Era Víktor quien mantenía informada a Alisa sobre su marido. Pero, por mucho que el dragón intentara protegerla, la joven tuvo que declarar varias veces ante distintos investigadores. Para finales de mes, se habían abierto contra su exmarido y Kira más causas penales que dedos hay en ambas manos: fraude a gran escala, distribución de sustancias prohibidas, contrabando y conspiración para cometer asesinato. El caso de la muerte de Elena Sorókina se investigaba por separado.
Lo más difícil para Alisa fue contarles a sus padres lo ocurrido. Tanto su padre como su madre adoraban a Oleg y nunca habían sentido demasiado afecto por Víktor. El dragón siempre les había parecido un niño rico poco confiable que no había conseguido nada por sí mismo, a diferencia de Oleg. La historia de su yerno los obligó a replantearse sus opiniones, aunque no de inmediato.
Al principio, sus padres se resistieron. Insistían en que aquello no podía ser verdad, que debía de tratarse de un error. Kira no podía haber hecho algo así y a Oleg le habían tendido una trampa. Su padre llegó incluso a decir que Víktor lo había organizado todo para librarse de su rival. Pero Alisa no se tomó en serio sus palabras.
Tres meses después, Kira comenzó a confesar. Su abogado la convenció de que era la única forma de reducir su condena, aunque fuera un poco. Y no le había mentido. La primera audiencia se celebró a finales de mayo. Víktor decía que, después de todo aquello, ni Oleg ni Kira volverían a ver la libertad. Alisa no se alegraba, pero la noticia la tranquilizaba. Dos monstruos menos sueltos por el mundo. ¿Quién sabía hasta dónde podrían haber llegado?
Por su parte, Víktor pasó todos aquellos meses cortejando a Alisa. Durante los últimos cinco años se había convencido, tanto a sí mismo como a la bestia, de que al renunciar a ella actuaba por el bien de su pareja predestinada; ahora intentaba compensar su error. Sin embargo, Alisa no creía que él fuera culpable de nada. Comprendía que, en aquel entonces, ambos habían actuado mal y que ella también se había equivocado.
—Perdí tantos años por una estupidez —dijo el dragón una vez, estrechándola contra sí.
—Que nos sirva de lección para el futuro. Tenemos que hablar.
—Les hablé de ti a mis padres —confesó Víktor en voz baja.
—¿Y cómo reaccionaron? —La noticia asustó un poco a Alisa.
A la madre de Oleg nunca le había caído bien. Alisa había intentado durante mucho tiempo encontrar puntos en común con su exsuegra, pero todos sus esfuerzos terminaban en fracaso. Al final, su relación con ella había quedado reducida a una mera formalidad. Y Alisa temía que con los padres de Víktor se repitiera la misma historia.
—Están felices. Sobre todo, mamá.
Había tanta calidez y ternura en la voz del dragón que las lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas de Alisa. Las emociones la desbordaban y no podía contenerlas.
A partir de entonces, la vida de Alisa cambió por completo. Era como si se hubiera recuperado a sí misma. Renovó su guardarropa guiándose por sus propios gustos y no por los de Oleg. Hizo una pequeña remodelación en el apartamento de su abuela. Volvió a colocar los estantes para libros, organizó el vestidor con el que siempre había soñado y adoptó un gatito: una diminuta bola de pelo que eligió a Víktor como su persona favorita.
Ahora pasaban mucho tiempo juntos e incluso se convirtieron oficialmente en pareja. Como Alisa descubriría más tarde, los padres del dragón conocían su historia desde hacía mucho y no dejaban de reprocharle a su hijo que hubiera permitido que ella se casara con otro hombre. Sin embargo, Alisa todavía no se decidía a mudarse con Víktor. Para ser más precisos, él nunca se lo había propuesto y ella temía sacar el tema.
Siguieron saliendo durante otros seis meses. Alisa decidió que debía mudarse, o al menos hablar de ello, después de encontrarse con Masha.
—¿Tiene miedo de que te escapes? —preguntó Alisa con cautela, mirando a los dos cambiaformas de cabeza rapada sentados en la mesa de al lado.
Los dos seguían a Masha a todas partes, pero a ella no parecía molestarle en absoluto.
—Ajá —rió Masha—. El cachorro ingenuo cree que voy a escaparme de él. Por eso me puso a estos dos —añadió, señalando a los guardias con un movimiento de cabeza. Sonrió ampliamente y los cambiaformas se estremecieron, nerviosos—. Y ustedes, ¿cuándo van a vivir juntos tú y el Alado? A este paso, va a empezar a mudar las escamas de tanto preocuparse.
—¿Los dragones mudan las escamas?
—Y es muy doloroso. ¿Sabes cuántas tuvieron que quitarle cuando te casaste? ¡Y eso que yo se lo advertí! —Levantó un dedo; el sol primaveral se enredó en los rizos pelirrojos de su amiga.
—Tú lo sabías todo, ¿verdad?
—¡Y se lo advertí a los dos! Pero ustedes son unos tercos. ¿Recuerdas cuando te leí el futuro?
Alisa sí recordaba aquella predicción que entonces había tomado por una broma.
—¿Quieres un consejo?
Alisa asintió en silencio.
—Haz las maletas y múdate con él. Ni siquiera tienes que avisarle.
—Pero sería incómodo. Sin hablarlo antes.
—No será incómodo —rió Masha—. Él es un lagarto y tú eres su pareja. Hazle un favor a nuestro tímido: ahórrale los nervios.