El Corazon Del Dragon

Capítulo 10.

El apartamento recibió a Oleg con un silencio ensordecedor. Recorrió las habitaciones vacías en busca de su esposa. Pensó que quizá había salido a comprar algo. ¿O a pasear con sus amigas? Pero entonces recordó que Alisa no tenía amigas. Él mismo se había encargado de que todas sus relaciones cercanas desaparecieran de su vida. La influencia de otras personas sobre su esposa era demasiado peligrosa para él. Después descubrió que también habían desaparecido sus cosas: ropa, zapatos y documentos.

Oleg soltó una maldición, volvió a marcar el número de Alisa y comprobó una vez más que lo había bloqueado. Pateó la maleta con irritación y llamó a los padres de su esposa. Su suegro contestó.

—¡Hola, Oleguito! —dijo el hombre con ánimo—. ¿Cómo están? ¿Ya regresaste? Alisa dijo que esta vez te habías ido por mucho tiempo.

Por la voz de su suegro, Oleg comprendió que no sabía nada de la huida de su hija. Lo consideró una buena señal. Si Alisa no había ido a casa de sus padres, significaba que no quería preocuparlos y que las probabilidades de reconciliarse eran altas.

Oleg habló unos minutos con él, luego se guardó en el bolsillo del abrigo la cartera y las llaves del auto, y corrió escaleras abajo. El único lugar donde podía estar Alisa era el apartamento de su abuela. Oleg no recordó que su esposa lo había alquilado y se sorprendió mucho al encontrarse allí con una rubia voluptuosa de edad indefinida.

Le tomó otros veinte minutos aclarar la situación. Sentado en el auto después de hablar con la inquilina, Oleg se sentía como un completo idiota. Fue al trabajo de Alisa, pero allí tampoco parecían saber nada de su esposa. Lo miraban como si fuera un imbécil.

—¡Podría haber desaparecido y a ustedes ni siquiera les preocupa! —gritó Oleg en el despacho del jefe de Alisa.

—Su esposa está perfectamente bien —declaró el hombre con el ceño fruncido.

Era evidente que Oleg lo irritaba.

—¡Desapareció!

—Habrá desaparecido para usted. A mí me envía periódicamente los informes del proyecto.

Oleg volvió a salir a la calle sintiéndose humillado. Quiso llamar a Kira para quejarse, pero se contuvo. Regresó a casa, se quitó el abrigo y entró en el despacho. Entonces reparó en la tapa de la computadora portátil: no tenía polvo. Sintió que las manos comenzaban a temblarle. Alisa nunca tocaba su computadora. Nunca. Tenía la suya. Después de cada viaje de trabajo, Oleg limpiaba él mismo de la tapa y la pantalla aquella película gris casi imperceptible. Esta vez, la computadora estaba impecable.

—Tal vez estuvo limpiando —dijo esperanzado, mirando la figurita de Mammón que estaba vuelta hacia la pared.

En ese instante, el teléfono cobró vida. Era uno de sus gerentes. Oleg se lo llevó al oído. El estómago se le contrajo.

—Hay una redada en el primer centro —informó el gerente con voz temblorosa—. ¡Están entrando por la fuerza!

Oleg se quedó paralizado, con la mirada fija en la tapa gris de la computadora. Tenía que hacer algo de inmediato. Ahora estaba seguro de que Alisa tenía la culpa de todo.

El teléfono volvió a sonar. Era Kira. No contestó. Dejó el aparato sobre el escritorio, salió corriendo al pasillo, agarró la maleta y se precipitó a la calle. Pero ya no pudo hacer nada más. Todo lo que ocurrió a continuación parecía una mala película de acción. Vio a unos hombres vestidos de negro que se dirigían apresuradamente hacia él, apartó la maleta de un empujón y corrió hacia el auto, pero apenas alcanzó a recorrer diez metros antes de que lo derribaran sobre el asfalto frío. Una hora después comenzó una sucesión interminable de interrogatorios.

Esta vez, al mirar los ojos entusiasmados del investigador, comprendió que no lograría librarse. Lo único que podía hacer era insistir en que llamaran a un abogado y encontraran a su esposa. En cuanto Oleg exigió ver a Alisa, el investigador le tendió una copia impresa de la conversación en la que él y Kira hablaban del seguro y de cómo gastarían la herencia de su difunta esposa.

—Es una falsificación. Con inteligencia artificial se pueden fabricar cosas mucho más convincentes —intentó justificarse.

—Puede ser —admitió el investigador—. El análisis pericial lo determinará. Pero, por ahora, dudo que su esposa quiera hablar con usted. Su amante tampoco. Está en el despacho de al lado.



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En el texto hay: traicion, romance paranormal, dragones

Editado: 04.09.2026

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