El hombre que confundió a su mujer con una flor

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Capítulo 6. Hay recuerdos que no se marchan

Elena miró la pantalla del teléfono.

El nombre de Alberto seguía apareciendo en ella.

Había dejado sonar la llamada anterior hasta que se cortó. Después llegaron dos mensajes.

Te extraño, Elena.

Me gustaría que habláramos. Hay cosas que debí decirte y no supe cómo hacerlo.

Leyó ambos mensajes varias veces. No sabía qué esperaba encontrar en ellos. Tal vez una explicación que hiciera menos doloroso lo que había sucedido. Tal vez una señal de que Alberto había comprendido lo que ella le había pedido aquella tarde en la cafetería.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó.

No quería volver a pasar por lo mismo. Sin embargo, tampoco podía fingir que ya no le importaba.

Unos minutos después recibió otro mensaje.

No quiero molestarte. Solo quisiera que me dieras la oportunidad de explicarme.

Elena tomó el teléfono y comenzó a escribir una respuesta. La borró. Volvió a intentarlo, pero tampoco quedó satisfecha.

Finalmente, decidió no contestar.

Alberto llamó al día siguiente.

Elena estuvo a punto de dejarlo sonar, pero terminó contestando.

—Hola.

—Hola, Elena. Gracias por atenderme.

—Dime.

—Me gustaría verte. No quiero presionarte ni pedirte que volvamos. Solo quiero que podamos hablar con tranquilidad.

Elena guardó silencio unos segundos.

—No sé si sea buena idea.

—Lo entiendo. Pero creo que merecemos una conversación sin terminar discutiendo.

Ella miró hacia la ventana.

—Está bien. Podemos tomar un café.

Quedaron de encontrarse esa misma tarde.

Alberto llegó antes que ella. Cuando Elena entró en la cafetería, él se levantó para saludarla. La observó con una mezcla de alegría y nerviosismo.

—Te ves muy bien.

—Gracias.

Se sentaron. Durante unos segundos ninguno supo cómo empezar.

—Te he extrañado —dijo Alberto.

Elena bajó la mirada hacia la taza que acababan de servirle.

—Eso no significa que quiera volver contigo.

—Lo sé. No vine a exigirte nada.

—Entonces, ¿qué quieres decirme?

Alberto respiró profundamente.

—Que las cosas no salieron como yo quería. Estaba enfadado. Tu padre nunca me hizo sentir que yo fuera suficiente para ti.

—Mi padre no tenía por qué tratarte mal.

—No digo que tuviera derecho a hacerlo. Pero cada vez que estaba con tu familia sentía que me estaban recordando que no pertenecía a su mundo. Que no tenía dinero, que no podía ofrecerte lo mismo que ellos.

—Yo nunca te pedí que tuvieras lo mismo que ellos.

—Lo sé, pero no era fácil.

Elena lo miró con atención. Había escuchado esas explicaciones en otras ocasiones, aunque nunca de una manera tan directa.

—Yo estaba dispuesta a irme contigo, Alberto. Te propuse que empezáramos desde cero.

—Y yo reaccioné mal.

—No fue solamente una reacción. Me dijiste que no querías desperdiciar tu vida empezando desde abajo.

Alberto apretó los labios.

—No debí decirlo así.

—Pero lo pensabas.

Él no respondió enseguida.

—Quería darte una vida mejor —dijo finalmente—. No quería que pasaras necesidades por mi culpa.

—¿Y quién te dijo que yo tenía miedo de pasar necesidades?

Alberto la miró, pero no encontró una respuesta que pudiera convencerla.

—No quiero que volvamos a discutir —dijo.

—Yo tampoco.

—¿Hay alguien más?

La pregunta la tomó desprevenida.

—Estoy conociendo a una persona.

—¿A alguien de tu familia?

—No. Se llama Julián. Es un hombre muy educado.

—¿Y a qué se dedica?

—Tiene una finca. Le gustan las plantas, las abejas y esas cosas.

—¿Tiene dinero?

Elena levantó la mirada.

—Sí. Su familia es bastante acomodada.

Alberto se quedó callado un instante.

—Me alegro por ti.

Lo dijo con una sonrisa que no terminó de convencerla.

—No estoy buscando a alguien que me ofrezca una vida cómoda, Alberto.

—No dije que lo estuvieras haciendo.

—Quiero estar con alguien que me quiera sin hacerme elegir entre él y todo lo demás.

—Yo te quiero.

Elena sintió que aquella frase todavía tenía la capacidad de hacerle daño.

—Entonces, ¿por qué no pudiste aceptar que empezáramos juntos con lo que teníamos?

Alberto extendió la mano sobre la mesa, pero no llegó a tocar la de ella.

—Porque tuve miedo de perderlo todo. También tengo derecho a querer algo mejor para mi vida, Elena.

—Claro que tienes derecho. Pero yo también tengo derecho a preguntarme si quieres estar conmigo o con lo que puedo ofrecerte.

Él apartó la mirada.

—No quiero que pienses que solo me interesa el dinero.

—No sé qué pensar.

—Podríamos intentarlo otra vez. Sin prisas. No tenemos que decidir nada hoy.

Elena se quedó mirando su rostro. Todavía reconocía al hombre del que se había enamorado, pero también recordaba la conversación que los había separado.

—Necesito tiempo.

—Lo entiendo.

Alberto no insistió. Hablaron unos minutos más de asuntos cotidianos y luego se despidieron con un abrazo breve.

Cuando Elena salió de la cafetería, él la acompañó hasta la puerta.

—Cuídate —le dijo.

—Tú también.

Ella se marchó sin mirar atrás.

Alberto permaneció unos instantes en la entrada. Después regresó a la mesa para recoger su teléfono. Antes de guardarlo, volvió a pensar en la pregunta que había evitado hacer durante toda la conversación.

La llamó cuando ya estaba sentado en su automóvil.

—Elena, espera. Se me olvidaba algo.

—¿Qué pasó?

—Si al final decides que no quieres que volvamos, ¿crees que podrías presentarme a alguna amiga tuya?

Elena frunció el ceño.

—¿A alguna amiga?

—Sí. No tiene que ser nada serio. Simplemente conocer gente. Tú tienes muchas amistades.




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