Del Amor al Desamor

Capitulo 8

DEL AMOR AL DESAMOR

CAPÍTULO 8: UN LUGAR EN MI RUTINA

Narrado por Ava Miller

El martes comenzó con una pequeña discusión entre Valeria y Mateo por un juguete que, aparentemente, ambos necesitaban al mismo tiempo.

—¡Es mío! —gritó Valeria.

—¡No! —respondió Mateo, abrazándolo.

—Mamá, ¡Mateo me lo quitó!

Desde las escaleras escuché a mi mamá intentando resolver el conflicto.

Bajé riéndome.

—¿Qué está pasando aquí?

—¡Mateo no me quiere dar mi juguete! —se quejó Valeria.

Me acerqué a mi hermanito y le ofrecí otro juguete para intercambiarlo.

Después de varios intentos, finalmente funcionó.

—Deberían contratarme para resolver problemas —comenté.

Daniel, que estaba desayunando, soltó una carcajada.

—Primero aprende a resolver los tuyos.

—Buenos días para ti también.

Terminé de desayunar, tomé mi mochila y salí de casa.

UNA NUEVA COSTUMBRE

Cuando llegué al salón, Isaías ya estaba sentado en su lugar.

—Buenos días, Miller.

—Buenos días.

—¿Hiciste la tarea?

Dejé mi mochila sobre la silla.

—Sí.

—Perfecto.

Lo miré con sospecha.

—¿Qué necesitas?

—Nada.

—Isaías.

—Está bien, quería comprobar si la habías hecho.

—Ajá.

Saqué mi cuaderno y comencé a organizar mis cosas.

—Por cierto —dijo él—, ¿vas a participar en el partido?

—¿Cuál partido?

—El de voleibol. Te lo mencioné ayer.

—Ah, sí. Supongo que sí.

—Excelente. Ya tenemos una jugadora más.

—No te emociones, tampoco soy profesional.

—Tranquila, yo tampoco.

—Eso me preocupa más.

Isaías comenzó a reírse.

Era curioso cómo nuestras conversaciones habían dejado de sentirse tan forzadas. Ya no necesitábamos buscar un tema demasiado interesante para hablar. Cualquier tontería servía.

EL TRABAJO DE LENGUA

Durante la segunda hora, la profesora nos recordó que debíamos avanzar con la exposición.

Luna se acercó a nuestra mesa para revisar lo que habíamos preparado.

—Ava, ¿encontraste la información que necesitábamos?

—Sí. La tengo aquí.

Le pasé mi cuaderno y comenzamos a revisar los puntos.

Isaías estaba buscando unas imágenes para complementar el trabajo cuando encontró una bastante extraña.

—Miren esto.

Luna se inclinó para observarla.

—¿Qué es eso?

—No tengo idea —respondió él—, pero creo que representa nuestro futuro si seguimos haciendo esta exposición.

—Qué exagerado —dije.

—Estoy siendo realista.

Luna se rio y le quitó el teléfono para ver mejor la imagen.

Trabajamos durante el resto de la clase. Por primera vez, Isaías no hizo tantos comentarios como de costumbre. Se concentró bastante y hasta propuso una idea que terminó gustándonos a todos.

—Bueno, esa idea sí está buena —reconocí.

Él levantó la cabeza.

—¿Acabas de felicitarme?

—No te acostumbres.

—Voy a anotarlo. Es un momento histórico.

—Cállate y sigue trabajando.

EL PARTIDO

Después de las clases, algunos compañeros decidieron quedarse un rato para jugar voleibol en la cancha de la escuela.

Yo estaba con Luna, Asha y Lari cuando Isaías se acercó.

—¿Van a jugar o se van a quedar mirando?

—Yo voy a jugar —respondió Asha.

—Yo también —añadió Lari.

Luna levantó la mano.

—Cuenta conmigo.

Miré a las tres.

—Bueno, parece que no tengo escapatoria.

—¡Eso quería escuchar! —dijo Isaías.

Nos dividimos en dos equipos. Me tocó jugar junto a Luna y otros compañeros, mientras Isaías quedó en el equipo contrario.

Al principio todo iba bastante bien, hasta que una pelota pasó por encima de mi cabeza.

—¡Ava! —gritó Luna.

Me giré demasiado tarde.

La pelota terminó en el suelo.

—¡Era tuya! —protestó Luna entre risas.

—¡No me dio tiempo!

Desde el otro lado de la cancha, Isaías comenzó a reírse.

—¡Buen intento, Miller!

—¡Concéntrate en tu equipo!

—¡Estoy haciendo las dos cosas!

—¡Pues haz una bien!

Los demás comenzaron a reírse.

El partido continuó y, aunque perdimos algunos puntos, nos divertimos bastante. En una de las últimas jugadas conseguí devolver una pelota que terminó justo en el espacio libre del equipo contrario.

—¡Bien! —gritó Asha.

Levanté los brazos, celebrando.

—¡Eso fue suerte! —dijo Isaías.

—¡Fue talento, Carter!

—Como tú digas.

Al terminar, todos estábamos cansados. Nos sentamos cerca de la cancha para descansar y tomar agua.

—Tengo que admitir que no juegas tan mal —comentó Isaías.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te emociones.

—Aprendí del mejor.

Él se rio.

UNA CONVERSACIÓN INESPERADA

Mientras los demás hablaban, Isaías se sentó a mi lado.

—Oye, Ava.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre sin utilizar mi apellido.

—¿Qué?

—¿Te está gustando Rosewood?

Me quedé pensando unos segundos.

—Sí. Al principio me costó un poco, pero ahora me siento más cómoda.

—¿Y la escuela?

—También. Aunque todavía hay algunas cosas a las que tengo que acostumbrarme.

—Bueno, por lo menos ya conoces a gente.

—Sí. Las chicas me han ayudado bastante.

—Y nosotros también, obviamente.

Lo miré.

—¿Nosotros?

—Claro. No puedes olvidarte de mí.

Solté una carcajada.

—Qué humilde eres.

—Es una de mis mejores cualidades.

Negué con la cabeza.

Después de unos segundos, le pregunté:

—¿Tú siempre has estudiado aquí?

—Sí. Llevo bastante tiempo en Westbridge.

—Entonces debes conocer a todo el mundo.

—A casi todos. Aunque todavía hay gente que me sorprende.

—¿Como quién?




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