—Se avecina la tormenta mi señor – fueron las palabras del clérigo a su Paladín en el templo central de Kalli. El templo era una magnánima creación hecha por el hombre, erigido en honor a su creador, edificado piedra sobre piedra, perfectamente talladas que bien podrían parecer cortadas con el filo de una hoja divina, pero humanamente talladas con alabanza y esmero por los sacerdotes del más bajo orden, quienes, como en toda sociedad que se respete, los seres de más bajo orden social, siempre realizan las tareas más desgastantes, pero no por ello de mala calidad. Las piedras que construían el templo estaban sobrepuestas a cal y canto una sobre otra y no existía intempestad climática que fuera capaz de moverlas un solo centímetro.
Quizá lo más impresionante del templo, localizado en la región de Astriud, situada en la parte central del reino de Kalli eran sus pilares circulares de mármol blanco, tallados a mano de una sola pieza de unos veinticinco metros de altura por unos cinco metros de diámetro, destacaban del resto de la estructura por las figuras cinceladas al alto relieve de unos ángeles del orden de Poderes y Virtudes, situados como guardianes silenciosos y eternos adoradores del monumento más grande erigido a su Dios en las alturas, Krisat.
El diseño del templo, al igual que muchas de las construcciones y lugares religiosos estaban diseñados por la raza de los sabios. Seres humanos con dotes intelectuales inimaginables, adiestrados en todas las ciencias y poseedores de un conocimiento casi envidiable, carecían de fuerza física y mente bélica. A menudo eran conocidos como los constructores del mundo humano y sus maravillas artificiales. Únicos en Azgar con mentalidad amplia y neutral eran los seres más desprotegidos contra la invasión de otros reinos, a excepción de los favores que eran pedidos como honorarios por diseñar los planos para erigir con perfecta exactitud los caprichos y deseos de las otras razas: templos para los clérigos, escuelas de combate para la raza guerrera y torres de materiales o figuras extrañas para los hechiceros.
Cada una de las razas del antiguo mundo poseía como mínimo una obra maestra diseñada y explicada detalladamente por los sabios. Los diseñadores del proyecto tenían la obligación de permanecer desde el inicio hasta el final de la obra, en cualquiera que fuese la región designada para tal hecho, no importando el lugar, propósito o ambiente lúgubre que se respirase en el aire, para cubrir pormenores y posibles errores de medición, aunque esto último jamás había sucedido antes pues los que eran designados a la construcción del proyecto se aferraban fielmente a las explicaciones señaladas por los planos y no eran capaces de desviarse ni de objetar por nada del mundo, otro motivo por el cual los diseñadores de los planos eran condenados a estar presentes en la construcción de su diseño era para dar explicaciones pertinentes de sus instrucciones y aclarar malentendidos, en caso de que el tonto que estuviera al frente de la obra no supiese leer bien el plano, lo cual ocurría con mucha frecuencia, y extraoficialmente, los sabios gozaban sobremanera contemplando el nacimiento en el plano existencial de una obra que era producto de su imaginación y diseño personal.
A cambio de sus servicios, los sabios demandaban protección y la no profanación de sus tierras, aunque siendo realistas, ¿a quién le interesaría profanar una tierra donde sus más grandes tesoros eran volúmenes enteros de libros y conocimiento?
– Se avecina la guerra, mi señor Paladín ¿Qué vamos a hacer? – Dijo Belzar a su superior de orden. – Hemos descubierto grandes movimientos en Mistri, el reino de los hechiceros, nuestros hermanos centinelas en el puerto guerrero de Orak nos lo han informado. El Paladín, Ebek non Kundal, al escuchar estas palabras y tras un lapso de silencio se llevó el dedo índice de su mano derecha hacia la punta de su nariz y se dispuso a pensar dando unos golpecitos rítmicos en la punta de la misma aunque sin aplicar demasiada fuerza en la tarea. Ebek era un hombre de un metro ochenta de estatura y de cabellera abundante pero corta según lo establecían los cánones de su raza y rango, no pasaba la cuarentena de edad pero si se le observaba con detenimiento se podían distinguir algunos cabellos canos en torno a las sienes y un par de entradas un poco más arriba de éstas últimas, que revelaban la vida de un hombre que se la debatía en la toma de decisiones importantes y dolorosas. Llevaba la tradicional toga blanca que usaban la mayoría de sus cofrades, desprovista de cinturón. Dicha prenda escondía hábilmente los diez kilos extra que llevaba en su estómago. A diferencia de las demás, su toga tenía el cuello y el extremo de ambas mangas ribeteado con hilos de oro; y a lo ancho de su espalda llevaba inscrito el símbolo de su dios. En su mano izquierda se apreciaba un cayado de plata bruñida, investido con las cuatro plegarias celestiales: investidura, escudo divino, divina protección y sanación; rematado en una punta de lanza, hecha del mismo metal que el cayado, pero en la parte inferior. Sus ojos eran de un café oscuro y bailaban desde el cielo hacia lontananza, como si con el simple hecho de mirar a lo lejos fuese a encontrar su respuesta, a aquel que fuera capaz de tomar tan terrible decisión en su lugar.
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Editado: 30.09.2026