—¿Ya tienen sus helados? —preguntó Mar al entrar en la tienda y acercarse a sus pequeños.
—Sí. ¿Mami, tú y papá también quieren helado? —Cielo se giró hacia ella, sosteniendo dos conos de helado.
—No, mi amor, yo no quiero y...
Antes de que pudiera decirle que su padre ya no estaba, Cielo la rodeó y corrió hacia la puerta.
Mar abrió la boca, consternada, al verla marcharse tan deprisa.
Al girarse, sus ojos se detuvieron en él.
—Toma, para ti, por ayudarnos a que liberen a mami —le dijo la pequeña a Cillian, entregándole uno de los conos con una amplia sonrisa.
El Alfa se agachó para darle un beso en la mejilla.
—Gracias, mi vida, pero era lo menos que podía hacer.
Después, miró a Mar de reojo y descubrió que ella lo estaba fulminando con la mirada.
—Pensé que ya te ibas —dijo sin disimular su molestia.
—No, todavía no. Ya te dije que los llevaré a casa. Quiero pasar más tiempo con mis hijos —y con ella—. Desde hoy, no me separaré de ustedes.
—¿Vas a vivir con nosotros? —preguntó Hunter, dándole una lamida a su helado de fresa.
—Me encantaría —respondió Cillian, visiblemente emocionado ante la idea.
—Pero no puede. Él tiene que irse a su casa y nosotros a la nuestra —intervino Mar mientras se acercaba a la mesa donde estaban los varones.
Cillian Jr. le dio una lamida a su helado de vainilla antes de preguntar:
—¿Papá tiene que volver con su otra familia?
Mar sintió un pinchazo en el pecho.
El Alfa bajó la mirada durante un segundo.
—Por ahora, sí, pero...
—¿Por qué no podemos vivir todos juntos? —lo interrumpió Cielo antes de llevarse su helado a la boca—. Vimos que tu casa es enorme —dio una lamida al chocolate que se estaba derritiendo—, y creo que a la otra niña le gustaría que viviéramos ahí.
Mar palideció.
—¿Otra niña?
Cillian se se pasó una mano por la nuca. Sabía que lo que estaba a punto de decir levantaría un muro todavía más alto entre ellos, pero no podía ocultárselo.
—Tengo una hija, hoy cumplió seis años.
El corazón de Mar se rompió un poco más. Sin embargo, se obligó a mantener la compostura.
Una hija con su esposa.
De seis años.
Maldito mentiroso. Cuando le pidió que no lo abandonara hace siete años. Le había dicho que entre él y su esposa no habría nada, incluso hace unos minutos se lo dijo y resultaba que habían tenido una hija.
—Mar, no es lo que estás pensando. Déjame explicarte cómo ocurrió —pidió Cillian, mirándola con culpa.
—No hace falta que expliques nada. No me importa. No quiero oír los detalles de tu vida de casado ni cómo tuviste a tu hija.
—Yo quiero saber —intervino Cielo, sentándose en la mesa junto a sus hermanos.
—No —la reprendió Mar—. Su padre tiene otra hija que es su hermana. Es lo único que necesitan saber.
La pequeña hizo una mueca de disgusto.
—Bueno, ¿y cuándo podremos verla? —preguntó, desviando la atención a su padre—. Podríamos jugar todos en tu casa.
—No creo que puedan ir a para allá, cariño. En todo caso, ella podría venir a esta ciudad —propuso Mar.
—¿No te molestaría? —Cillian la miró sorprendido.
—¿Por qué me molestaría? —era con él con quién estaba molesta y dolida—. Ella es hermana de mis hijos y, si quieren conocerse, yo no me opondré.
Cillian la miró todavía más enamorado que hace unos segundos. Incluso en medio de su evidente enfado con él, Mar no estaba dispuesta a impedir que sus hijos conocieran a su hermana.
—Mar... Gracias...
—Ah, mami, ahora que recuerdo, ¡ella se llama igual que tú! —le contó Cielo, sus hermanos asintieron sin dejar de disfrutar sus helados—. Y usaba un vestido y corona de princesas. Estaba muy bonita.
Mar abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Cómo yo? —preguntó, volviéndose hacia Cillian.
Él sonrió y, con todo el orgullo que sentía, respondió:
—Es verdad. Mi hija también se llama Marinnette.
Le hizo un guiño, y Mar sintió unas ganas tremendas de ahorcarlo.
No solo había tenido una hija con la mujer que le juró que nunca tocaría, sino que, encima, se había atrevido a ponerle su nombre.
Estaba loco.
—Todos se quedaron muy molestos cuando dijimos que también somos tus hijos —Cielo siguió recordando.
Mar se llevó una mano al pecho, conteniéndose para no llorar de rabia.
—Era de esperarse... —musitó.
—Se les pasará. Todos estábamos desconcertados por la noticia inesperada de que tengo tres hijos más. Hablaré con ellos cuando regrese —aseguró Cillian.
—No deberías hacerlos esperar más —Mar tomó a los niños de las manos para que se pusieran de pie—. Nosotros nos vamos a casa. Es hora de que tú también hagas lo mismo. Vamos, hijos.
—Yo los llevo. Necesito saber dónde viven —insistió él arrojando el cono a la basura.
Mar no respondió. No tenía ganas de discutir con él delante de los niños.
Salieron de la heladería y, mientras Cillian iba a buscar el coche al estacionamiento de la comisaría, Mar pensó en tomar un taxi y marcharse con sus trillizos antes de que regresara. Sin embargo, mientras se debatía entre hacerlo o esperar, él apareció y se detuvo junto a la escalinata.
—Suban.
Los niños obedecieron y, todavía sonrientes, se acomodaron en los asientos traseros, dejando que su madre ocupara el asiento delantero junto a su papá.
Una vez que todos estuvieron dentro, Cillian puso el coche en marcha y condujo por las calles siguiendo las indicaciones de Mar.
Ella permaneció en silencio, evitando mirarlo y rogando que no dijera nada más.
Gracias a Dios, no lo hizo.
.
***
La casita donde Mar había vivido todos esos años era pequeña, pero muy bonita. Tenía un jardín con algunos juegos para sus trillizos, un pequeño huerto de verduras y una cochera.
Cillian se bajó primero y observó con atención todo el lugar, esperando no encontrarse con la sorpresa de que alguien más viviera allí.
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Editado: 01.11.2026