté, intentando sentarme, aunque el dolor me lo impidió.
—Llevas inconsciente dos días —dijo Enid—. La fiebre fue muy fuerte. Marius y yo te trajimos de vuelta al pueblo. El doctor dijo que fuiste afortunado. Las costillas se curarán, pero dolerá durante un tiempo.
Señaló la bolsa. —Es tu parte de la recompensa. 250 monedas. Te las ganaste. Yo ya me llevé la mía. Marius también. Aunque él dice que no la necesita.