El hombre que confundió a su mujer con una flor

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Capítulo 2. Un hombre bastante peculiar

Julián estaba revisando unas fotografías de orquídeas cuando su madre entró en el despacho.

—Tu padre quiere que vengas a cenar el viernes.

—¿Quiénes estarán?

—Un matrimonio amigo nuestro y su hija.

Julián levantó los ojos de la pantalla.

—¿La hija también irá?

—Naturalmente. Es precisamente a ella a quien queremos que conozcas.

Él dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Mamá, ya hemos hablado de esto.

—Lo sé. Y también sé que quieres casarte y tener hijos. No entiendo por qué te resulta tan difícil conocer a una mujer.

—No me resulta difícil conocer mujeres. Me resulta difícil encontrar una con la que pueda imaginar una vida.

Su madre se sentó frente a él.

—¿Y cómo piensas encontrarla si pasas los días encerrado en tu finca?

—No estoy encerrado. Tengo mucho trabajo.

—Tienes jardineros, empleados, apicultores que te asesoran y una fortuna que podría funcionar perfectamente sin que tú movieras un dedo.

—No es lo mismo.

—Para ti, nada es lo mismo.

Julián sonrió.

Su madre no podía entender que él disfrutara tanto de sus actividades. Había estudiado administración, conocía los negocios familiares y tenía capacidad para dirigirlos, pero no encontraba satisfacción en las reuniones con empresarios, las negociaciones interminables ni las conversaciones sobre inversiones.

No le molestaban las reuniones familiares. De hecho, disfrutaba mucho de ellas. Lo que no soportaba era pasar horas escuchando a hombres que parecían medir el valor de las personas según sus cuentas bancarias.

—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.

Su madre sonrió.

—Elena.

—¿Y qué debo saber de ella?

—Que es una muchacha encantadora, educada y de buena familia.

—Eso es lo que dicen todas las madres cuando quieren presentar a sus hijos.

—También es inteligente y tiene carácter.

—Eso ya suena mejor.

—Y acaba de terminar una relación sentimental.

Julián levantó una ceja.

—¿Está buscando marido?

—No lo sé. Sus padres creen que conocer a alguien podría hacerle bien.

Él guardó silencio.

—No quiero que me presenten a una mujer como si estuvieran ofreciéndome una propiedad.

—No seas exagerado. Solo van a cenar juntos.

—Está bien. La conoceré.

Su madre se levantó satisfecha.

—Sabía que terminarías aceptando.

—Pero no me pidas que hable de negocios.

—Te prometo que intentaré mantener a tu padre alejado de ese tema.

—Eso sí sería un milagro.

El viernes, Elena pasó más tiempo del habitual frente al espejo.

Había elegido un vestido sencillo, de color azul claro. Se había recogido el cabello y llevaba unos pendientes pequeños que su madre le había regalado.

No quería parecer demasiado interesada, pero tampoco deseaba presentarse con aspecto de haber acudido a un trámite.

—Estás muy bonita —comentó su madre al entrar.

—No empieces.

—¿Qué?

—A mirarme con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de una mujer que ya está imaginando la boda.

Su madre soltó una carcajada.

—Prometo comportarme.

Elena tomó su bolso.

—Eso espero.

La residencia de los padres de Julián era una construcción elegante, rodeada de árboles y jardines perfectamente cuidados. Había fuentes, caminos de piedra y una entrada amplia que conducía a una terraza iluminada.

Al llegar, los recibió una mujer de aspecto distinguido.

—¡Qué alegría verlos! Pasen, por favor.

Los saludos y las presentaciones comenzaron enseguida. Elena sonrió, estrechó algunas manos y procuró recordar los nombres.

Entonces lo vio.

Julián estaba de pie junto a una puerta que daba al jardín. Vestía pantalones oscuros y una camisa blanca. Tenía el cabello ligeramente despeinado y una pequeña mancha de tierra en una de las mangas.

No parecía incómodo, pero tampoco especialmente interesado en la conversación que mantenían los demás.

Su madre lo llamó.

—Julián, ven. Quiero presentarte a Elena.

Él se acercó.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Julián le ofreció la mano. Elena notó que tenía una pequeña marca de tierra cerca de las uñas.

—Disculpe —dijo él, al advertir que ella miraba su manga—. Vengo del jardín.

—¿Estaba trabajando?

—Revisando unas plantas. Perdí la noción del tiempo.

Elena sonrió.

—Eso parece.

—No se preocupe. No suelo presentarme así.

—¿Con tierra en la ropa?

—Generalmente también llevo alguna hoja pegada.

Ella rio.

Julián le devolvió la sonrisa.

—Me han dicho que no le gustan demasiado las reuniones de este tipo.

Elena lo miró con sorpresa.

—¿Quién le dijo eso?

—Mi madre. También me advirtió que debía esforzarme por causar una buena impresión.

—¿Y está haciendo un esfuerzo?

—Estoy intentando no hablar de plantas durante toda la cena.

Elena soltó una carcajada.

—¿Es usted jardinero?

—Como un hombre que prefiere las plantas a las reuniones con empresarios.

—Entonces tenemos algo en común.

—¿También le gustan las plantas?

—No. Yo prefiero evitar las reuniones con empresarios.

Julián rio con ganas.

Por primera vez en toda la noche, Elena sintió que no necesitaba esforzarse para mantener una conversación.

Durante la cena, Julián se mostró atento sin resultar insistente. Le preguntó a Elena por sus intereses, sus estudios y las actividades que disfrutaba. No hizo preguntas sobre su patrimonio ni sobre los negocios de su familia.

Tampoco intentó impresionarla hablando de sus propiedades.

Cuando los demás comenzaron a discutir sobre una inversión inmobiliaria, Julián se limitó a escuchar.

—¿No le interesa el tema? —le preguntó Elena en voz baja.

—Me interesa lo suficiente para saber cuándo una conversación va a durar dos horas más de lo necesario.




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