Capítulo 7. Un nombre para una flor
Elena llegó a la finca poco antes del mediodía.
Julián la esperaba en la entrada de la casa. Llevaba una camisa de lino y unos pantalones claros. No tenía manchas de tierra esta vez, aunque ella sospechó que aquello había requerido cierto esfuerzo.
—Me alegra que haya venido.
—¿Tenía dudas?
—Ninguna. Pero siempre es agradable comprobar que mis invitaciones son aceptadas.
—No se acostumbre demasiado.
Julián sonrió y la acompañó hacia el jardín.
Había preparado el almuerzo en una terraza desde donde se podía contemplar buena parte de la propiedad. Antes de sentarse, le mostró algunas plantas nuevas que había incorporado a su colección. Elena escuchó sus explicaciones, hizo preguntas y se permitió bromear cuando él empezó a hablar de las necesidades de una especie particularmente delicada.
—¿Todas necesitan tantos cuidados?
—No todas. Algunas son bastante resistentes.
—Qué suerte la de esas plantas.
—No lo crea. A veces las más resistentes son las que menos atención reciben.
—¿Y eso es malo?
Julián la miró.
—Depende de lo que necesiten.
Elena sonrió y siguió caminando.
Después del almuerzo, él le propuso recorrer una parte del jardín que todavía no le había enseñado. La llevó hasta una zona donde crecían distintas variedades de flores. Había rosas, lirios y otras plantas que Elena no conocía.
Julián se detenía de vez en cuando para explicarle sus características. Ella disfrutaba escuchándolo, aunque no siempre entendiera todos los detalles.
—Usted conoce a cada una de estas plantas —comentó.
—Procuro hacerlo.
—¿Y nunca se confunde?
—A veces. Pero con el tiempo uno aprende a reconocerlas.
—Entonces, supongo que también les pone nombres.
—Tienen nombres, aunque no se los haya puesto yo.
—Qué decepción. Pensé que cada una tenía un nombre especial que usted había elegido.
—No sería práctico. Tengo demasiadas.
Elena se rio.
—¿Y si alguna le gusta más que las demás?
—Eso no significa que deba cambiarle el nombre.
—¿No?
—No. Sería bastante absurdo.
Ella lo miró con una sonrisa divertida.
—Me alegra que lo tenga tan claro.
Julián no pareció advertir el doble sentido.
Se detuvieron frente a un grupo de flores blancas. Él le explicó que eran azucenas y que le gustaban especialmente por su aspecto y su fragancia.
—¿Y qué nombre me pondría a mí si fuera una flor? —preguntó Elena, siguiendo la conversación en tono de broma.
Julián la observó unos segundos, como si la pregunta mereciera una reflexión seria.
—Blanca Azucena.
Elena soltó una carcajada.
—¿Blanca Azucena? ¡Eso parece nombre de protagonista de una novela antigua!
—Es un nombre bonito.
—Es demasiado solemne para mí.
—No lo creo. Tiene algo delicado, elegante.
—¿Y si prefiero otro?
—¿Cuál?
Elena señaló una pequeña flor que crecía cerca del sendero.
—Margarita. Creo que me llamaría Margarita.
—¿Por qué?
—Porque es más sencillo. Además, no parece que tenga que comportarme de una manera especial para estar a la altura del nombre.
Julián sonrió, pero no se rio con ella.
—Margarita también es una flor muy bonita, aunque sigo pensando que Blanca Azucena le quedaría mejor.
—Pues yo me quedo con Margarita.
—Podríamos acostumbrarnos a llamarla así.
Elena lo miró, divertida todavía.
—¿De verdad está pensando en cambiarme el nombre?
—No se trata de cambiarlo legalmente, por supuesto. Solo sería una manera cariñosa de llamarla.
—Pero yo ya tengo uno.
—Lo sé.
—Entonces, ¿para qué necesito otro?
Julián se quedó pensativo. No parecía molesto por la pregunta. Más bien daba la impresión de que no comprendía por qué ella se resistía a una idea que, desde su perspectiva, era tan agradable.
—Pensé que le gustaría.
Elena dejó de sonreír.
—¿Y si no me gusta?
—No tiene por qué aceptarlo.
Él lo dijo con naturalidad, como si el asunto estuviera resuelto. Sin embargo, Elena ya no estaba tan segura de que fuera una simple ocurrencia.
—Me gusta mi nombre, Julián.
—Lo entiendo.
—Y si algún día quisiera cambiarlo, sería decisión mía.
—Por supuesto.
Julián se acercó a una de las flores y retiró con cuidado una pequeña hoja seca.
—No quería incomodarla. Solo me pareció que Blanca Azucena era un nombre precioso para usted.
Elena lo observó.
No había dureza en su voz. Tampoco parecía estar intentando imponerle nada. Julián era un hombre educado, atento y, hasta ese momento, bastante agradable. Pero había algo que la inquietaba: había empezado a imaginarla con otro nombre y parecía encontrar natural que ella aceptara esa imagen.
Pensó en Alberto. En las veces que había intentado convencerla de lo que debía hacer, de lo que era mejor para ella y de lo que podía ofrecerle una vida más conveniente. No eran situaciones iguales, pero Elena no quería volver a encontrarse en una relación donde tuviera que defender decisiones tan personales.
—¿Se ha molestado? —preguntó Julián.
—No. Solo me ha sorprendido.
—Entonces espero que no haya arruinado la tarde.
—No, claro que no.
Elena volvió a sonreír, aunque ya no con la misma espontaneidad.
Continuaron recorriendo el jardín. Julián le mostró una planta que acababa de florecer y le explicó cuánto tiempo había esperado para verla en esas condiciones. Ella lo escuchó, pero su atención se había desplazado. Empezaba a preguntarse si Julián estaba interesado en conocerla o si le gustaba más la mujer que imaginaba a partir de sus propios gustos.
Cuando regresaron a la terraza, él le ofreció café.
—Me gustaría que volviera otro día —dijo mientras servía las tazas.
—Ya veremos.
—¿No le gustaría?
—Sí, claro. Me gusta venir aquí.