_“—Cuando tengas visiones y no tengas la medicina, cierra los ojos y cuenta hasta diez.
—¿Así desaparecerán las sombras, mamá?
—No, amor. Pero aprenderás a domar el miedo… y a ocultar que ves lo que otros no.”_
— Louise Dubois.
— Aurora Ravenscroft.
No sabría describir el sentimiento que me llenaba por dentro, pero era tan espeso y abrumador que por un segundo me quedé sin aire. Era como si una ola gigante me hubiera arrastrado hacia las profundidades del océano y la fuerza del agua me estuviera aplastando, sin darme la menor oportunidad de volver a la superficie.
—Eso… eso no es posible. Tú no deberías ser capaz de verme —dijo él, tartamudeando, con esa voz grave que me atravesó como un relámpago.
No respondí. No porque no quisiera, sino porque no sabía qué decir. Esa frase, en otro momento, me habría reconfortado. Pero no ahora. No cuando debía salir de este maldito trance y averiguar quién demonios era este hombre y qué carajos quería de Jimmy.
—Él es Jeremy, mi hermano mayor —intervino Jimmy, como si quisiera recordarnos que estaba allí, como si su inocencia pudiera suavizar la tensión—. ¿Acaso no te acuerdas de él?
Me giré hacia Jimmy, con el ceño fruncido y lista para contradecir lo que acababa de decir. Pero al mirarlo, mis palabras murieron en el fondo de mi garganta.
Frente a mí no estaba el pequeño niño de cabello rojizo, ojos azules y pecas cafés que yo conocía. No. Frente a mí había una criatura distinta, quebrada, y sin embargo… seguía siendo Jimmy.
Su piel se pegaba a los huesos, tan pálida que parecía translúcida, como si la luz del hospital pudiera atravesarla. Las venas azuladas se dibujaban bajo la superficie, formando un mapa cruel de sufrimiento que me heló la sangre. Sus orejas, apenas puntiagudas, me recordaban a un elfo, pero ya no tenían la gracia ni el brillo que deberían. La quimioterapia le había robado el cabello, dejando apenas unos mechones finos que caían sobre su frente sudorosa, eso seguía igual. Y sus ojos… esos ojos enormes y claros, que siempre habían sido su rasgo más inocente, ahora ardían con un brillo febril, oscilando entre la esperanza y el cansancio.
Sentí que el corazón se me desgarraba. Era Jimmy, sí, pero era también la verdad desnuda de lo que estaba enfrentando. Y esa visión me partió en dos: la Aurora que quería protegerlo y la Aurora que debía aceptar que estaba viendo lo que nadie más podía ver.
Sacudí la cabeza con fuerza, negando aquella imagen que me quemaba la mente. Ese no podía ser Jimmy. Tenía que ser una maldita alucinación. Cerré los ojos, los apreté con desesperación y conté hasta diez, como mi madre me había enseñado de niña para espantar las visiones. Pero al abrirlos… nada había cambiado. La ansiedad me trepaba por la garganta, sofocante, y aun así decidí dejar de lado mi intranquilidad y concentrarme en Jimmy.
—¿Dijiste que él es Jeremy? —pregunté, la voz temblando, aturdida.
—¡Sí! ¿Es que acaso ya te olvidaste de él? —respondió con un dejo de tristeza que me desgarró.
—Jimmy… ese hombre de ahí no es…
No alcancé a terminar. Unos dedos se cerraron alrededor de mi brazo. No fue brusco, pero sí firme, como una advertencia silenciosa.
—Jimmy, amigo —dijo el desconocido con una sonrisa que me resultó demasiado segura—. ¿Crees que podrías esperar afuera un minuto? Tengo que hablar con Aurora.
—Pero quiero escuchar de qué hablan.
—Hoy no, amigo. Es una charla entre mayores.
—Pero ya soy mayor —replicó con un puchero que me partió el alma.
—Amigo, necesito que me ayudes en esto.
Jimmy lo miró con decepción y al fin cedió.
—Está bien… —murmuró, bajando la cabeza.
Esperé a que saliera y cerrara la puerta. El sonido del cerrojo me golpeó como un disparo. En cuanto lo escuché, sacudí con violencia el agarre de aquel joven, la rabia ardiendo en mi pecho.
—¿Quién demonios eres y por qué Jimmy dice que eres su hermano mayor? Yo conozco a su familia, y tú no formas parte de ella —le solté desafiante y con la voz cargada de hielo.
Él no respondió. No se molestó siquiera en fingir y solo me miró fijamente, inclinando el rostro como si quisiera diseccionarme con la mirada. Había concentración en sus ojos, una curiosidad peligrosa, como si estuviera estudiando cada detalle de mí.
—Verás —dijo al fin, con calma inquietante—, la cuestión aquí no es quién soy yo, sino más bien… ¿quién eres tú?
Su mirada me atravesó, intensa y expectante. No era un juego. Él realmente quería mi respuesta, y estaba claro que no pensaba darme la suya. La curiosidad estaba escrita en cada gesto y en cada respiración contenida.
—¿A qué te refieres? —pregunté al fin, apenas con un hilo de voz.
Él avanzó un paso, su tono grave vibrando en el aire:
—Se supone que los humanos no deben verme. No podrían. Y si fueras una sobrenatural… tampoco deberías ser capaz de verme, a menos que yo te lo permita. Y no es así, además… no estás Marcada lo que sería otra razón por la que podrías verme.
Sus palabras cayeron sobre mí como un jarro de agua helada, pero el frío se transformó rápidamente en un calor sofocante. No entendía del todo las implicaciones de lo que acababa de decir, pero la atmósfera en la pequeña consulta se volvió densa, casi irrespirable. Había una corriente eléctrica entre los dos, peligrosa y magnética. Estaba claro que ambos deseábamos lo mismo: desnudarnos los secretos, entender por qué demonios podía verlo… cuando el resto del mundo permanecía ciego.
—Escucha —dije, tragando saliva para recuperar una firmeza que amenazaba con desmoronarse—, yo fui quien preguntó primero. Y exijo mi respuesta.
En lugar de responder, inclinó despacio la cabeza, analizándome como si fuera un espécimen fascinante en un microscopio. Sus ojos gris tormenta me recorrieron con un descaro que me erizó el vello de los brazos.
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Editado: 23.09.2026