Custodia Compartida con el Alfa

CAPÍTULO 5

—Lo siento mucho —se disculpó Mar por tercera vez con su vecina.

La encontró tal como le había dicho su hijo: en el sótano.

La pobre mujer estaba atada a una silla y tenía la boca cubierta con una bufanda.

—Tus hijos son unos diablillos —dijo Rose, sentándose en el taburete junto a la isla de la cocina mientras la pelinegra le servía un vaso con agua.

—Son un poco traviesos —admitió—. Sangre de lobo corre por sus venas.

—Estaba muy preocupada de que les pasara algo y yo no tenía ni cómo avisarte. Dijeron que irían en busca de su padre a Edimburgo, me pareció una locura y se los prohibí. No pensé que fueran a amarrarme y encerrarme —se quejó, tomando el vaso para beber con rapidez.

—Perdónelos, por favor. Solo querían ayudarme y lo consiguieron. Su padre vino a ayudarme de inmediato.

—En medio de todo, me alegra que todo se haya resuelto para ti, querida —respondió Rose, pasándose una mano por la frente sudorosa—. Los perdono, sabes que adoro a esos traviesos pero, como compensación, quiero unos de esos deliciosos cupcakes de arándanos que haces.

Mar sonrió, un poco más tranquila.

—Por supuesto. Mañana es domingo y solo atenderé la repostería hasta el mediodía. Por la tarde vendré a dejarle unos.

—Gracias. Ahora iré a recostarme un rato. Me gustaría seguir hablando y que me contaras los detalles de lo que pasó con el papá de tus trillizos, pero la espalda me está matando.

—Vaya a descansar, señora Rose. No se preocupe. Mañana le cuento todo cuando pase a dejarle sus cupcakes.

La mujer asintió y se puso de pie.

Mar caminó tras ella hasta la puerta. Se despidió, disculpándose una vez más, y regresó a casa.

Menos mal que la vecina Rose era una buena mujer y muy comprensiva. Era de las que no la miraban mal ni la juzgaban por tener hijos de un lobo. No como el odioso Esteban, a quien le había dado aquella paliza por decirles cosas horribles a sus pequeños.

El mundo estaba dividido entre criaturas especiales y humanos. La mayoría no les daba mucha importancia a los seres sobrenaturales y seguían con su vida como si nada, pero también había quienes les temían y los querían lejos. Y luego estaban otros, como Esteban, que despreciaban a quienes eran diferentes. De esos sí había que cuidarse.

Cruzó la calle y entró en su propiedad.

Adentro, Cillian y los trillizos se estaban divirtiendo mucho.

Los pequeños se habían transformado en lobitos a petición de su padre, pues él se moría de ganas de verlos en esas formas.

Estaba completamente enternecido.

Era como verse a sí mismo cuando tenía seis años.

También se habían puesto a revisar el álbum de fotos familiares.

Los ojos de Cillian estaban aguados. Ver las primeras fotografías de sus cachorros, desde que estaban en el vientre de su Mar, era hermoso.

—A partir de ahora, yo también formaré parte de las fotos familiares y de sus vidas —aseguró, dándole un beso tronado en la cabecita a Cielo.

—Transfórmate para que podamos estar iguales —pidió Hunter.

—¡Sí, sí! Yo también quiero verte y salir a cazar algo al bosque —añadió Cillian Jr., muy emocionado mientras meneaba la colita.

—También deseo hacer eso, compartir ese momento con ustedes, mis cachorros, pero tendrá que esperar. Si me transformo ahora, toda mi ropa se hará pedazos y les aseguro que lo último que su madre quiere es verme en pelotas.

Los trillizos soltaron unas risitas.

El Alfa escuchó, olió y sintió la presencia de Mar antes de que entrara en la casa.

Se giró justo cuando ella apareció en la sala.

—¿Verdad? —le preguntó.

Mar lo miró extrañada.

—¿Qué? —cerró la puerta tras ella—. ¿De qué hablan? Oigan, la vecina Rose está bien y los disculpa por la travesura. Mañana los llevaré a disculparse.

Nadie le prestó atención.

—Papi dice que no se va a transformar porque no tiene otra ropa y tú no quieres verlo en pelotas —le dijo Cielo.

Las mejillas de Mar se pusieron coloradas de golpe.

Su ex también se rio al ver su expresión.

—Mañana vendré preparado y nos transformaremos juntos, mis pequeños. Quiero ver qué tal cazan.

—Somos muy buenos. Aprendimos solos —dijo Hunter con orgullo.

Su padre, en cambio, sintió una punzada de tristeza. Le habría encantado enseñarles, estar presente en su primera transformación y acompañarlos en cada uno de esos momentos especiales. Pero ya no podía volver el tiempo atrás, así que aprovecharía el doble los nuevos momentos.

—Bueno, creo que es hora de que se despidan de su padre —murmuró Mar.

Los lobitos pusieron cara de decepción.

—Es temprano, mami. Deja que se quede un poco más —rogó Cielo.

—Realmente no hemos podido hablar mucho. Nos distrajimos un poco —intervino Cillian, mirándola con carita de cachorro regañado.

No quería irse. Si por él fuera, se quedaría con ellos para siempre.

Mar suspiró.

—Bien, haré la cena y estás invitado, pero después de eso sí te vas.

Los cuatro gritaron victoriosos y los cachorros se abalanzaron sobre su padre.

—Vayan a bañarse mientras preparo todo. Y tú... —señaló a su ex—, ven a ayudarme.

Cillian se puso de pie de inmediato.

—Mis niños, ya escucharon a su madre.

Los pequeños se dieron la vuelta y subieron corriendo al segundo piso.

Mar volvió a suspirar.

—Solos tú y yo, mi amor... —dijo Cillian, dando un paso depredador hacia ella.

—¡Quieto! —levantó una mano—. Solo acepté por mis hijos. Mantente a dos metros de mí.

Lo rodeó y se dirigió a la cocina.

Cillian se apresuró a ir tras ella.

—Mar, sé que me estás odiando más que nunca desde que supiste que tengo una hija.

Ella abrió la nevera y sacó unas chuletas de cerdo.

—Ya te dije que me da igual lo que hayas hecho con tu vida.

—Aunque sea así, necesito explicarte cómo pasó.

Mar dejó la carne sobre la isla.

—Sé perfectamente cómo una mujer queda embarazada. No necesito los detalles.




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