El Beso de La Parca.

4— Ella me ve.

_“Entre las reglas de las Parcas existe una que jamás debe quebrarse: nunca te encariñes con un alma, porque tarde o temprano deberás reclamarla. Lástima… olvidé esa regla en el instante en que mis ojos se posaron sobre ella.”_

— Damien LaCroix.

La noche está extrañamente cálida, como si el aire se burlara de mi humor sombrío. El calor me acaricia la piel, pero dentro de mí todo sigue siendo hielo. Empujo las puertas del St. Elysian Memorial Hospital y mis pasos resuenan en el mármol como un eco de condena. Tarareo “Paint It Black” —la melodía se desliza entre mis labios como un recordatorio de que la oscuridad siempre gana. Vieja canción, vieja verdad.

Camino por los pasillos iluminados con luces frías, buscando al Marcado que me asignaron. No tengo prisa, nunca la tengo cuando se trata de un niño. Se supone que no debería importarme, que la muerte es solo un trámite, pero los siglos me han vuelto blando en lugares que no quiero admitir. Cada alma inocente me pesa más que la anterior.

Mientras avanzo, mis ojos se deslizan por cada rincón, cazando una presencia que no debería importarme tanto. ¿Está aquí? ¿En otra planta? ¿O acaso me está evitando? La idea me irrita más de lo que debería y al mismo tiempo noto lo ridículo que es, después de todo, ella ni siquiera sabe de mi existencia, ¿cómo podría evitarme entonces?

Hace unos meses me enviaron a este pueblo maldito, y en mi primer trabajo la vi. Aurora Ravenscroft, así la llamaban sus compañeros, excepto por ese tal Daen que a veces le decía “Rory”, y por alguna razón, eso me enfadaba. Aún así, ella era la criatura más bella que jamás imaginé conocer. Sus ojos almendrados, demasiado grandes para su rostro, le dan un aire exótico que me atrapa. Verde intenso, como si la vida misma se hubiera atrevido a mirarme de frente. Pecas diminutas salpican su nariz, y su cabello… cobre en la raíz, desvaneciéndose hasta un blanco absoluto en las puntas onduladas. Una contradicción viviente: fuego y hielo en un mismo cuerpo.

Me sorprendo tarareando más fuerte, como si la canción pudiera ahogar el recuerdo de su sonrisa.

Al doblar la esquina del pasillo lo encuentro. El pequeño que me fue designado.

Jimmy.

Su apariencia demacrada no me sorprende; ya me he acostumbrado a ver cómo la vida se apaga demasiado pronto en los mestizos. Mitad humanos, mitad sobrenaturales… los genes nunca terminan de encajar, como piezas rotas de un mismo rompecabezas. La mayoría no llega a la adultez. Y aun así, cada vez que me toca uno de ellos, siento un peso distinto, más cruel.

Jimmy está sentado en una camilla, con una manta demasiado grande para su cuerpo frágil. La piel se le pega a los huesos, pálida, casi translúcida, con venas azuladas que parecen dibujar un mapa de sufrimiento. Sus orejas, apenas puntiagudas, delatan su herencia élfica, pero ahora no tienen la gracia ni el brillo que deberían. La quimioterapia le ha robado el cabello, dejando apenas mechones finos que caen sobre su frente sudorosa. Sus ojos, enormes y claros, tienen un brillo febril que oscila entre la esperanza y el cansancio.

Me detengo. El aire se vuelve más pesado. No debería sentir nada, pero lo hago.

—¡Jeremy…, hermano!—susurra Jimmy al verme, y su voz es apenas un hilo.

Me quedo inmóvil. Para él, no soy la Parca. Para él, soy su hermano mayor Jeremy, y al parecer, por su reacción, el único que aún le da fuerzas para seguir.

Mi pecho se tensa. Maldita ilusión. Maldito don que me obliga a ser lo que ellos necesitan ver antes de partir.

—¿Viniste a verme?—pregunta, con una sonrisa débil, como si la idea de que su hermano esté allí le diera paz.

Quiero responder, pero las palabras se atascan. No soy Jeremy. Soy el final. Soy el beso que apaga la última chispa. Y sin embargo, verlo así me arranca algo que no debería existir en mí: compasión.

Pienso en Aurora. En sus ojos verdes que me atraviesan como cuchillas sin que ella misma lo sepa. En cómo ella, sin saberlo, me ha hecho sentir cosas que no debería sentir. Y ahora, frente a Jimmy, me pregunto si ese mismo fuego que ella despierta en mí es lo que me está volviendo débil.

Me acerco despacio, con el tarareo de Paint It Black aún vibrando en mi garganta, como si la canción pudiera ocultar la grieta que se abre en mi interior.

—Sí, Jimmy… estoy aquí.

No es Jeremy quien le responde. Soy yo. Pero por un instante, me permito ser lo que Jimmy necesita.

El niño estaba demasiado animado para alguien que apenas sostenía su propio cuerpo. Lo supe al instante: esa chispa era un espejismo, el último destello de energía disfrazado de sonrisa. Caminamos juntos por el pasillo, y aunque lo invité a detenerse, se negó con esa terquedad infantil que me partía el alma, ¿cómo era posible romper algo que ni siquiera poseía? Me recargué contra la pared, observándolo, y sentí cómo la sombra de lo inevitable se cernía sobre nosotros. Él lanzó una broma, y aunque no escuché realmente las palabras, reí con él también. Reí porque sabía que era lo que esperaba de su hermano. Reí porque era lo único que podía darle antes de arrebatarle todo.

Entonces ocurrió. Sus ojos se iluminaron de golpe, como si hubiera visto un milagro.

—¡Aurora! —gritó con entusiasmo, y mi mundo se quebró.

Aurora. El nombre que había escuchado en labios ajenos, el nombre que me perseguía en silencio. Y ahora, ella estaba ahí. Real y presente.

La vi acercarse, su voz suave acariciando el aire como un bálsamo.

—Jimmy, cariño…

Mi pecho se tensó. El niño la miraba como si fuera un regalo divino, y yo… yo no podía apartar mis ojos de ella. Por un instante, sus pupilas se desviaron hacia mí. Apenas un segundo, pero suficiente. La confusión y el enfado mezclados en su mirada me atravesó como una daga. Me estaba viendo.

No. Eso era imposible. Nadie debía verme, no si yo no lo permitía. Nadie, excepto los sobrenaturales Marcados. Y sin embargo, ahí estaba ella, con esa mirada verde que me desnudaba, que me arrancaba las defensas.




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