Capítulo 3. Una casa con versículos en las paredes
La finca de Julián estaba bastante más lejos de lo que Elena había imaginado.
El camino de entrada atravesaba una extensión de jardines, árboles frutales y pequeños senderos bordeados de plantas. Al fondo se distinguía una casa amplia, de arquitectura elegante, con grandes ventanales y una terraza que daba hacia un estanque.
Elena bajó del automóvil y se quedó mirando alrededor.
—¿Todo esto es suyo?
—Sí.
—¿Y quién se ocupa de mantenerlo?
—Tengo un equipo de jardineros. No podría hacerlo todo yo solo.
—Por un momento pensé que usted se levantaba a las cuatro de la mañana para regar cada planta.
—A veces me levanto a esa hora.
Elena lo miró.
—¿Está hablando en serio?
—Las abejas no esperan a que uno termine de desayunar.
Ella rio.
Julián le ofreció el brazo, pero Elena prefirió caminar a su lado. Él no insistió y comenzó a mostrarle los alrededores.
Primero visitaron un sector donde había árboles frutales. Después recorrieron un jardín con diferentes especies de flores y plantas ornamentales. Julián conocía sus nombres, sus temporadas de floración y hasta las condiciones que necesitaban para crecer.
Elena lo escuchaba con interés, aunque no siempre entendía las explicaciones.
—¿Y usted recuerda todo eso?
—No todo. Algunas cosas tengo que consultarlas.
—Creí que era una especie de enciclopedia vegetal.
—No me ofenda. Las enciclopedias no tienen que regar sus plantas.
Elena volvió a reír.
Poco después llegaron a una construcción de cristal.
—Este es el invernadero —anunció él.
Al entrar, Elena se encontró con un ambiente cálido y húmedo. Había estanterías con macetas, mesas de trabajo, herramientas ordenadas y plantas de diferentes tamaños.
—Es precioso.
—Me alegra que le guste.
—¿También se ocupa de esto?
—Todo lo que puedo. Aquí tengo algunas especies que necesitan condiciones especiales.
Julián se acercó a una mesa y revisó una de las macetas.
—Esta lleva varios días recuperándose.
—¿Estaba enferma?
—Tenía un problema con las raíces. A veces una planta parece estar bien por fuera y, sin embargo, algo no funciona debajo de la tierra.
Elena lo observó mientras examinaba las hojas.
—¿Y cómo sabe qué necesita?
—Hay que aprender a observarla. No todas reaccionan de la misma manera. Algunas necesitan más luz, otras menos agua. Si uno se equivoca, puede terminar perjudicándolas intentando ayudarlas.
—Parece que habla de personas.
Julián levantó la cabeza.
—¿Usted cree?
—No sé. Pero conozco gente que necesita que la dejen tranquila y recibe consejos todo el día.
Él sonrió.
—Entonces quizá debería aprender a distinguir mejor cuándo intervenir.
La respuesta fue tan sencilla que Elena no encontró nada que añadir.
Al salir del invernadero, Julián la condujo hacia una galería lateral de la casa. Allí había varios cuadros pequeños, colocados en distintos puntos del recorrido.
Elena se detuvo frente a uno.
—¿También los eligió usted?
—Sí.
—¿Le gusta la pintura?
—Me gusta la decoración de interiores. De hecho, estudié esa materia hace algunos años.
—¿Es decorador?
—No ejerzo. Lo estudié como pasatiempo. Me entretiene organizar los espacios, combinar colores, elegir muebles y buscar la manera de que una habitación resulte agradable.
—¿Y dónde pone en práctica lo que ha aprendido?
—En mi jardín y en las casas de algunos familiares. Mi madre suele pedirme ayuda cuando quiere cambiar algo en sus habitaciones.
—¿Y usted acepta?
—Con mucho gusto. Aunque creo que ya se arrepintió de haberme contado que le gustaba mi trabajo.
Elena sonrió.
—¿Por qué?
—Porque ahora cada vez que voy a visitarla termino moviendo algún mueble.
—¿Sin pedirle permiso?
—Con su permiso. Casi siempre.
Ella rio.
Julián la condujo hacia otro sector de la galería. Allí había un cuadro con una frase escrita sobre un fondo claro.
Elena se acercó para leerlo.
—«El amor no busca lo suyo» —murmuró—. ¿Es de algún escritor?
—Está en la Biblia. En Primera de Corintios, capítulo trece.
—¿Tiene muchos cuadros así?
—Algunos. Los cambio periódicamente.
Elena miró hacia el jardín.
—¿También tiene frases para las abejas?
Julián sonrió.
—Por supuesto. Y para las hormigas.
—¿En serio?
—Hay pasajes que hablan de ellas. Ya los coloqué en los lugares donde acostumbro poner los cuadros.
—¿Y dónde están? Quiero verlos.
—Esos ya los retiré.
Elena lo miró extrañada.
—¿Por qué?
—Porque no quiero convertir el jardín en una exposición de versículos. Me gusta cambiar los cuadros de vez en cuando.
—¿Y por qué se le ocurrió ponerlos en el jardín?
Julián se tomó unos segundos antes de responder.
—Hay una instrucción en el Antiguo Testamento que siempre me ha gustado. Está en Deuteronomio, capítulo seis. Habla de conservar las palabras de Dios en el corazón y escribirlas en los lugares visibles de la casa, en las puertas y en los postes. Me pareció una buena idea traer esa costumbre a mi jardín.
—¿Así que también decora con la Biblia?
—Podría decirse que sí.
Elena volvió a mirar el cuadro.
—Nunca había conocido a alguien que redecorara su jardín con versículos.
—Es una de mis muchas particularidades.
—Ya voy descubriendo algunas.
—Espero que no sean suficientes para que quiera marcharse.
—Todavía no.
Julián sonrió y continuó caminando.
Elena no sabía demasiado de religión. Había conocido personas que hablaban de Dios constantemente y otras que preferían no hablar del tema. Julián no parecía interesado en convencerla de nada. Simplemente tenía aquellas frases en su casa porque eran importantes para él.