—Dios mío, tengo que salir de aquí. Mis trillizos solo me tienen a mí. Sabes que ese miserable se merecía la paliza que le di, así que, por favor, haz que me liberen —rogó Mar, apoyando la frente contra los fríos barrotes de su celda.
Las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas. Al escuchar unos pasos que se acercaban, se las secó rápidamente.
—¡Mami! —exclamaron sus tres pequeños lobitos mientras corrían hacia ella.
El corazón de Mar se aceleró.
—¿Qué hacen ustedes aquí? No me digan que Rose los trajo.
Le había rogado a su vecina que cuidara de los niños mientras ella resolvía su problema con la policía.
Cielo se apresuró a responder:
—No fue ella, mami.
—¿Entonces vinieron solos? ¿Cómo consiguieron entrar sin que nadie los viera? —preguntó Mar, cada vez más preocupada.
—Papá nos trajo —respondió el mayor de los trillizos.
Mar frunció el ceño.
—¿Qué les he dicho sobre hacer bromas de mal gusto?
—No es una broma, mamá —intervino Hunter—. Nosotros buscamos a papá para que viniera a ayudarte y él nos trajo.
Mar tragó saliva, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
Era imposible que el donador de espermatozoides, como ella solía llamarlo cada vez que lo recordaba con rabia, estuviera detrás de todo aquello. ¡Él ni siquiera sabía que esos pequeños existían!
—Niños, no sé cómo consiguieron entrar aquí, pero voy a pedir que me dejen llamar a Rose para que venga por ustedes. Y, por favor, no vuelvan a escaparse de su casa. ¿Me oyeron?
—¿Mamá, no nos crees? —preguntó Cielo, haciendo un puchero.
—Mi vida…
—Tú nos contaste dónde vivía papá y nos dijiste que podíamos buscarlo si algún día intentaban separarnos de ti. Hoy fuimos muy temprano a verlo.
Mar negó con la cabeza.
—No les creo. Eso es imposible. Rose me hubiera avisado. Además, su padre está en otra ciudad.
—Míralo tú misma… —dijeron los tres, girándose hacia la entrada.
Mar siguió la dirección de sus miradas y se quedó inmóvil.
Un hombre alto, de ojos azules penetrantes, hombros anchos y músculos que se marcaban bajo la ropa, permanecía junto a la entrada, con los brazos cruzados. Había escuchado toda la conversación.
No. No podía ser él.
Sus ojos se encontraron y Mar sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Tú?
—Han pasado años, mi luna.
Cillian se acercó a la celda con paso firme. Era el mismo hombre que le había roto el corazón al anunciarle que se casaría con otra mujer, el mismo al que ella había intentado olvidar durante años, sin lograrlo.
Mar sintió que las piernas le temblaban y se aferró a los barrotes hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Cillian se detuvo frente a ella, sin apartar la mirada de su rostro. Sin permiso, alcanzó un mechón de su cabello y aspiró su aroma, ese que lo volvía loco.
—No sé qué te dijeron mis hijos, pero no es verdad —se apresuró a decir Mar, retrocediendo un paso.
La expresión del Alfa se endureció apenas.
—Ellos me dijeron que son mis hijos. Y, aunque intentes negarlo, sé que lo son porque mi lobo ya los ha reconocido. Además, son tres pequeñas copias mías.
Mar lo maldijo mentalmente.
Tenía razón. Bastaba con mirar a los niños para darse cuenta de que eran suyos. Los tres tenían sus rasgos, y negar lo evidente era inútil.
—Ya hablé con el comisario. Voy a sacarte de aquí —anunció Cillian.
—¡No necesito tu ayuda!
—Te ruego que no te pongas en ese plan, Mar. Sé que me desprecias, pero este no es el momento para hacerte la orgullosa. Nuestros hijos te necesitan libre.
—Puedo resolver esto sola. Será mejor que regreses a casa con tu esposa.
Cillian apretó la mandíbula. Después de tantos años sin saber nada de ella, no pensaba marcharse.
—No voy a ninguna parte, Mar. Llevo años muriendo sin saber nada de ti y, ahora que nuestros caminos se han cruzado de nuevo, no pienso dejarte ir otra vez. Mucho menos ahora que sé que tenemos tres hermosos hijos.
—Ellos tampoco necesitan nada de ti.
—Claro que sí. Necesitan a su padre, y yo los necesito a ellos. Ya los amo solo por saber que son tuyos. Así que, aunque me odies y no quieras tenerme cerca, tendrás que acostumbrarte a mi presencia porque vamos a compartir la custodia de mis tres lobitos —Una sonrisa arrogante apareció en sus labios mientras se inclinaba ligeramente hacia ella—. Y espero que muy pronto también volvamos a compartir la cama, porque voy a recuperarte, mi amor.
Mar abrió la boca, escandalizada, pero no consiguió articular palabra.
¡Maldito Alfa arrogante!
¡Hola!
Esta vez traigo una historia de lobitos como nos gustan, llena de romance, celos, drama, travesuras y tensión.
Si les gusta por favor dejen sus corazones, eso me ayuda a llegar a más personas y me motiva a seguir escribiendo. Muchas gracias y nos vemos pronto con el primer capítulo. 🩷
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Editado: 15.10.2026