Capítulo 5. No todo tiene que gustarte
La galería estaba llena de personas que parecían saber exactamente qué estaban mirando.
Elena comenzó a sospecharlo apenas entró.
Algunos visitantes contemplaban los cuadros con los brazos cruzados; otros inclinaban la cabeza, se alejaban unos pasos y volvían a acercarse. Una mujer hablaba con su acompañante sobre la profundidad emocional de una pintura que, a juicio de Elena, parecía una mancha de pintura arrojada contra un lienzo.
Julián notó su expresión.
—¿No le gusta?
—Estoy intentando encontrarle sentido.
—No siempre hay que encontrarlo.
—Eso debe de ser muy conveniente para los pintores.
Él rio.
—¿Prefiere las pinturas más realistas?
—Me gustan las que me hacen sentir algo. No necesariamente tienen que parecerse a la realidad.
—Entonces no estamos tan lejos.
Caminaron por la primera sala. Había paisajes, retratos y composiciones abstractas. Julián se detenía frente a algunas obras y le explicaba detalles sobre los colores, las técnicas o la iluminación.
Elena lo escuchaba, pero no fingía entender aquello que no comprendía.
Frente a un cuadro de grandes dimensiones, se quedó inmóvil.
Era el retrato de una mujer sentada junto a una ventana. No tenía un rostro especialmente hermoso ni vestía de manera elegante. Miraba hacia el exterior con una expresión difícil de interpretar.
—Este me gusta —dijo Elena.
Julián se acercó.
—¿Por qué?
—No sé. Parece que está esperando algo.
—¿Cree que está triste?
—Quizá. O quizá está pensando en marcharse.
Julián observó la pintura.
—El artista ha conseguido despertar su curiosidad.
—Eso es lo que me gusta. No me está diciendo qué debo sentir.
Él la miró con interés.
—Tiene razón. Es una buena manera de apreciar una obra.
Elena sonrió.
—¿Y a usted cuál le ha gustado?
Julián señaló un paisaje de tonos verdes y azules.
—Ese.
—¡Por supuesto!
—¿Qué significa eso?
—Que no podía elegir otra cosa. Seguramente está pensando dónde podría plantar los árboles que aparecen allí.
Julián soltó una carcajada.
—No lo había pensado, pero ahora que lo menciona…
—¡Lo sabía!
Continuaron recorriendo la exposición. En una de las salas, una joven pintora explicaba su trabajo a un pequeño grupo de visitantes. Elena se detuvo para escucharla.
La artista hablaba de una serie de retratos que había realizado durante varios años. Contaba que al principio intentaba pintar mujeres hermosas, pero que con el tiempo había descubierto que le interesaban mucho más sus expresiones, sus gestos y las pequeñas señales que dejaban en sus rostros las experiencias vividas.
—Me parece interesante —comentó Elena cuando se alejaron.
—¿Por qué?
—Porque a veces nos preocupamos demasiado por cómo nos vemos y muy poco por lo que estamos viviendo.
Julián asintió.
—Supongo que todos hacemos eso alguna vez.
—Algunos más que otros.
Él la miró.
—¿Se refiere a usted?
Elena bajó la mirada.
—Puede ser.
Julián no insistió.
Había comenzado a comprender que Elena podía mostrarse alegre y conversadora, pero que algunas preguntas la llevaban a lugares donde no siempre quería entrar.
Después de la exposición fueron a almorzar a un restaurante cercano.
Julián había reservado una mesa junto a una ventana. El lugar era tranquilo y tenía una decoración sencilla.
—¿Le gustó la exposición? —preguntó mientras revisaban el menú.
—Sí. Mucho más de lo que esperaba.
—¿Y el cuadro de la mujer junto a la ventana?
—Todavía estoy pensando en él.
—Podríamos averiguar quién lo pintó.
—¿Lo compraría?
—Si estuviera disponible y tuviera un lugar adecuado para colocarlo.
Elena sonrió.
—Ya está pensando en la decoración.
—No puedo evitarlo.
—¿Y dónde lo pondría?
Julián reflexionó.
—Quizá en una de las salas de lectura.
—¿Y si yo quisiera ponerlo en mi habitación?
Él la miró con una sonrisa.
—Entonces tendría que encontrar otro lugar para él.
Elena rio.
El camarero se acercó para tomarles el pedido. Julián pidió una ensalada y un plato de pescado. Después miró a Elena.
—¿Qué va a ordenar?
Ella eligió un plato de pasta.
—¿Le gusta la pasta? —preguntó él.
—Mucho.
—Bien. Conozco un lugar donde preparan una excelente.
—¿También tiene una lista de restaurantes favoritos?
—Tengo varias listas.
—¿De verdad?
—De restaurantes, libros, especies de plantas, herramientas de jardinería…
Elena negó con la cabeza, divertida.
—¿Y tiene una lista de mujeres que le han gustado?
Julián dejó de sonreír por un instante.
—No. Esa lista sería bastante corta.
—¿Y por qué?
—Porque no suelo interesarme por alguien con facilidad.
Elena tomó su copa de agua.
—¿Y yo estoy en esa lista?
—Estoy pensando en abrirla.
Ella se rio, pero no pudo evitar sonrojarse un poco.
La conversación siguió por caminos más ligeros. Hablaron de viajes, de películas, de los lugares que Elena quería conocer y de algunas experiencias de Julián en el extranjero.
Él descubrió que ella disfrutaba las pequeñas escapadas, las tiendas de antigüedades y los restaurantes donde podía probar platos diferentes. Elena descubrió que Julián había viajado bastante, aunque casi siempre regresaba con fotografías de jardines, mercados de flores y parques botánicos.
—¿Nunca se cansa de mirar plantas? —preguntó.
—¿Nunca se cansa de mirar ropa?
Elena abrió los ojos.
—¡Eso es diferente!
—¿Por qué?
—Porque una puede necesitar ropa nueva.
—Y una planta puede necesitar ser observada.
Ella soltó una carcajada.
Julián sonrió satisfecho. Le gustaba hacerla reír.