Custodia Compartida con el Alfa

CAPÍTULO 6

Cillian condujo de vuelta a su casa en Edimburgo con una amplia sonrisa en los labios, mientras escuchaba esas canciones de amor que sonaban en la radio.

Estaba feliz. Reencontrarse con su Mar y descubrir que era padre de tres pequeños frutos de su amor lo tenían muy ilusionado.

En el pasado, había permitido que la presión de su padre y el deber hacia la manada pesaran más que sus propios deseos. Tuvo que casarse con Lumira y resignarse a un matrimonio sin amor..

Las dos manadas se habían convertido en una sola gracias a aquella unión y, con la llegada de su hija, todo se había acomodado. Pero no encontraba sentido a seguir atado a una loba que no amaba y que nunca llegaría a amar.

Tenía que hablar con Lumira, explicarle lo ocurrido y plantearle la separación. Llevaba tiempo pensando en ello, pero ahora que Mar y sus hijos estaban de por medio, estaba decidido que nunca a dar el paso.

Dos lobos abrieron el antigüo portón de rejas y avanzó hasta la imponente casa.

Al bajar del coche, otros miembros de su jauría que custodiaban la propiedad lo saludaron al pasar. Él les devolvió el gesto y entró en la vivienda.

—¡Papi, volviste!

Su pequeña Mar bajó corriendo las escaleras para abrazarlo.

Cillian la levantó en brazos.

—Mi amor, pensé que ya estarías en la cama.

—Aún es temprano y no podría dormirme hasta que regresaras. ¿Qué pasó con mis hermanos, papi?

—¡Ya te dije que no llames hermanos a esos bastardos! —gruñó Lumira, asomándose en lo alto de la escalera.

Cillian frunció el ceño.

—No son ningunos bastardos. Son mis hijos, igual que Mar, así que respetalos.

—¡Nacieron de otra madre! ¡No dejan de ser bastardos!

La pequeña se aferró al cuello de su padre y escondió la cara en su hombro.

Cillian tuvo que hacer un esfuerzo para no levantar más la voz delante de su hija y reprender a su esposa.

—Lumira tiene razón —intervino su padre, el viejo Alfa Víctor, que también apareció detrás de ella, acompañado de su esposa, la Luna Daria.

—Ya era hora de que te dignaras a aparecer para dar explicaciones de lo ocurrido hoy —añadió su suegra, Libia, que también acababa de unirse a ellos.

Cillian respiró hondo antes de dirigirse a su pequeña.

—Princesa, sube a tu habitación. Iré a verte después de hablar con tu madre y tus abuelos.

Le dio un beso en la frente y la bajó al suelo. Mar obedeció, aunque no sin antes mirarlo con cierta preocupación, y se apresuró a subir las escaleras.

—Vamos al despacho —pidió Cillian.

Sin esperar respuesta, se dirigió hacia allí.

Todos lo siguieron en silencio.

Una vez dentro, se volvió hacia ellos, que estaban impacientes por obtener respuestas.

—Cillian, hijo, por favor, comienza —le pidió su madre.

—¿De dónde salieron esos cachorros? —preguntó su padre, incapaz de esperar un segundo más.

—Lo que yo quiero saber es quién es esa tal Marinnette Winslow. Pensé que era una loba, pero tu padre pudo detectar que esos niños no son lobos puros. Son mestizos, lo que significa que su madre es humana —espetó Lumira, echando chispas.

—¿Desde cuándo has estado engañando a mi pobre hija con una sucia humana? —intervino Libia, indignada.

—Por favor, dejen hablar a mi hijo —pidió Daria, avanzando un paso hacia él.

Cillian suspiró. Aquello iba a ser más complicado de lo que esperaba.

—De todas las conjeturas que han hecho, solo una es cierta: Marinnette Winslow es humana —admitió.

Su esposa lo fulminó con la mirada, mientras su suegra se llevaba una mano al pecho, escandalizada.

—Ella y yo nos conocimos hace más de siete años, cuando estaba en la universidad. Me enamoré de ella sin poder evitarlo.

—¡Pero en ese tiempo te comprometiste conmigo! —le reprochó Lumira.

—Porque no tuve elección —respondió él.

El silencio se apoderó del despacho por varios segundos.

—Marinnette Winslow es mi pareja destinada. Sé que muchos ya no creen en eso y prefieren casarse sin importarles si existe o no un vínculo. Yo mismo tuve que hacerlo, pero la verdad es que ella es la única mujer que amo. Mi lobo y cada parte de mí la han elegido a ella.

Los ojos de Lumira se llenaron de lágrimas de rabia.

—Tenía un compromiso contigo y tuve que separarme de ella. No volví a verla en todo este tiempo, ni siquiera sabía dónde estaba y mucho menos que de nuestro amor habían nacido esos trillizos. Me enteré hoy, igual que ustedes.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó su padre con cautela.

—Hacerme responsable. Son mis hijos y los amo. Pienso pasar tiempo con ellos y presentarlos ante todos dejando en claro que también tienen un lugar en la manada.

—Ese es su derecho. Te apoyo, hijo —dijo Daria antes de abrazarlo.

—Gracias, madre.

—Pues yo no estoy de acuerdo —espetó Libia, fulminándolos con la mirada—. Esto es una ofensa y una humillación para mi hija.

—¿Y qué pretende que haga, Luna Libia? ¿Que me desentienda de mis hijos y actúe como si no existieran?

—Sería lo mínimo que podrías hacer.

Cillian apretó los colmillos.

—Pues eso no va a pasar. Son mis hijos y nada ni nadie me impedirá estar con ellos.

Avanzó hacia Lumira y la miró fijamente.

—Hay algo más que debemos tratar a solas.

—¡Lo que tengas que decir, dilo en presencia nuestra! —volvió a interferir Libia.

Lumira se mordió la cara interna de la mejilla.

—Dejennos a solas, madre.

—Pero...

—¡Por favor!

Libia maldijo y se dio media vuelta para irse.

—Hijo... —Victor apretó su hombro—. Lo que sea que vayas a decir o hacer, piénsalo bien.

Salió del despacho junto a su esposa Daria.

—Ya estamos solos. ¿De qué se trata?

—De nuestra unión.

Lumira bajó la mirada, comprendiendo de inmediato que aquella conversación no le gustaría en absoluto.

—Lumira... —Cillian hizo una pausa antes de continuar—. Quiero que nos separemos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.