El hombre que confundió a su mujer con una flor

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Capítulo 1. El precio de empezar de cero

—Si de verdad te quisiera, no estaría preguntando cuánto vas a heredar.

Elena levantó la mirada. Su padre estaba junto al ventanal del salón, con las manos en los bolsillos del pantalón. No parecía enfadado. Eso era lo peor. Cuando se enfadaba, al menos podía discutir con él. Aquella tranquilidad suya hacía que cualquier respuesta pareciera una insolencia.

—No sabes lo que sientes por él —dijo Elena.

—No estoy hablando de lo que tú sientes. Estoy hablando de lo que él parece querer.

—Alberto tiene curiosidad por nuestros negocios. Eso no significa que quiera aprovecharse de mí.

Su padre se volvió hacia ella.

—¿Y por qué no pregunta por tus gustos, tus proyectos o las cosas que te hacen feliz? ¿Por qué siempre termina hablando de propiedades, inversiones y herencias?

Elena apretó los labios.

—Porque sabe que nunca lo vas a aceptar.

—¿Y eso te parece una razón para casarte con él?

—No te estoy pidiendo permiso para enamorarme.

—No. Me estás pidiendo que cierre los ojos ante cosas que me preocupan.

La madre de Elena, que hasta entonces había permanecido sentada en el sofá, intervino con voz más suave:

—Hija, no queremos hacerte daño. Solo queremos estar seguros de que ese hombre te quiere por quien eres.

Elena sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse, pero se negó a dejarlas caer.

—¿Y cómo se supone que voy a descubrirlo si ustedes no le dan una oportunidad?

Su padre no respondió enseguida.

—Una oportunidad no significa que tengamos que fingir que no vemos lo que está pasando.

Elena se levantó y salió del salón. Estaba cansada de que sus padres hablaran de Alberto como si ya conocieran el final de una historia que ella todavía quería vivir.

Dos semanas después decidió comprobar por sí misma si las sospechas de su familia tenían fundamento.

La cafetería estaba casi vacía. Elena había elegido aquel lugar precisamente por eso. No quería encontrarse con conocidos ni tener que explicar por qué estaba allí con Alberto.

Él llegó unos minutos tarde. Llevaba una camisa que ella le había regalado y una expresión que cambió en cuanto vio su rostro.

—¿Qué pasó? Tienes los ojos hinchados.

—He estado llorando.

Alberto dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Otra vez por tus padres?

Elena asintió.

—Mi padre dice que no confía en ti.

—Tu padre me ha humillado por última vez.

—No quiero que hables así de él.

—¿Todavía lo defiendes después de todo lo que ha dicho de mí?

—No lo estoy defendiendo. Solo quiero que podamos estar juntos sin tener que pelear con todo el mundo.

Alberto se recostó en la silla.

—Eso es precisamente lo que no entiendes, Elena. Tu familia nunca va a aceptarme.

Ella había pensado mucho en aquella conversación. Incluso había ensayado las palabras durante varias noches, imaginando que él sonreiría, tomaría sus manos y le diría que encontrarían una solución.

Pero Alberto no parecía dispuesto a buscarla.

—Entonces podemos irnos.

Él la miró.

—¿Qué?

—Podemos marcharnos juntos. Alquilar una casa en otro lugar y empezar de cero. No necesitamos vivir aquí ni depender de mis padres. Yo puedo trabajar si hace falta.

Alberto permaneció callado unos segundos.

—¿Empezar de cero? —repitió.

—Sí. ¿Por qué no?

—Porque no tiene ningún sentido.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué cosa no tiene sentido?

—Que quieras renunciar a todo lo que tienes. Tu familia tiene dinero, propiedades, negocios. Algún día todo eso será tuyo. ¿Y pretendes que nos vayamos a vivir como cualquier pareja que apenas puede pagar el alquiler?

—Si estamos juntos, no me importa.

Alberto soltó una risa breve, sin alegría.

—Eso lo dices ahora.

—Lo digo en serio.

—Elena, cada vez que voy a tu casa tengo que soportar que tu padre me mire como si estuviera esperando que le pida dinero. ¿Crees que no me doy cuenta? Para él nunca voy a estar a tu altura.

—Mi padre no tiene derecho a tratarte así.

—Pero lo hace. Y tú sigues esperando que algún día cambie de opinión.

Elena bajó los ojos.

—No quiero que nuestra vida dependa de lo que él piense.

—Pues entonces no renuncies a lo que te corresponde. Defiende tu lugar en esa familia. No voy a casarme contigo para vivir dependiendo de un sueldo miserable.

Elena retiró lentamente las manos que él había tomado.

—Pensé que querías estar conmigo.

—Quiero estar contigo, pero también quiero tener un futuro.

—¿Y si ese futuro no incluye el dinero de mi familia?

Alberto se quedó mirándola.

Por unos segundos, Elena esperó que corrigiera sus palabras. Que le dijera que se había expresado mal, que estaba dolido, que no quería perderla.

Pero no lo hizo.

—Entonces quizá sea mejor que terminemos aquí.

Ella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—¿Me estás diciendo que si no tengo dinero, no quieres estar conmigo?

—No pongas palabras en mi boca.

—No necesito hacerlo. Acabas de decirlo tú.

Alberto se levantó.

—Cuando dejes de escuchar a tus padres y entiendas lo que te estoy proponiendo, me llamas.

Dejó dinero sobre la mesa y se marchó.

Elena permaneció inmóvil.

Había llegado a aquella cafetería dispuesta a marcharse con él, a dejar atrás su casa, sus comodidades y hasta la herencia que algún día recibiría.

Alberto acababa de explicarle que eso no era suficiente.

Cuando regresó a casa, su madre la encontró en el recibidor.

No tuvo que preguntarle nada. La expresión de Elena lo decía todo.

—¿Terminaste con él?

Ella asintió.

Su madre se acercó para abrazarla, pero Elena no se dejó consolar inmediatamente.

—No me digas que tenías razón.

—No iba a decirte eso.

—Porque no quiero escucharlo.




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