Infinito

Uno:

La luz del sol ya bañaba el prado. Se reveló lo que era verde, marrón, amarillo y cualquier otro color que la vegetación, la vida animal, la tierra o el cielo decidieran mostrar.

La negra y húmeda textura de una nariz se comprimía y relajaba en la repetición de descifrar lo que decía el viento. Ojos que trascendieron el dorado ámbar para acercarse al naranja se mantuvieron en dirección al cielo. Mismo naranja que ganaba en intensidad al volverse pelaje cubriendo el cuerpo del animal, en mezcla con el negro y tonos del espectro compartido.

Las orejas se movieron captando los sonidos alrededor. El estallido sucedió sin un movimiento de la cabeza en dirección al origen y mucho antes de que pudiera tener una reacción instintiva causando la huida. El zorro ni siquiera se sacudió ante la contundencia de aquel estallido lejano que cruzó el prado.

El proyectil atravesó el pelaje, la piel y destruyó el pequeño corazón que dejó de latir al instante. La sangre manchó las cercanías, como la piedra que cae en el espejo de agua y le provoca salpicar en la dirección del impacto. El cuerpo se desplomó con ojos que permanecieron abiertos.

Una vez a un lado de la criatura, mantuvo la mirada sobre él algunos segundos. El tamaño representaba el de un adulto joven al momento de la muerte.

El zorro inerte sobre la vegetación, el rojo alrededor y los ojos celestes del granjero que se detuvieron en él cuando ya no representaba una amenaza.

No hubo gesto alguno en el rostro del hombre avanzado en edad. Con la piel blanca y marcada. Apoyó la rodilla en piso con cierta dificultad y levantó al animal desde las patas traseras con la mano izquierda mientras la derecha sostenía la escopeta con el ánima que conservaba cierto calor.

Él caminó de vuelta a la cabaña con ritmo pausado. Ambas cosas colgaban a los lados del cuerpo del hombre. Enfriándose por motivos diferentes mientras el rastro rojo quedaba a la espalda. Primero tibio, reflejando la luz, luego el calor siendo drenado, absorbido, volviéndose más oscuro, la dureza de lo que se estaba coagulando.

La puerta de casa y el gallinero cerca. Una mirada furtiva. Plumas desparramadas, todavía empujadas por el viento.

El calzado rígido y fuerte impactó el piso de la cocina, llenando el ambiente, devorando toda posibilidad de prestar atención al impacto de la sangre que solo manchó el camino. La escopeta tras la puerta, el animal lanzado encima de la mesa.

La luz de la ventana bañó aquellos ojos que comenzaron a dibujar una película sobre sí mismos cuando los pasos se alejaban. Se detuvieron, una puerta se abrió. El sonido de la madera y el metal en las herramientas chocó, se intensificó y se detuvo.

La distancia con la mesa se eliminó. El aire salió de la boca entreabierta del hombre para ser sostenido, extendido. Cerca de las patas del animal se apoyó un cuchillo de caza. Las manos del granjero recorrieron el cuerpo inerte. Entendieron la herida que le puso fin. Seguía estando tibio.

Los dedos que sirvieron de palanca en el hocico del animal. Blancos y afilados dientes detrás de la belleza que los mantenía ocultos en la aparente tranquilidad de un último rastro percibido en la brisa.

Palmadas en el lomo del zorro. La madera de la mesa provocó el chirrido por la hoja del cuchillo que la tocó al ser levantado. El ingreso que ya no podía causar dolor y el recorrido que siguió.

Lo que se sujetó y se estiró, el sonido del pelaje y la piel despegada del dueño anterior. El cuerpo se sacudió. El filo que se volvió instrumento de paciencia y precisión. Los bordes que se recorrieron con la hoja gris plata que refleja el sol, que en su movimiento constante se posó sobre los celestes que se cerraron y recobraron el interés sin pausa.

Partes de la piel blanca de las manos se volvió roja, aquel líquido se había colado en las arrugas y demás imperfecciones. Solo la cabeza del espécimen siguió representando lo que fue. La sombra sobre la pared reveló el movimiento que persistió. La tarea que no admitió duda ni renuncia. La carne útil.

Todo lo que podía ser tomado lo fue. El ruido en el armario de herramientas regresó. Los pasos dejaron la cabaña y fueron a la parte trasera.

La tierra fue removida, puesta a un lado hasta que la profundidad resultó suficiente. Él clavó la pala a un lado y volvió dentro. Regresó poco después con los restos y los puso en la fosa.

Palada sobre palada los ojos velados del animal fueron tomados por la oscuridad, frío y humedad de la nueva morada subterránea.

Tras la finalización de la tarea, el pecho se le hinchó más de lo normal bajo la camisa azul y la respiración fue más marcada durante algunos minutos.

Volvió dentro, la pala regresó al lugar correspondiente. Una olla de barro fue el contenedor para la carne, la tapó y la dejó bajo la mesada de la cocina. El lugar más fresco y oscuro.

Se detuvo frente a la puerta. La pradera se extendía más allá de lo que podían alcanzar los ojos. Las malezas y la copa de los árboles se agitaban con el viento. La misma brisa fresca le rozó el cuello, gotas de transpiración le caían por el rostro.

El pañuelo que sacó del bolsillo trasero del jeans negro las secó. Volvió a enfocarse en el horizonte. La vida animal devolvía sonidos, los pájaros volaban a lo lejos e, incluso en la distancia, podía escucharlos, reconocer las especies.

Salió rumbo al gallinero con un rastrillo y una bolsa negra. Las plumas fueron juntadas y puestas dentro de la negritud sostenida en la mano. No fue fácil. El viento de fuerza irregular lo hizo perseguir varias plumas.

No había cuerpo. Solo una puerta que reparar. Dentro, las gallinas habían vuelto a los nidos. El alboroto ocurrido durante el alba ya no se recordaba.

Regresó al interior, la bolsa fue al tacho de basura y la puerta del gallinero se resistió cuando luchaba por entrar. Había traído consigo otra olla marrón de barro. Sacó cada gallina de la comodidad. Abriéndose paso para cargar los huevos del día.



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En el texto hay: campo, zorros, granjero

Editado: 19.10.2026

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