_“—Mamá… ¿estoy loca?
—¿Por qué dices eso, Rory?
—Porque mis compañeros lo repiten. Dicen que estoy loca… por ver sombras y monstruos que ellos no ven.
—Rory, cariño, te diré un secreto: tú no estás loca; si a caso, eres la persona más cuerda en este pueblo de ciegos. Tú ves lo que los demás jamás alcanzamos a mirar.
—Entonces… ¿soy diferente?
—Eres especial y única. Pero nunca una loca.”_
— Aurora Ravenscroft.
— Louise Dubois.
El hospital me recibe con su habitual caos nocturno. Y aunque parezca mentira, ese caos me distrae, me arranca de mis pensamientos oscuros, y lo agradezco. El aire vibra con pasos apresurados, voces tensas y el olor metálico de la sangre mezclado con desinfectante.
La Dra. Cath Robert pasa corriendo a mi derecha. Su cabello rubio, casi blanco, suelto como siempre, ondea tras ella como una estela de luz. Lleva una bolsa de sangre firmemente entre sus manos, como si sostuviera la vida misma. Llega al ascensor y golpea el botón con impaciencia. Cuando las puertas se abren, casi se estrella de frente con el Dr. Daen Foreman.
—Cath… lo siento, no te vi… —dice él, sorprendido.
—No hay problema, Daen —responde ella sobre su hombro, sin detenerse, mientras se desliza dentro del ascensor con la urgencia de quien carga un secreto.
Él se queda mirando el espacio vacío donde estuvo Cath, niega con la cabeza y sonríe. Esa sonrisa me dice que no está molesto. En el hospital todos estamos acostumbrados a su peculiar comportamiento. Ella atiende solo a ciertos pacientes, casos que los demás no podemos manejar. Nadie pregunta demasiado; todos sabemos que su grupo de médicos, escogidos por ella misma, siempre tiene demasiado trabajo.
—Seguro es una urgencia —le digo a Daen, atrayendo su atención—. De no serlo, se habría tomado unos minutos para coquetear contigo… quiero decir, hablar contigo.
Él se voltea hacia mí, y su risa sacude sus hombros.
—Ravenscroft… tus bromas algún día terminarán por meterte en un buen lío.
—Daen, sabes tan bien como yo que Cath está loquita por ti. Es por eso que la mitad del personal médico te odia.
Y no podía culparla. La verdad es que Daen era un hombre que parecía tallado para provocar celos. Su cabello rubio, siempre perfectamente peinado, brillaba bajo la luz blanca del hospital. Sus ojos, del color de la miel, tenían esa capacidad de suavizar cualquier herida cuando reía. Y su sonrisa… dientes perfectos, labios que parecían dibujados con intención. Todo en él era atractivo, desde la forma en que se movía con seguridad hasta la voz grave que acariciaba el aire.
Se acerca para saludarme y, como siempre, tengo que elevar la cabeza para mirarlo a los ojos. Daen es alto, más de un metro ochenta, y yo apenas alcanzo el metro sesenta. Esa diferencia me obliga a mirarlo hacia arriba, y en ese gesto siento la vulnerabilidad de mi estatura frente a su presencia.
—¿Y qué hay de la otra mitad? —pregunta él, siguiendo el hilo de la conversación mientras me envuelve en un abrazo cálido.
—Pues, la otra mitad te envidia —respondo con una sonrisa amarga.
Él se aparta, pero deja sus manos sobre mis hombros. Me mira con seriedad, y en ese instante lo sé: Daen sabe lo de mi madre. Como todos. Pero él me conoce lo suficiente para entender que no quiero lástima. Que las palabras de consuelo serían un veneno. Así que no dice nada. Solo me mira, y en ese silencio me lo dice todo.
—Lo sé —susurro, colocando mi mano sobre la suya—. Y te agradezco por eso.
—No hay de qué. Sabes que aquí estoy —responde, y luego me suelta.
Su sonrisa habitual regresa, esa que ilumina pasillos y corazones. A su manera, me está consolando. No con palabras, sino con presencia. Y aunque no lo admitiría en voz alta, esa sonrisa me duele y me salva al mismo tiempo.
—Entonces… ¿crees que Cath podría estar interesada en ir a cenar conmigo? —pregunta Daen mientras caminamos juntos por el pasillo, su voz ligera, casi divertida.
Lo miro de reojo. Incluso de perfil sigue siendo atractivo: la línea de su mandíbula, la forma en que la luz del hospital resalta el dorado de su cabello, la serenidad que transmite sin proponérselo. Me obligo a apartar la vista y saludo a Sarah, una de las enfermeras de pediatría, que sonríe con complicidad al vernos pasar.
—Por supuesto que lo creo —respondo al fin, fingiendo indiferencia—. Ambos sabemos que diría que sí. Pero primero deberías invitarla, claro.
Daen ríe, y su risa se expande por cada rincón del pasillo como un eco luminoso. Varias cabezas se giran, sobre todo mujeres, atraídas por ese sonido que parece envolverlo en un halo irresistible. Y yo, aunque no lo admito, siento cómo la punzada de los celos me atraviesa.
Honestamente, él y Cath harían una linda pareja. Ella es… perfecta. La Dra. Cath Robert tiene esa presencia que no necesita anunciarse: alta, más de un metro setenta, con una figura elegante que se mueve con seguridad entre el caos del hospital. Su cabello rubio casi blanco cae en ondas suaves sobre sus hombros, como si la luz misma la siguiera. Sus ojos, de un azul profundo, tienen la capacidad de desarmar a cualquiera con una sola mirada. Siempre impecable, con la bata ajustada que resalta su porte, parece salida de un retrato clásico. Y cuando sonríe —porque sí, sonríe, aunque rara vez—, todo a su alrededor se detiene.
—Bueno, supongo que tienes razón —dice Daen, aún riendo, mientras me lanza una mirada que me obliga a sostenerle la vista.
Yo asiento, pero por dentro me arde la idea de que él piense en Cath de esa manera. Porque aunque no lo diga, aunque me esconda detrás de bromas y comentarios casuales, sé que lo que siento por Daen no es simple admiración. Es deseo, es pasión contenida, es esa rabia silenciosa de saber que otra mujer podría ocupar el lugar que yo nunca me atreví a reclamar.
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Editado: 23.09.2026