_“—Escúchame bien, Aurora: jamás le demuestres a esas criaturas que puedes verlas.
—No lo entiendo, mami. ¿Por qué?
—Porque se supone que ellas son invisibles. Si descubren que las ves, te considerarán una amenaza.
—Pero si yo no les haré daño… solo quiero ser su amiga.
—¡No! Jamás busques la amistad de aquello que habita en la oscuridad.”_
—Louise Dubois
—Aurora Ravenscroft (4 años).
Antes de perderme en la vorágine del pasillo, no pude evitar darme la vuelta y mirar a Jimmy una última vez.
El corazón me golpeaba el pecho con un ritmo desordenado y salvaje. La piel aún me ardía por la cercanía de Damien, como si su aliento helado y su presencia oscura hubieran dejado una huella invisible sobre mi cuerpo. Sentía un calor sofocante subiéndome por el cuello, una mezcla de rabia, miedo y un deseo traicionero que me avergonzaba. ¿Cómo podía estar pensando en la boca de ese desconocido cuando la vida de un niño dependía de esto? Me daba rabia la facilidad con la que ese hombre me descolocaba, haciéndome olvidar por momentos incluso la calma y la calidez que siempre me transmitía la sola idea de Daen.
Clavé la mirada en Jimmy y su imagen titiló ante mis ojos como la llama de una vela a punto de apagarse y por un segundo veía al niño humano de doce años, pálido y frágil y al segundo siguiente, la ilusión se desmoronaba y aparecía la criatura menguante, con sus orejas élficas y sus venas azuladas dibujándole la piel translúcida.
Sacudí la cabeza con violencia, hundiéndome las uñas en la palma de las manos para obligarme a volver a la realidad.
—Céntrate, Aurora —me susurré a mí misma, tragando el nudo de angustia que me ahogaba la garganta—. Céntrate.
En mi profesión, la distracción no era un lujo que uno pudiera darse, era la diferencia entre la vida y la muerte.
Al cruzar la puerta de la consulta y salir al pasillo principal, el impacto del caos me recibió como una ola de agua helada. Las noches de guardia en Gravenmoor solían ser agitadas, pero esta en particular rozaba la demencia. El aire estaba cargado de un olor metálico a sangre, desinfectante concentrado y sudor frío. Las luces fluorescentes parpadeaban, amplificando el estrépito de ruedas contra el piso de vinilo, gritos de órdenes médicas y el pitido sordo y constante de los monitores de constantes vitales.
El hospital parecía un hormiguero descontrolado. A mi izquierda, dos celadores empujaban a toda prisa una camilla cubierta de sábanas manchadas de rojo mientras un médico joven corría a su lado haciendo reanimación cardiopulmonar sobre el pecho del paciente. A la derecha, vi a Cath Robert ordenando con voz gélida la preparación de dos quirófanos de urgencia, con su bata impecable y esa frialdad que la caracterizaba. Por un segundo vi a Daen cruzar al fondo, con el ceño fruncido y la camisa arremangada, recibiendo a un anciano con un cuadro grave de insuficiencia respiratoria.
—¡Aurora! —el grito de Mónica, una de las enfermeras sénior de trauma, cortó el aire a pocos metros de mí—. ¡Por aquí! ¡Necesito manos ya!
Corrí el escaso trecho que me separaba de ella, dejando que la adrenalina apagara de golpe los últimos vestigios de la conversación con Damien. Mónica estaba frenando una camilla donde yacía una mujer joven, apenas una chica de unos veintidós o veintitrés años, retorciéndose de dolor sobre el colchón. Tenía la ropa desgarrada, manchada de barro, aceite de motor y manchas oscuras de sangre.
—¿Qué tenemos? —pregunté, encajándome los guantes de látex con un chasquido rápido mientras me inclinaba sobre la chica.
—Accidente automovilístico en la ruta que bordea el bosque —me informó Mónica a toda prisa, tomándole la presión mientras otra enfermera cortaba la tela del jean de la paciente—. Venía sola en un sedán. Dice que un animal gigantesco se cruzó de la nada en medio de la carretera. Dio un volantazo para evitarlo y terminó estrellándose de lleno contra un pino.
—¿Nombre? ¿Constantes? —exigí, examinando sus pupilas con la linterna médica.
—Se llama Brenda. Presión arterial cayendo, ochenta sobre cincuenta. Taquicardia a ciento treinta pulsaciones por minuto —debitó Mónica sin pausar—. Tiene un traumatismo craneoencefálico leve con una laceración profunda en el cuero cabelludo que no para de sangrar, fractura abierta de fémur en la pierna izquierda y dolor agudo en el cuadrante superior abdominal. Me temo que hay hemorragia interna.
—¡Me duele! ¡Dios mío, no podía frenar, esa cosa era enorme! —sollozaba la chica, con la voz ahogada por el dolor y el pánico, buscando mi mano con desesperación.
—Tranquila, Brenda, estoy aquí. Vas a estar bien —le dije con voz firme pero tibia, apretándole los dedos mientras volteaba hacia el equipo—. ¡Carguen dos vías venosas de gran calibre! ¡Ordenen cuatro unidades de sangre, radiografía de tórax portátil y avisen al cirujano de guardia que tenemos un abdomen agudo! ¡Movámonos!
Mientras empujábamos la camilla hacia la sala de trauma entre la masa de médicos y enfermeros que iban y venían, una sensación extraña me erizó la nuca y al ver a mi alrededor no pude evitar notar la presencia de varias sombras. Eran sombras como lo había sido Damien al principio, antes de convertirse en un hombre. No lograba entender del todo que era lo que significaba aquello, pero no debía ser nada bueno. Miré por encima del hombro hacia la bruma que se pegaba a los ventanales del hospital, preguntándome si el caos de esta noche no era más que el presagio de algo mucho más oscuro que acababa de despertar en Gravenmoor.
Un par de horas más tarde, el frenesí en el hospital por fin comenzó a ceder. Los casos más críticos habían sido derivados a quirófano o estabilizados en la unidad de trauma, y Brenda, mi primera paciente de la noche, descansaba ya en una habitación individual de la segunda planta. Tras informarla de su estado y localizar a sus allegados, su madre había llegado hecha un manojo de nervios para tomar su mano a la orilla de la cama. Verlas juntas me dio un respiro, pero también me dejó un sabor amargo en la boca, un dolor sordo por la ausencia de mi propia madre y la certeza de que nadie vendría jamás a velar mi sueño en una habitación de hospital.
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Editado: 23.09.2026