El Beso de La Parca.

3—Te veo.

_“—¿Y qué pasa si algún día encuentro a alguien como yo?

—Eso no sucederá jamás, cariño.

—¿Por qué no?

—Porque eres única… y tu don también.

—¿Y si alguien más logra ver lo que yo?

—Entonces, debes huir.

—¿Huir? ¿Por qué?

—Porque no será como tú. No en realidad. Y si puede ver la sombra… significa peligro.”_

— Aurora Ravenscroft.

— Louise Dubois.

Las palabras de mi madre regresaron como un eco cruel. Cuando era niña le había preguntado si otros podían ver lo mismo que yo. Ella insistió en que no, que mi don era único. Y me advirtió: “Si acaso alguna persona logra ver la sombra también, debes huir. Porque será peligroso para ti.”

Pero ahora, mirando a Jimmy, no puedo imaginarme huyendo. ¿Cómo podría dejarlo solo frente a eso?

Mis ojos regresaron hacia el lugar donde antes estaba la sombra. Y entonces lo vi.

Un hombre.

Alto, más de metro noventa, con una presencia que llenaba el pasillo. Su cabello negro con destellos azulados caía en un corte ligeramente desordenado, con mechones más largos en la parte superior que se inclinaban hacia adelante, rozando la frente, mientras los laterales quedaban más cortos y definidos. Era un estilo rebelde, elegante y peligroso al mismo tiempo, como si cada hebra estuviera pensada para acentuar su misterio.

Sus jos eran de un gris tormentoso, profundos, inquietantes, capaces de arrastrar a cualquiera hacia un abismo. Las pestañas, negras y largas, se curvaban hacia arriba, enmarcando esa mirada con una perfección casi dolorosa.

Sus labios eran llenos, tentadores, con la clase de forma que parecía hecha para el pecado. La mandíbula marcada y el mentón firme le daban un aire de fuerza y masculinidad, suavizado apenas por el rastro de una barba de dos días que lo hacía aún más irresistible.

Vestía un pantalón cargo verde oscuro, una camiseta gris de cuello en V que dejaba ver la línea de su clavícula, y una chaqueta de cuero negro que parecía fundirse con su piel. En los pies, unas botas militares negras completaban la imagen de alguien que no solo era atractivo, sino peligroso.

Estaba con las manos en los bolsillos del pantalón en una postura completamente casual, con el hombro recostado contra el marco de la puerta. Observaba a Jimmy con calma, como si la conversación que mantenían fuera lo más natural del mundo. Pero incluso en esa posición relajada, se adivinaba la fuerza de su cuerpo, la firmeza de alguien en excelente forma física.

El contraste me golpeó: esa figura que había emergido de la sombra no parecía un monstruo, sino un hombre demasiado perfecto, demasiado tentador. Y sin embargo, mi madre tenía razón. Todo en él gritaba peligro.

—Mierda… —susurré, incapaz de apartar la vista de él.

Jimmy lo miraba también, con los mismos ojos abiertos de asombro y admiración. Entonces ambos rieron por algo que el pequeño dijo.

Y eso me heló más que cualquier sombra. Porque yo ya había visto a ese hombre antes, en los pasillos del hospital, siempre junto a distintos pacientes. Pero jamás lo había visto surgir de la oscuridad como ahora. Y lo peor era el patrón: con cada paciente que lo acompañaba, a la semana… esa persona fallecía.

Nunca me había atrevido a preguntarle por qué aparecía, ni qué buscaba. Solo lo observaba, impotente, mientras cambiaba de compañía como quien cambia de destino. Pero la última vez había sido distinta.

Laura. Una pequeña de seis años, sentada en una de las butacas del área de pediatría, con sus piernas colgando y los zapatos golpeando suavemente el aire. Junto a ella estaba él, conversando con la niña como si fueran viejos conocidos. Su postura era relajada, su voz baja, y Laura lo escuchaba con atención, incluso sonreía.

Alarmada, me acerqué a Cinthia, su enfermera de cabecera.

—¿Qué hace Laura conversando con un extraño? —pregunté, señalando hacia la niña.

Cinthia se tensó de inmediato, sus ojos buscaron con rapidez a la pequeña. Pero al verla, se relajó y frunció el ceño, confundida.

—¿De qué estás hablando, Aurora? —me dijo con voz firme—. Laura está sola.

—¿Cómo? —insistí, el corazón golpeándome el pecho—. Hay un hombre joven, justo a su lado, y…

Mis palabras se apagaron al ver la perplejidad en su rostro. Su mirada preocupada me atravesó, y entonces lo entendí: ella no podía verlo. Nadie más podía. Solo yo.

Era otra de mis visiones. Otra de mis malditas alucinaciones.

—No… —murmuré, bajando la voz—. Tienes razón, debí haber visto mal.

—¿Estás bien? —preguntó Cinthia, con un dejo de inquietud.

—Sí. Solo es el cansancio. Han sido días largos.

Ese había sido el último encuentro. Hasta hoy.

Ahora lo veía de nuevo, y parecía un hombre común, ordinario, casi demasiado humano. Jimmy, el pequeño de doce años, estaba radiante, animado, con una chispa que hacía tiempo no veía en él. Reía, hablaba, como si aquel extraño le devolviera fuerzas.

Pero yo no podía ignorar lo que sabía. Lo había hecho antes, y cada vez el resultado era el mismo: el paciente moría, y el hombre desaparecía como si nunca hubiera existido.

Y mientras observaba a Jimmy, feliz por primera vez en semanas, sentí cómo el miedo y la rabia se mezclaban dentro de mí. Porque ese hombre no era un consuelo. Era una sentencia.

Decidí que esta vez no lo dejaría pasar. Mis pasos resonaron firmes en el pasillo mientras me acercaba al pequeño. Jimmy levantó la cabeza al escucharme y su rostro se iluminó.

—¡Aurora! —gritó con entusiasmo, como si mi presencia fuera un regalo.




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