Capítulo 4. Una invitación inesperada
Elena estaba acostumbrándose a las llamadas de Julián.
No eran demasiado largas ni ocurrían a horas inconvenientes. Él no parecía tener la necesidad de preguntarle dónde estaba, con quién había salido o por qué tardaba en responder sus mensajes. A veces hablaban de cosas tan insignificantes que Elena terminaba riéndose sin saber exactamente cómo habían llegado a aquella conversación.
Una tarde, mientras estaba leyendo en su habitación, recibió una fotografía.
Era una abeja posada sobre una flor amarilla.
Debajo había un mensaje:
Una de mis trabajadoras ha decidido tomarse un descanso.
Elena sonrió y respondió:
¿Tiene permiso para hacerlo?
La respuesta llegó enseguida.
En esta finca nadie trabaja bajo amenazas.
¿Y qué sucede si no cumple con sus obligaciones?
Le descuento el sueldo.
Elena soltó una carcajada.
Pobre abeja. Espero que al menos tenga seguro médico.
Julián respondió con una fotografía de una colmena.
Aquí los beneficios son bastante buenos.
Elena dejó el teléfono sobre la cama. Se sorprendió sonriendo. No recordaba la última vez que había mantenido una conversación tan despreocupada con un hombre.
No había promesas, insinuaciones ni preguntas que la obligaran a explicar sus sentimientos.
Y eso le gustaba.
El siguiente domingo, sus padres la invitaron a almorzar.
Elena llegó pensando que sería una comida familiar, pero encontró a su madre especialmente arreglada y a su padre revisando unos documentos.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó.
—Julián vendrá a almorzar —respondió su madre.
Elena se detuvo.
—¿Y por qué no me lo dijeron?
—Porque queríamos darte una sorpresa.
—Mamá, las sorpresas no siempre son buenas.
Su padre levantó la mirada de los documentos.
—¿Tienes algún problema con que venga?
—No. Solo me habría gustado saberlo.
—Entonces no hay ningún problema.
Elena suspiró y dejó su bolso sobre una silla.
No quería que sus padres interpretaran cada encuentro con Julián como un avance hacia el matrimonio. Había aceptado conocerlo, pero eso no significaba que estuviera preparada para comprometerse.
Cuando sonó el timbre, su madre fue personalmente a abrir.
Julián entró con una caja de madera entre las manos.
—Buenos días. Espero no haber llegado demasiado pronto.
—Llegas en el momento perfecto —respondió la madre de Elena.
Él saludó a los presentes y entregó la caja.
—Traje un poco de miel de mi finca. Es de una de las últimas cosechas.
—¡Qué detalle! —exclamó ella.
Elena se acercó.
—¿También vende miel?
—No. La produzco para consumo propio y para regalar a mis familiares. Aunque, si continúa teniendo tanto éxito, tendré que abrir una tienda.
—Con tantas abejas, no me extrañaría que terminara siendo un empresario.
Julián sonrió.
—No arruine mi reputación.
Durante el almuerzo, el padre de Elena comenzó a hablar sobre unas propiedades que estaban considerando adquirir.
Julián escuchó con educación, pero no mostró demasiado interés.
—Podrías ayudarnos a revisar la propuesta —le dijo el hombre—. Conoces bastante bien ese sector.
—Podría echarle un vistazo, pero creo que sería mejor que lo revisara alguien que se dedique a eso.
—Tienes experiencia en administración.
—La estudié, sí. Pero no es lo que hago actualmente.
—No puedes pasar toda la vida jugando con las plantas.
El comentario hizo que Elena levantara la mirada.
Julián dejó los cubiertos sobre el plato.
—No creo que cuidar plantas sea jugar, pero entiendo lo que quiere decir.
El padre de Elena sonrió, como si hubiera ganado una pequeña discusión.
—Tienes que pensar en tu futuro.
—Lo hago. Precisamente por eso organizo mi vida de esta manera.
La conversación quedó suspendida.
Elena intervino antes de que su padre continuara.
—¿Y qué pasaría si Julián decidiera dedicarse exclusivamente a sus jardines? ¿Sería tan grave?
Su padre la miró.
—No he dicho que sea grave.
—Lo parece.
Julián le dirigió una mirada agradecida, aunque no quiso convertir el almuerzo en una discusión.
—No se preocupe —dijo—. Estoy acostumbrado a que me hagan esa pregunta.
—¿Y qué responde? —preguntó Elena.
—Que todavía no he encontrado una manera de convencer a las personas de que soy feliz haciendo lo que hago.
—Quizá no tenga que convencerlas.
Julián la miró con una sonrisa.
Aquella respuesta le gustó más de lo que quiso demostrar.
Después del almuerzo, Elena acompañó a Julián hasta la entrada.
—Lamento lo que dijo mi padre.
—No tiene que disculparse.
—Siempre hace lo mismo. Cree que todo el mundo debería tener las mismas prioridades que él.
—Su padre quiere que usted tenga una vida segura. Probablemente esa es su manera de demostrarle que le importa.
Elena lo observó.
—¿Siempre encuentra algo bueno en las personas?
—No siempre. Pero procuro entenderlas antes de juzgarlas.
—Debe ser agotador.
—A veces lo es.
Ella rio.
Julián abrió la puerta del automóvil, pero antes de subir se volvió hacia ella.
—Quería preguntarle algo.
—Dígame.
—El próximo sábado habrá una pequeña exposición de arte en una galería de la ciudad. Me gustaría invitarla.
Elena pareció dudar.
—¿Una exposición?
—Sí. Pintura contemporánea. No soy un experto, pero me gusta visitar ese tipo de lugares.
—¿Y no prefiere quedarse con sus abejas?
—Mis abejas tendrán un sábado tranquilo.
Elena sonrió.
—Está bien. Me gustaría ir.
—Entonces pasaré a buscarla.
Cuando el automóvil se marchó, Elena regresó a la casa.
Su madre estaba esperándola junto a la ventana.
—¿Qué quería Julián?